A los sesenta y dos años

2018-01-31 14:07:40 / web@radiorebelde.icrt.cu / Yoel Almaguer de Armas

A los sesenta y dos años
Pinturas: Zaida del Río

La tía vive en un apartamento grande, en un edificio céntrico. Es un espacio hermoso, bien acondicionado, gracias al esfuerzo de ella, del pasado, de cuando trabajaba duro, en lo que fuera.

A los cincuenta murió su marido, con el que se casó por segunda vez. Con aquel militar tuvo un hijo, el último, el que menos golpes cogió, el más consentido, el más pobrecito, y el más malcriado también.

Ella dice que tiene cincuenta y ocho, pero es falsa su edad. Son sesenta y dos: sin arrugas, solo con unas cuantas várices afueras y un poco de piel de más.

Tiene ganas de enamorarse otra vez, me dice. Ha conocido hombres por teléfono pero no han quedado en mucho. Un panadero le regala panes suaves y galletas de sal pero por tímido no se le confiesa, y ella se alegra porque no quiere, no le gusta, porque es bruto, me cuenta, y porque le gustan los hombres con temas de conversación.

Tiene ganas de enamorarse otra vez, me dice

El carnicero le confiesa que él siempre ha querido conocerla; y el amigo de la secundaria reaparecido cuarenta y pico años después le hace pensar a la tía de cuando ella estaba loca por él: tan lindo, fuertecito y hablantín.

Quiere ella encontrar a alguien. Tiene necesidad de un abrazo, de dormir con un hombre que le dedique tiempo, que la escuche, que le haga de vez en cuando el arroz amarillo que tanto le gusta, que quiera bañarse junto con ella, en su bañadera pequeña pero cómoda para la lujuria.

Su terror es a la soledad. A quedarse sola para siempre, con tres hijos y un par de nietos que no conoce porque viven en los Estados Unidos.

Su terror es a la soledad.

Tú no estás tan sola porque tienes mucha gente cerca que te quiere. Le preciso. Y le menciono algunos nombres: la amiga Magalis, la vecina del otro edificio que no conozco cómo se llama. Y me tienes a mí, le aseguro.

Sí, yo sé todo eso. Pero ustedes no saben lo duro que es cerrar la puerta y tener que apagar la luz y dormir sola.

Yo le he tenido miedo a la oscuridad, me cuenta. Y a veces he escuchado que alguien me llama. Pero ella sabe que esa es su mente, sus pensamientos callados, sus ganas.

Lo más triste de la vida es comer solo. Cuando uno come solo la comida casi nunca tiene sabor. Y no tener sabor es tener un sentido menos, de los cinco que nos tocó.

El hijo del medio de la tía le pregunta si ella tiene a alguien. Y le responde que no, por pena, porque no quiere dar mal impresión, porque cree ella que llevar un hombre para su casa, a su edad, es profesarles malos ejemplos a sus hijos.

“Él me dice que la gente que se acerca a mí lo hace buscando el techo o la vida que yo pueda darle, aunque ciertamente en esta casa no hace falta mucho, sí necesita calor, y color”, me confiesa. Sabe que un acto de egoísmo, de él hacia ella, de celo, de sobreprotección del hijo a la madre, que tanto le afecta, la confunde, la pone de mal humor, y le agota los años que le quedan por vivir.

“No vale la pena vivir sin ilusiones”.



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