En las horas iniciales del día, La Habana ofrece el mejor de los paisajes, desde cualquiera de sus ángulos. Ni el lente más escurridizo escaparía a tantas instantáneas como testigo, del comienzo de una nueva jornada para los cubanos.
Contemplar unos minutos la ciudad en movimiento insta a la imaginación, convoca a la interpretación de comportamientos diversos, desde el más ecuánime pasajero en espera de su transporte laboral hasta el más ansioso individuo, agitado por la premura de quién sabe qué situación personal.
La claridad del día los descubre en diferentes faenas y sus rostros expresivos, silenciosos, expectativos armonizan un entorno natural divino. ¡No son los rostros agotados de la tarde, no! El descanso nocturno les procuró energías para emprender nuevos proyectos o simplemente, para continuar la labor de todos los días.
No interesa escudriñar demasiado sus ojos, sus ademanes escuchar sus comentarios de paso. La ciudad los acoge en algunos de sus rincones, pero prefiere recibirlos donde el saber cultiva o la acción los premia por el fruto de su esfuerzo; y no inermes en cualquier esquina de barrio donde alguna mesa de dominó atrae a los ociosos en espera de su aliada o enemiga: la SUERTE.
La ciudad revela a los visitantes sus mejores escenarios, sus vetustas estructuras arquitectónicas, el florecer de propuestas gastronómicas y culturales. La ciudad despierta diáfana, reluciente e incita al esfuerzo, a la realización de sueños, a la lucha por lo anhelado. Propone el mejor de los paisajes desde este ángulo en el que aún con los ojos cerrados, la ciudad en movimiento sugiere unos apuntes a mitad del camino, para vivir otro día en la capital de todos los cubanos.
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