
La Habana, Cuba.- Como han dicho los órganos de prensa en el mundo, ya nada va a ser como antes en el Medio Oriente y en el Mahgreb, nombre con el que se califica la zona norte de África, ocupado por naciones árabes.
Y es que de las entrañas mismas de esas naciones surgen las manifestaciones multitudinarias que exigen cambios en las estructuras gubernamentales e incluso la renuncia de sus cúpulas dirigentes, sembradas allí desde hace años.
Egipto parece encaminarse hacia un punto de inflexión histórico que puede cambiar más de un cuarto de siglo de injusticia, represión y miseria, según califican medios occidentales.
Muchos analistas han señalado que las protestas en esos países han sido populares, o sea con la participación de multitudes, para referirse a hecho de que no son pronunciamientos dirigidos por partidos o por la clase obrera, sino que a ella se han integrado las gentes independiente de su extracción social, su posición intelectual y su filiación religiosa.
Vale recordar que las muchedumbres en Túnez, ese pequeño país enclavado entre Argelia y Libia, por donde se iniciaron estas series de protestas, se lanzaron a las calles después de que un joven vendedor callejero, se dio fuego, inmolándose a si mismo, como acusación por la intolerancia del régimen de Ben Alí, derrocado días después.
Esa participación de las multitudes, de heterogéneos participantes, puede tener dos vertientes, la primera que superaría la capacidad de la policía y el ejército para la represión, y la no ubicación de dirigentes que puedan ser neutralizados. Muhamad Al Baradei, premio Nobel acaba de regresar al país para ponerse al frente de las masas
Así, el gobierno del presidente de Egipto, Housni Mubarak, vive uno de sus peores momentos en sus tres décadas de historia tras las masivas protestas en El Cairo, Alejandría y otras importantes ciudades, que los organizadores pretenden repetir hasta que renuncie el presidente pese al toque de queda.
En una señal de futura transición y del papel clave que cumplirán los militares, por primera vez en sus 30 años en el poder Mubarak designó al jefe de los servicios secretos, Omar Suleiman, como vicepresidente, un hombre de gran poder, considerado el más influyente de Egipto, muy respetado en Washington y en la región, clave en la relación con Israel, y que ya se menciona como el posible sucesor.
Tal como había prometido en un discurso en cadena considerado "ridículo" por los manifestantes egipcios, Mubarak, también formó un nuevo gobierno, nombrando un primer ministro, designación que recayó en Ahmed Shafiq, ex comandante de la fuerza aérea.
El cambio no ha disminuido la tensión ni calmó el clamor popular, que sólo apunta a una solución: la caída del presidente Housni Mubarak.
La táctica puede ser evidente, hacer sustituciones cosméticas, y mantener las estructuras del que los que protestan llaman régimen autocrático, así como ubicar a altos jefes militares como contra medida. La alternativa es que Al Baradei tome las riendas del poder.
Sin embargo, el presidente Obama y la Secretaria de Estado Hillary Clinton se están moviendo con cierta premura y sutileza, pidiendo que esos países, donde las protestas se han hecho masivas, regresen a la democracia, con el fin de no dar espacio ni catapultear a los influyentes hermanos musulmanes, a los fundamentalistas o a la temida a Al queda.
Muchos recordaban, que también el presidente tunecino Ben Ali hizo un discurso y reestructuró a su gabinete antes de sucumbir ante la furia popular y escapar del país.
Pero también recuerdan que Túnez no es Egipto, la nación árabe más poblada y aliada estratégica de Estados Unidos.
Tanto es así que los analistas anticipan que si cae el gobierno de Mubarak, Israel ya no tendrá aliados en el mundo árabe.
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