De las Gasolinitas... a las Carahatas

2011.11.15 - 10:02:36 / web@radiorebelde.icrt.cu / Aroldo García Fombellida

Carahatas
Hay hechos que marcan a los seres humanos. Eso nadie lo duda. Solo se nace, lo demás, en mayoría, se adquiere como reflejos y conocimientos por lo nos entrega el entorno, y conste que tales ingredientes resultan casi siempre decisivos. Son tan decisivos que signan la vocación, los gustos y las preferencias. Y aunque existen lógicas excepciones, lo usual es que, por ejemplo, un buen vaquero, un buen arriero, o un buen desmochador de palmas, sea más fácil encontrarlo y formarlo en Sagua de Tánamo, que en el Vedado habanero.

Pero, ya lo expuse antes, nada es absoluto. En mi caso específico, atenido a la posible influencia del entorno natal para escoger la razón profesional de mi existencia, nada más alejado, pues mi llegada a este mundo se produjo a escasos centímetros de la costa marina, por un lado, y las aceradas vías del ferrocarril por el otro, en un callejoncito de un batey azucarero cubano muy cerca del ingenio.

Sin embargo, de lo que si estoy totalmente convencido es del arraigo que siempre tuvo en mi, el ferrocarril, aunque nunca me desempeñé en alguna de sus quehaceres afines. Seguramente, aquella “corriente” comenzó a incorporarse  desde que salí del cascarón, digo, desde que la entrañable comadrona “Juana Gavilán” me extrajo del vientre de mi madre, hace seis décadas, una lejana tarde de un viernes de julio. Quizás, hasta las vibraciones del terreno, incluyendo mi casa y mi cuna, cada vez que pasaba casi rozando el tren cañero hacia el ingenio me fueron trasladando esa especie de vocación silenciosa hacia los ferrocarriles.

Lo cierto es que al crecer, con unos pocos años apenas, aprendí a distinguir fácilmente, solo por el sonido, si la locomotora que pasaba con los carros repletos de materia prima hacia los basculadores del ingenio, era la enorme y legendaria “112”, o la estruendosa “101”, de la cual, por cierto, mi padre un día me explicó era la única que quedaba de una antigua serie de varias, idénticas. Pero también adivinaba sin mucho esfuerzo cuando era cualquier otra locomotora, la “110”, la “125”, y así, poco a poco, fui incorporando, además, el conocimiento hacia los pequeños, y no tan pequeños, vehículos automotores de ferrocarril, utilizados en varios menesteres  oficiales, o domésticos, incluidos el traslado de pasajeros entre aquel entrañable Batey azucarero y la ciudad más cercana, distante unos 12 kilómetros.
Así, podía distinguir in atisbo de equivocación, si pasaba el “220” o carro del correo…  la “panadera” cuyo número era el 207…  el “218” que trasladaba hielo… el “221” o carro de los oficinistas… y el “212” dedicado a funciones de ambulancia.

Mi empírica especialización ferrocarrilera se completaba cuando apostaba, y acertaba también, con las “gasolinitas” de Dumois, suerte de unos pequeños ómnibus, propiedad de una pequeña empresa particular, dedicada al transporte ferroviario de pasajeros y carga en la zona, utilizando aquellos pintorescos  vehículos, construidos mayormente de madera, todos pintados de verde.

Sin percatarme siquiera, pues mi estrecho mundo se circunscribía a aquel rural batey azucarero, estaba asistiendo, como privilegiado protagonista generacional, al esplendor máximo de un sistema de transportaciones por ferrocarril, intra-muros, cuya génesis o semilla inspiradora, se encontraba unos cuantos años antes.

Como se conoce, el ferrocarril fue introducido en Cuba hacia el año 1837, resultando el primer país en América Latina, y el séptimo en todo el mundo en obtenerlo, luego de Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica, Rusia, y  Estados Unidos.

La instalación del llamado Camino de hierro en Cuba significó un extraordinario paso de avance para el desarrollo económico y comercial en general, y en lo específico para la industria azucarera, pues ocurrió entonces una coyuntural situación, que al final resultó beneficiosa para una considerable cifra de cubanos residentes en los intrincados sitios entre cañaverales, y en los bateyes azucareros.

Por una parte resultaba considerable y rápida la ampliación de redes ferroviarias propias de los centrales azucareros, las que en breve plazo alcanzaron cuatro veces más kilómetros de vías que los ferrocarriles públicos nacionales ya existentes. En consecuencia, surgieron entonces, además de los ferrocarriles azucareros empresariales, las redes de transporte público, en las inmediaciones de todos los centrales azucareros del país, utilizando las ya descriptas, vías ferroviarias internas.

Lo que faltaba, o sea, los medios técnicos, surgieron mayormente por el talento y la inventiva de los cubanos. Algunas más bonitas a la vista, otras menos elocuentes, pero todas cumpliendo su objetivo, empezaron a reinar en los traslados masivos entre los intrincados macizos cañeros de todas las provincias cubanas, convirtiéndose en casi imprescindibles, y de hecho, extendiendo su primario objeto social, para convertirse en recaderas, lecheras, panaderas, y hasta salas de parto improvisadas, cuando a alguna pasajera “le llegó el momento” aún a bordo.

Con el triunfo de la Revolución, y la consecuente nacionalización de los ingenios azucareros, las ya arraigadas líneas de transporte ferroviario internas también pasaron a propiedad estatal.   

Su lógico envejecimiento, hizo mella en sus endebles estructuras, pero de nuevo se impuso el talento colectivo y la inventiva, y hasta fueron surgiendo otros modelos más modernos en talleres especializados de varios sitios del país.

De aquellas primeras “gasolinitas” solo queda el recuerdo. Las que le siguieron adquirieron novedosos nombres propios o graciosos motes populares… “la carahata”, “el carrito de línea”, y unos cuantos más…

Las nuevas, o rehabilitadas están ahí, también con nuevas generaciones de pasajeros a bordo, nietos o bisnietos de quienes las vieron surgir.

Y seguramente, seguirán siendo tan familiares y entrañables, que otros niños humildes, de tantos bateyes azucareros, y barrios rurales  cubanos, por donde siguen transitando hoy, adivinarán su llegada fácilmente, solo con percibir su sonido, como alguna vez lo hago todavía, aliviando la nostalgia de mi ya lejana niñez, casi seis décadas atrás, allá, a pocos centímetros del ferrocarril , en el Batey de un viejo ingenio azucarero.

Carro rural Chaparra

Tren antiguo

Guagua-tren



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