Bariay, desde la quietud quebrada de su entorno

2011.10.27 - 09:45:25 / web@radiorebelde.icrt.cu / Aroldo García Fombellida

Bariay
Holguín, Cuba.- Aunque hace varios años, medio siglo, o un poco más, hubo entre las ciudades de Holguín y de Gibara un tendido ferroviario de “vía estrecha” para asegurar el trasiego de mercancías, productos agrícolas, y hasta personas, lo cierto es que se fue extinguiendo, hasta quedar solamente el recuerdo.

Algunos tramos de vía cubiertos de herrumbre y arbustos, un puente elevado sobre los esteros a la entrada de Gibara, que por cierto, hace poco desapareció, y un túnel, con aires de cierto misterio al que le fueron retirados los rieles y convertido  recientemente en un opcional pasadizo vehicular.

Para llegar a Gibara hoy resulta necesario transitar una pintoresca autopista, bien llamada también la carretera de las 99 curvas, debido a los consecutivos desvíos que presenta, dicen, que con un origen en las posibilidades económicas de los terratenientes de la zona, quienes pagaron para acercarla… y pagaron para alejarla, según las conveniencias de cada cual.

Aproximadamente a la mitad del trayecto, que totaliza unos 30 kilómetros, el viajero encuentra el poblado de Floro Pérez, pequeño pero acogedor, que en sus inicios se llamó nada menos que “Auras”  quizás por la cantidad de estas tropicalizadas aves de rapiña que merodeaban el entorno. De allí fueron, y son, famosos los embutidos, especialmente las butifarras, de las que, todo marchaba bien hasta que los pregoneros voceaban… “butifarras de auras”…
 
Otra arteria vial importante al norte de Holguín es la que conduce hacia las prestigiosas playas de la costa atlántica oriental cubana, Pesquero, Naranjo, y la conocida internacionalmente Guardalavaca entre otras más, todas muy cerca de la sólida infraestructura hotelera, y de otros servicios, que asienta las principales atracciones del tercer polo de turismo internacional de Cuba.

Al dejar atrás la ciudad de Holguín y recorrer los primeros 20 kilómetros de los 50 que deben vencerse antes del arribo a Guardalavaca, se llega a Santa Lucía, batey  de un viejo ingenio azucarero, hace años inactivo. Actualmente este poblado asume la capital del municipio Rafael Freyre de la provincia de Holguín y mantiene una notable vitalidad económica, gracias a los polos agrícolas de su entorno y al desarrollo turístico en la zona.

Precisamente entre Santa Lucía y el antes mencionado pueblito de Floro Pérez, el trazado de un viejo camino, hace unos años modernizado, hasta con cubierta asfáltica casi en su totalidad, permitió un ofrecimiento complementario y muy especial, además de acercar las posibilidades de llegar a Gibara desde las descriptas playas, sin tener que extender el recorrido hasta Holguín, o desde Gibara a las playas. Con igual incentivo de ahorro y de tiempo utilizado.

Esa ruta asfáltica transcurre literalmente entre la cercana costa del mar y las montañas. Pero, y ahí está lo trascendental del asunto, no se trata  de un trozo cualquiera de costa, ni de elevaciones sin relevancia alguna. Por esa misma costa, por ese mismo sitio, desembarcó  un domingo de octubre, hace 519 años, el mismísimo almirante Cristóbal Colón, y esas montañas son las descriptas por el marino genovés en su diario de navegación… “que si una enorme Mezquita… que si una no menos enorme silla de montar…” que si esto y lo otro, fascinantes ingredientes, que en suma, valieron para que plasmara, y sobre todo refrendara, de puño y letra, la impactante emoción que le embargaba y que pudo resumir al expresar  “esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieron”…

Cada año, estos parajes mencionados son recorridos por miles de cubanos y visitantes de muchos países de todo el mundo. Pasan, miran, preguntan, a los lugareños o a los guías especializados. Reciben informaciones históricas o meramente de interés turístico y plasman en fotos o cintas de video las imágenes más atrayentes. Solo eso, donde hay, sin dudas, mucho más.

