Después de pasar el túnel, hospitalidad y algo más

2011.10.17 - 11:38:57 / web@radiorebelde.icrt.cu / Aroldo García Fombellida

Túnel de la bahía de La Habana
Holguín, Cuba.- A esta vivencia, ya con trazos de recuerdo, ni le quito ni le pongo una letra. Sucedió tal como les cuento:

Corría el año 1993. Mediodía, casi en su punto máximo en la céntrica y muy conocida parada habanera de L y 23, frente a la más popular de las heladerías cubanas. Transcurría el momento que casi tocaba el fondo la economía nacional. A esa hora poder subir, o que “te subieran” cuando la muchedumbre se abalanzaba  sobre las puertas de cualquier vehículo de pasajeros que allí se detuviera, era sencillamente, tarea de titanes. Viajábamos, desde la Rampa, por la senda derecha de la calle 23, en un microbús perteneciente a las dependencias del Instituto Cubano de Radio y Televisión, ICRT, en Holguín, por lo cual, lógicamente, las chapas de matrícula de pequeño ómnibus llevaban inicialmente la letra “O”, que los más conocedores saben que es Holguín, y los menos, dicen, “es de Oriente”.

Al acercarnos a la parada, el silbato, alto y claro, y las señas de quien resultaba  en aquellos años de los difíciles  noventa, casi estrenado “amarillo”, uno de esos,  ya hoy,  entrañables y muy necesarios funcionarios “hechos en Cuba” para organizar y colaborar en las transportaciones populares, nos ponen en alerta, y el vehículo se detiene inmediatamente, literalmente rodeado de suficientes aspirantes, como para llenarlo diez veces.

Enseguida, diestro, y entrenado, el joven inspector saluda al chofer del microbús, pero,... y ahí viene lo bueno… con tal elocuencia, con tal alegría, que parecería se conocían de toda la vida, y descriptor detallista, casi émulo del Doctor Eusebio Leal…: “Nos llena de sincera felicidad poder saludarlos… La Habana, capital de todos los cubanos  se siente orgullosa de recibirlos, queremos que pasen una estancia agradable, si tienen tiempo, no dejen de visitar el Coppelia, les aseguro que la pasarán muy bien, vayan al acuario y al zoológico, y a las playas, vayan a las playas, se van a acordar de mi… y ahora, pueden continuar, muchas gracias queridos compañeros”… las últimas palabras fueron unidas al característico gesto de dar “vía libre”, dejándonos a nosotros verdaderamente impresionados, y a los aspirantes a abordar el microbús boquiabiertos. Sencillamente, por respeto, a quienes consideraba ilustres visitantes, el inspector decidía no agobiarnos ni recargar nuestras lógicas gestiones, incluso hasta si fuera de paseo, para  endilgarnos parte de aquella situación. De más está indicar que, lógicamente, hubiéramos llevado con gusto por nuestra ruta a varios compatriotas.

El ejemplo de marras, ni es único, ni es casual. Pero es elocuente pues así exteriorizaba aquel inolvidable “amarillo”, como sabemos, llamados así, por una especie de cariño y respeto, por el color de sus uniformes, un sentimiento bien extendido  del túnel “hacia adentro” cada vez que alguien, en la gestión que sea, en el sitio que sea, presenta, a veces solamente con saludar, sus credenciales de ser  “del interior”.

Antes, en una ruidosa ruta 18 de Palatino, o después, todavía en los 60 junto al chofer  de una flamante “Leyland” de la ruta 84, y lo mismo hoy, ahora mismo, a bordo de un P-6. Cuántas veces  cada día, en todas las rutas, alguien se acerca con un papelito estrujadito  para preguntar, dónde tengo que quedarme?...

Y póngale el cuño, vaya para el fondo del ómnibus, siéntese hasta en la mismísima “cocina”, no se preocupe, y mucho menos se impaciente, al chofer eso no se le olvida, y está más que probado, incluso, aunque monten otras personas con idénticas necesidades. Una parada antes, más o menos, todo el ómnibus  se va a enterar  por una voz resonante que anunciará… “El que va para Goicuría”… Alguien puede dudar que tal hecho no sea una extendida manifestación de solidaridad humana?

A La Habana la conozco desde mi lejana niñez, en  los años de la llamada “década prodigiosa” cuando llegué con una maleta de madera al hombro, desde el “lejano Oriente”, como llegamos miles, y unos cuantos permanecieron, acogidos hospitalariamente. Habaneros fueron mis profesores y mis primeros amigos, y mi entorno todo unos cuantos años, incluso, cada vez que percibo el olor de la yerba fresca, recién cortada, me traslado a aquellos lejanos sitios y momentos, asociando, y recordando,  el paso cercano  a “mi escuela”, cada mañana,  de las pequeñas cortadoras eléctricas. Años para las visitas domingueras al Zoológico de 26 y al acuario. Años de ver nacer el Parque Lenin, de movilizarnos para la siembra de café caturra en el Cordón de la Habana y para cortar caña en los campos del Habana Libre. Años para ir en grupo al Coppelia, a las pizzerías, y a los cines de estreno.

