Céspedes y el grito que sembró Patria (+Audio)

2016-10-10 07:26:39 / web@radiorebelde.icrt.cu / Laura Barrera Jerez

Céspedes y el grito que sembró Patria

“Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a un tigre su último cachorro”                                                                                                              José Martí

Con 49 años, Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes y López del Castillo decidió darles la libertad a sus esclavos. La respuesta ante el oprobio a la Patria no permitía intereses individuales. Había que comenzar a llamarse Patria, como nación, con la sangre de todos los cubanos: negros y blancos, ricos y pobres.

Cuando octubre marcaba su décimo día y era 1868, en el ingenio Demajagua nacía el grito: “Ciudadanos, ese sol que veis alzarse por la cumbre del Turquino viene a alumbrar el primer día de libertad e independencia de Cuba”.

Céspedes y el grito que sembró Patria

Ya venía fraguándose el mármol en Céspedes. Años después, Martí y muchos otros reverenciarían aquellos ímpetus de quien levantó la primera voz para ir a la manigua.

El alzamiento no estaba previsto para aquella fecha, pero habían sido delatados y el abogado bayamés se adelantó a la orden del capitán general Francisco Lersundi que pretendía frenar la gesta en ciernes.

Desde abril de 1868 Céspedes había intensificado sus planes de emancipación. Antes fundó la logia Buena Fe, en Manzanillo, donde fue elegido Venerable Maestro, grado 33, bajo el seudónimo de Hortensio.

La Demajagua, ingenio azucarero propiedad de Carlos Manuel de Céspedes. Lugar histórico que marcó el comienzo de la Guerra del 68
La Demajagua, ingenio azucarero propiedad de Carlos Manuel de Céspedes. Lugar histórico que marcó el comienzo de la Guerra del 68

Además, traía experiencias del viejo continente. Allá cursó sus estudios de Derecho en la Universidad Literaria de Cervera, en Barcelona, donde se sumó a las milicias ciudadanas con el grado de capitán: fue precisamente en España donde despertaron sus primeras inquietudes políticas.

Sabía que la lucha armada era la única solución en la Isla. Alrededor de 500 personas escucharon en Demajagua el Manifiesto del 10 de Octubre. Después surgiría el Himno Nacional desde la montura de Perucho Figueredo, Bayamo ardería en llamas y muchos otros pueblos se sumarían también al combate. Quedaban atrás las riquezas, las familias y los reposos hogareños.

El fragor de cada combate enalteció la figura de Carlos Manuel. Desde 1868 y hasta su muerte, Céspedes asumió con desvelos y sacrificios el honor de que la Patria lo sintiera su Padre. Por eso, sus últimos días fueron tan sublimes como su vida toda.

“Descartó toda posibilidad de escabullirse por un punto secreto de la costa, tal y como minuciosamente había preparado en el exilio estadounidense su segunda esposa, Ana de Quesada, madre de sus hijos gemelos Carlos Manuel y Gloria de los Dolores, a quienes Céspedes no llegaría a conocer personalmente. Sus retratos contenidos en las primorosas cajitas que le iban llegando, eran su más preciado tesoro. Con una cartilla rústica, aprovecha para enseñar a leer y escribir a los niños y ancianos campesinos que le tributan los últimos afectos”, según relata el historiador de La Habana, Eusebio Leal Spengler.

Hasta el final de su vida Céspedes mantuvo su capacidad de abstracción para jugar ajedrez. El anillo de diamantes ya no acompañaba el dedo índice de su mano derecha, y su bastón de carey con puño de oro fue sustituido por la rama de un árbol que le permitía valerse entre los caminos de tierra y la vegetación.

Iba en él la fuerza del Padre de la Patria. Por eso, aún después de muerto, varios hijos cubanos cuidaron en silencio sus restos, aun poniendo en riesgo su sustento como enterradores o veladores de cementerios. Fueron diversos los nichos que no llevaron su nombre, en aras de evitar cualquier afrenta a sus cenizas.

Y cuando al fin pudo tener su estandarte de honor, con su identificación en piedra y en paz, ya se había multiplicado en Cuba aquel grito que el 10 de octubre de 1868.

Una y mil veces fue faro el sol que se alzaba por la cumbre del Turquino y aquel hombre que se echó un pueblo sobre sus hombros.



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