
Transcurría un día normal de octubre mientras caminaba por La Habana Vieja. Decidí sentarme un rato en la bahía, pero el bullicio de la gente y un mar de flores me condujeron hacia la estatua de mármol que se alzaba un poco más adelante: era la imagen de Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, un cubano que echó sobre sus hombros la enorme tarea de liberar a la Isla. El dueño de una hacienda llamada La Demajagua donde se fraguaron nuestros primeros sueños de independencia.
Este 10 de octubre, cuando se cumplen 146 años del alzamiento en La Demajagua, a mi memoria llegan como pequeñas fotografías las imágenes de aquel ingenio que vi en mis primeras clases de historia cubana, cuando tenía apenas 10 años y cursaba el 5to grado.
La profe iba relatando aquel acontecimiento, mientras mi mente se inventaba cada escena como una película: el repique de las campanas, el olor a caña, la algarabía de los esclavos y la resonante voz de Céspedes leyendo aquel manifiesto de independencia que proclamaba igualdad para todos.
Los hombres que habían acudido a ponerse a sus órdenes ahora eran liberados e invitados a recuperar los principios de libertad que España le había arrebatado a Cuba. Por eso, este abogado bayamés al decir de Martí “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos”.
Hoy tengo 23 años y cada vez que paso junto a la estatua de Céspedes en la Habana Vieja no puedo evitar mis primeras clases y aquellos reencuentros con mi historia.
Pero aquel día de octubre no solo fui yo quien se detuvo a mirar la escultura de mármol. A mi lado un grupo de adolescentes interrumpió mis recuerdos para tomarse una instantánea. Saben que la lente de sus cámaras guardará para siempre la imagen de un cubano ilustre.

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