
Lo que más me parece curioso y lindo es tu sonrisa. Esa familiaridad de tu rostro más común. Si sabemos que eras tan bueno, tan amable, tan cariñoso, tan de nosotros, ¡claro que te queremos, que no te olvidamos, que cerramos los ojos y te vemos!
Y hasta me imagino conversando contigo y hablando de las cosas cotidianas que nos pasan todo el tiempo, cuando te cuento que de aviones y pérdidas después pasamos una historia triste como la de Barbados y los 73 muertos. ¡Todo es tan triste y tan confuso!
Siento que me acaricias la cabeza y la pelambre del cerquillo como para perdonar cualquier travesura que yo haya hecho.
O como cuando mi abuela quiere darme un pescozón por alguna maldad infantil cometida y yo me aparezco con una flor. Ella me perdona y de nuevo me alisto para la otra.
También te recuerdo en la sonrisa cariñosa de las fotos del Che que solo perdonaba tus maldades y reía dentro de su seriedad y su asma, las travesuras de su hermano cubano.
Cuando echo las flores al mar para homenajearte me quedo quietecita mirando como flotan en la orilla, miro cuando el oleaje las empuja de una en otra hasta llegar a mar abierto. Bueno, en realidad esta parte me la imagino porque siempre imagino que mis flores si te llegan donde estés. Algunas se enredan en los dientes de perro del malecón, otras las devuelve el oleaje y las desbarata, pero las mías llegan, llegan siempre.
Prefiero también en tus fechas o en tus oficios, o en la historia irte dibujando con el sombrero alón, o en el juego de pelota famoso en el que no quisiste ir contra Fidel. De esa casita de Lawton que ahora es museo donde guardan los recuerdos con cuidado para que los demás niños y niñas los puedan ver, estudiar, puedan saber cómo se fueron tejiendo los años.
Prefiero verte en las cartas a tu mamá desde Estados Unidos y con el cariño del hijo querido y mimado, flaquito, quizás pudiera tenerse lástima pero sabemos que se envalentonaba en la bravuconería infantil o adolescente del que les faltan las libras y la musculatura pero le sobra coraje.
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