
La Habana, Cuba.- Las observaciones martianas presentadas a través de su trabajo periodístico a lo largo de la octava década del siglo XIX en Nueva York, se presentaron bajo el título general de las Escenas Norteamericanas. Un enorme rosario de aspectos que estaban presentes en la vida cotidiana de aquella gran nación da información pormenorizada de las fuentes a las que se acercó José Martí y las proyectó con su mirada hacia el conocimiento de las hermanas naciones del sur como una advertencia necesaria para el futuro.
A los sucesos de perfil político vinculados con el sistema electoral nada lo superaba en las informaciones públicas. Pero otra era la realidad cotidiana de los ciudadanos que vivían en medio de la pobreza o que eran segregados del interés nacional por otras razones colocadas debajo del nivel de los intereses propiamente humanos según el sistema del gobierno instaurado en ese país.
Martí aseguró dónde se encontraba el termómetro de los temas que con mayor fuerza se daban a conocer al afirmar que “El que estudia los pueblos por la cáscara, solo ve de éste los actos deslumbrantes y estruendosos en que con majestad parece desproporcionada a quien no la estudia desde la cuna”. Por eso sobresalieron en Norteamérica con prioridad las candidaturas políticas imprevistas, alzamientos en búsqueda de opiniones necesarias para los políticos y todo lo que marcara las pautas para culminar en las grandes convenciones tanto de del partido demócrata como el de los de los llamados republicanos.
Otros temas se perdían en el tiempo a pesar de su interés social y humano, pero de ellos no se escribía en los diarios principales del país. ¿Había o no un problema negro, no por ellos, sino por quienes los discriminaban sin respetar su condición humana como cualquier hombre o mujer blanco? ¿Se conocía de las huelgas de los trabajadores? ¿Quiénes conformaban aquellas fuerzas de obreros, qué objetivos perseguían, quienes eran sus caudillos europeos o americanos?
En el rosario de tales temas no se encontraba el interés para dar a conocer públicamente sus respectivas situaciones. Ni para que los sacerdotes lo llevaran al púlpito para pedir ante todos los feligreses justicia por la vida miserable de los humildes. Las mujeres tampoco no fueron consideradas dentro del marco del interés público y que decir de los indígenas que no eran considerados como norteamericanos a pesar de haber nacido en aquel mismo país y fueron doblemente discriminados.
A tantos segmentos ignorados, como si no existieran, José Martí les dedicó espacios en sus crónicas, para colocarlos ante los lectores como entes vivos, que también merecían ser considerados en el andamiaje del sistema de la nación y hasta como parte de sus propuestas eleccionarias, pero por siempre corrieron con el estigma de la fuerza de la discriminación. Entonces, ¿podía ser justa aquella nación?
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