Y conste, jamás me sentí, ni alguien me hizo sentir extraño o apartado. No soy la excepción, ni “eran otros tiempos”. Así son los habaneros como regla. De los otros, esos con una especie de “fobia” al que llegó de otro lugar, al “guajiro”… y que hasta en alguna ocasión le vocean nombres o frases  irrespetuosas, nadie se alarma de ellos, y mucho menos con ellos. Sencillamente, no hacen cifras, aunque a veces lo parezca.

Cualquier cubano se siente orgulloso cuando, en nombre de todos sus compatriotas, los habaneros colman la Avenida del Malecón en las históricas y contundentes marchas de pueblo combatiente cada vez que ha sido necesario.

Igual sentimiento es el que aflora durante las millonarias concentraciones y desfiles  en la Plaza José Martí en fechas significativas para toda la nación. Esa es La Habana, y así son los habaneros. Recibimientos a amigos, despedidas a personalidades ilustres, momentos felices, y jornadas de luto y dolor siempre tienen y tendrán la presencia masiva de los capitalinos en nombre de todos los demás cubanos. Es un hecho.

Líneas merecidas en cualquier descripción sobre La Habana y los habaneros, tanto como para todos los demás, para los obreros que la cuidan y embellecen, que ofrecen servicios básicos, que operan las grandes industrias de alcance nacional,  que enaltecen con su obra de todos los días la enorme responsabilidad de dar vida a esta Ciudad, y también, para esos insomnes guardianes de la salud que encontramos en cualquier hospital capitalino, médicos, especialistas, enfermeras, en fin, esos compatriotas que laboran en las más importantes y prestigiosas instituciones atendiendo con prontitud y esmero a todos, sin preguntarle siquiera,  si  eres de La Habana o de Baracoa.

Y en cuanto a que en la capital “de todos los cubanos” se hable de una manera o de otra, y que algunos se apresuran hasta a calificar en escalas de bien, regular, y hasta de mal, resulta totalmente relativo, tanto, que todos tenemos a mano algunos ejemplos de familiares, amigos, o compañeros de trabajo, residentes en otras provincias, que asimilan con tremenda facilidad y beneplácito, esa  dislalia ambiental, distintiva de los Habaneros reyoyos, cuando pasan alguna temporada, a veces bien corta por cierto, en predios capitalinos, y al regresar al terruño local, traen como ingrediente incorporado, “el capbón”, el  “fuecte”,  y otros conocidos distingos del “hablar habanero”,  que exhiben orgullosamente para que se sepa que “estuve en La Habana” y soy tan cubano como el que más.

Lo otro que se diga al respecto, creo humildemente, que se trata de regionalismos banales, pues lo perfecto, lo que se dice perfecto,  eso no existirá entre nosotros, y mucho menos cuando pueda ser atisbo de separaciones regionales. Que se sepa, que la pura cepa, es también ese ajiaco de voces, y de maneras de decir.

Hace poco tiempo coincidí con un viejo amigo holguinero. Juntos hicimos una cola, algo larguita, pero rápida, para  entrar al Coppelia. Cuando, con explícito deleite,  mi amigo saboreaba la última porción de su helado, se le escapó una frase elocuente…: “óyeme compadre, es una delicia este helado”. Entonces le repliqué: chico yo lo veo como  el helado que se produce en Holguín… a lo cual mi amigo fue categórico y convincente… “si, puede ser cierto, pero no olvides que en este hay un ingrediente muy importante… “estamos en el Coppelia de La Habana, y eso es suficiente para mantener  lo de esto es una delicia”.

En fin, que levante la mano quien no haya disfrutado alguna vez  con aquella antológica melodía interpretada por el legendario grupo Los Zafiros. “Que hermosa es mi Habana, al caer el sol, bordeando la costa hacia el malecón”.

La Habana es Cuba...y lo demás también

Coppelia de 23 y L

Malecón habanero



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   José O Merino      ecosdelmar13@yahoo.ca      London
   19.10.2011 - 9:56 am
para mi es una buena cronica o algo mas, un buen trabajo periodistico de un maestro (aroldo Garcia) .

   ALZENIRA      alzenirafreitas@hotmail.com      BRASIL
   18.10.2011 - 9:31 pm
Yo soy brasileña y ya estuve en havana trez vezes, porque se vás una vez tienes que volver siempre, porque havana y su povo es exemplo para la humanidad. Besos para la Habana, desde Brasil.

   Jorge Pérez / Chapi / chapitovanvan@hotm      chapitovanvan@hotmail.com      Funchapitovanvachai
   18.10.2011 - 9:04 pm
Me gusta mucho lo que acabo de leer . Bello artículo.

   Nancy Gordín Castillo      doribel40@yahoo.es      Plaza. La Habana
   17.10.2011 - 4:05 pm
Me ha gustado mucho lo que acabo de leer sobre nuestra ciudad, y se unen a mi criterio mis compañeras y compañeros de trabajo. Sin autosuficiencia alguna este periodista tan locuaz,habanero adoptivo que lleva años de conocer la Habana, dice tan bellas cosas de nosotros mismos, que no deben ni pueden olvidarse. Muchas gracias enhorabuena al cronista.


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