Nada de casual tienen, por tanto, las referencias  a estas zonas de Gibara, de Santa Lucia, a las costas aledañas, a  las singulares elevaciones del terreno, con formas únicas en toda Cuba. Se trata, en toda esa majestuosa extensión territorial, del escenario, único y especial, del más grande momento de toda nuestra historia ocurrido en esta parte del archipiélago cubano ubicada y vista en un mapa, más o menos, hacia la parte más ancha y de arriba de la “cabeza del caimán”.

Así las cosas, a la izquierda si se transita desde Floro Pérez hacia Santa Lucía,  y a la derecha si es desde Santa Lucía hacia el antiguo “Auras” una señal de color azul intenso y grandes letras blancas, alerta que por ahí  nos vamos hasta Bariay, el justo  sitio del “punto cero” de nuestra identidad. Sí, porque aquello de “descubrimiento” quedó bien borrado hace rato entre nosotros. La palabra exacta sería entonces “encuentro”, entre las culturas.

De una parte la representada por el recién llegado, ese 28 de octubre de 1492, Cristóbal Colón y sus ilustres acompañantes. De la otra los ya residentes, aruacos puros llegados antes desde Suramérica, o quizás sus descendientes, ya mezclados con los “pura sangre”, todos llamados desde ese momento erróneamente como Indios y también todos condenados desde esa misma fecha a desaparecer, por obra y soberbia de los tripulantes de la Santa María, La Niña, y la Pinta… y quienes vinieron después, tras el oro y las demás riquezas.

Para rendirle homenaje a este punto geográfico que unió la historia de dos continentes se construyó el Parque Nacional  Bariay, suerte de lección viva de historia. En el lugar se puede admirar la fauna donde se destacan los caracoles terrestres del grupo polímita, marinos nujillares y Cobos. Entre la avifauna está el zunzún, la tojosa, el sinsonte, los chipojos y otras muestras vivas, en su propio hábitat y cuidadosamente protegidas. También la flora endémica se está conservando y se han desarrollado otros atractivos como el Museo de Sitio, ubicado en la parte más elevada de Bariay, donde se muestras evidencias materiales de los primeros pobladores, entre ellas vasijas, útiles de cocina, armas rústicas y también evidencias sobre la presencia de los españoles. Destaca asimismo, una réplica de lo que pudo ser una aldea y como clímax, el conjunto escultórico dedicado al Quinto  Centenario del histórico momento. Por cierto este conjunto escultórico estiliza con alto y bien logrado vuelo artístico, la violencia, la penetración y el aplastamiento de que fueron víctimas los pobladores que se encontraron en Bariay y sus alrededores.

Por estas razones históricas, el 27 de octubre de 1992, al conmemorarse los 500 años del encuentro de las dos culturas, se inauguró el grandioso enclave artístico y también se declaró Monumento Nacional a Bariay.  

Lo que más impresiona a todo el que visita Bariay es la mansa quietud ambiental de todo su entorno, cual si fuera un aporte de la sabia naturaleza para traernos al presente, exacto y diáfano, el latir de sus primeros y únicos dueños. Y no hay dudas de que se perciben, se sienten cercanos, son parte de nosotros mismos.

Por eso y más, mucho más, aunque estar en Bariay puede formar parte de excursiones institucionales o familiares, de visitas de ocasión o simple curiosidad, su verdadera trascendencia traspasa todo marco rutinario.

Bariay es culto y veneración infinita, es homenaje y es también agradecimiento a quienes habitaron primero nuestra tierra y empezaron a desaparecer, sin siquiera imaginarlo, desde aquella mañana dominical del 28 de octubre de 1492, cuando la mansa quietud del entorno quedó quebrada y cuando en idioma desconocido, alguien dijo muy cerca de ellos… “esta es la tierra más hermosa, que ojos humanos vieron”.

Bariay, Holguín

Bariay, Holguín



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