
La Habana, Cuba.- Es interesante, con los conocimientos que nos da el tiempo, que es la historia, y los múltiples informes desclasificados con posterioridad, las enseñanzas sobre los eventos históricos.
Un día como hoy 6 de agosto de 1945, la ciudad japonesa de Hiroshima, fue el objetivo de un artefacto demencial y tenebrosamente maldito, la primera bomba atómica cuya repercusión en el ámbito mundial fue tanta que nuestra era comenzó a llamarse con ese nombre: la Era Atómica.
El mando supremo aliado informó que 129 558 personas murieron, fueron heridas o desaparecieron a causa del lanzamiento y más de 176 987 perdieron sus hogares. La explosión arrasó cerca del 60 por ciento de la superficie de la ciudad.
Un análisis de la situación, como enseñanza nos lleva una controversia con la que aún se pretende minimizar el brutal acto terrorista de los Estados Unidos contra un país derrotado, Japón.
La justificación que se da a tal atrocidad, dicen historiadores y analistas es que el lanzamiento de la bomba atómica, o de las bombas atómicas, porque hubo una segunda sobre la ciudad de Nagasaki un día después, acabarían rápidamente con la guerra y no sería necesario invadir el Japón.
La invasión señalaba la justificación, evitaría tener que luchar isla por isla, con los soldados y oficiales japoneses que tenían como divisa que antes de rendirse, o practicar el sepuku o sea, hacer harakiri, combatirían hasta la muerte por el honor personal, de emperador Hiroito y el imperio del Sol Naciente.
El gobierno norteamericano decía que dicha invasión al Japón costaría un enorme número de vidas: un millón según el Secretario de Estado del presidente Truman.
Como señalan historiadores y analistas militares, estas cifras de bajas en caso de invasión, se la sacaron de la manga para justificar las bombas sobre Japón. Lo cierto es que en agosto de 1945, Japón ya estaba en una situación desesperada y listo para rendirse.
La atmósfera que se respiraba en los altos círculos militares y gubernamentales japoneses era el de la rendición, solo que pedían como condición del respeto a la vida del emperador, considerado por el budismo shintoista una persona sagrada, aunque los estadounidenses habían insistido en la rendición incondicional.
Los altos mandos norteamericanos sabían que Japón se rendiría en cualquier momento: habían descifrado los códigos secretos que reflejaban las instrucciones dada a los altos oficiales y diplomáticos japoneses: la guerra estaba perdida.
Después los analistas han llegado a la conclusión de que Estados Unidos quería lanzar la bomba para demostrar al mundo y a la Unión Soviética, que poseía el arma atómica y que era capaz de usarla sin que le temblara la mano.
Quería lanzarla para evitar que el país de los soviets, después de tomar Berlín, y según lo pactado en secreto entre Roosevelt, Stalin y Churchil, entrarían en guerra el 8 de agosto, pudiéndose erigir en potencia ocupante del archipiélago nipón con sus prerrogativas después de la rendición.
Estados Unidos no quería compartir esa victoria y quería como declaró James Forrestal, ministro de la Armada: “acabar con el tema el Japón antes que entren los rusos”.
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