El mundo no era ese palmo de tierra entre mar y pantano

2014.04.14 - 14:15:10 / web@radiorebelde.icrt.cu / José Miguel Solís Díaz

Wilfredo Sobrino con su esposa, Sonia Hernández Talganova, quien también fue prisionera de los mercenarios en abril de 1961. Foto: José Miguel Solís
Ciénaga de Zapata, Matanzas. -
Wilfredo Sobrino Moreira, nació en el poblado de Cocodrilo, en pleno corazón de la Ciénaga de Zapata. Huérfano a los doce años, vivió el encierro del pantano y sin desearlo, fue testigo de cómo tan inhóspito lugar anudaba las gargantas de cientos de habitantes. “Mis juguetes -comenta mientras se frota las manos y pierde su mirada en el pasado- no pasaron de un caballito de madera, andar tras los pájaros, pescar entre riscos, jejenes y mosquitos y aceptar como natural el sufrimiento de mi madre ante la muerte de tres hermanos.

Así, uno tras otro.” “Hoy me duele pensar en la ignorancia y el dolor con los que se vivían en esos tiempos y le agradezco infinitamente a mi madre el valor de disimular lo más que pudo. No sé si sería por evitarnos esos momentos, o por simple aceptación de que esa era la realidad y por tanto, nada se podía cambiar.”

Wilfredo Sobrino, es un cenaguero de baja estatura, recia constitución y de manos tan nervudas como seguras en el bregar de la vida; esas que atraparon en la infancia y la adolescencia el premio de haber sobrevivido al recio pantano. Hoy desde la Comandancia del Ejército Rebelde, en el antiguo central Australia, Wilfredo se acerca a una de las “cuatrobocas” que utilizaron los jóvenes artilleros y luego de contemplarla fijamente, confiesa: “Pero un día enferma gravemente uno de mis hermanos y, siendo un chiquillo de apenas siete años; mi madre desesperada, agobiada, hace esa promesa; terrible promesa para mí, que consistía en venderme por cinco centavos y hacerme llevar el pelo largo hasta los diez años” “Nunca me atreví a cortarme el pelo, porque por fortuna; mi hermano mejoró y temía que si me pelarla, enfermara nuevamente. En aquel momento lo vi como un milagro, algo imposible. Luego comprendí, también con dolor, que no era más que ignorancia profunda y lamentable. Mi madre, que también había hecho otra promesa, caminó a solo unos días del parto de mi último hermano, 30 kilómetros entre pantano y terraplenes.”

Wilfredo hace un alto en nuestra conversación, sale a los portalones del Museo de la Comandancia del Ejército Rebelde y fija su mirada al suelo, como si buscase la palabra indicada; o quizás temiese entreabrir la ventana de los recuerdos de su infancia y cuenta: “mira, resulta que cuando tenía 12 años, mi padre muere y me llevan a Jagüey Grande, entonces descubro que el mundo es mucho más que el palmo de tierra que había en el poblado de Cocodrilo entre el mar y el pantano. Con doce años y sin saber escribir y mucho menos leer, descubrí el alumbrado eléctrico y eso me espantó, porque para mí; el mundo, era todo lo que teníamos en la Ciénaga de Zapata”.



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