Gracias, Orlando

2017-09-21 15:02:32 / web@radiorebelde.icrt.cu / Yoel Almaguer de Armas

Gracias, Orlando
Imágenes: Pinturas de Pedro Pablo Oliva

Cuando Orlando llegaba a la consulta, siempre se paraba en la puerta y les decía a las mamás y a los papás que estaban con los niños:

“Esta es una consulta de cardiología y por tanto, aquí afuera hay que hacer silencio. No se puede interrumpir, no deben tocar la puerta porque entonces nos desconcentramos y podemos demorarnos más. Todos los niños serán atendidos, a la hora que sea, pero serán atendidos. Solo les pido calma y disciplina. ¿Entendido?”

Y luego empezaba la consulta en el Hospital Pediátrico Pepe Portilla de Pinar del Río, al que tantas veces tuve que ir porque a los cinco años de edad me descubrieron un soplo en el corazón.

Gracias, OrlandoOrlando era un hombre alto y usaba una bata blanca ajustada a su tamaño, aunque probablemente un poco exagerada de largo. En el bolsillo de la bata tenía un estetoscopio azul, creo que era azul, y en la mano casi siempre un lapicero de tinta oscura, y muchos papeles. Se ponía unos espejuelos a media nariz y hablaba muy rápido, pero yo podía entender mucho de lo que le explicaba a mi madre.

Las veces que tenía consulta le preguntaba a mi mamá por qué el médico demoraba tanto en empezar. Y ella me decía que el doctor estaba atendiendo niños ingresados en el mismo hospital o andaba en el salón valorando algún caso de urgencia.

“¿Y yo también tengo que operarme?”, le preguntaba a mi madre con pánico, buscando un “no” seguro, rotundo, convincente, que calmara el temblor que me daba cada vez que se acercaba mi turno para entrar.

“No muchacho, si tú lo que tienes es una bobería, pero el médico es el que sabe”.

La primera vez que me consultó, el doctor Orlando me dejó desnudo. Me acostó en una camilla de aluminio de esas frías que hay en los hospitales, pero aquella tenía una sábana. Y hasta los dedos de los pies me miró Orlando, y me dijo que estaba muy flaquito y que si no me alimentaba bastante “el pitico” no me iba a crecer. Me asustó tanto que empecé a tomarme una bolsa de yogurt de soya diario, sin saber si el yogurt me ayudaba en algo.

Él era el único que sentía mi soplo. A veces yo aguantaba la respiración para sentir qué era un soplo en el corazón, pero nunca noté aquello que mi mamá llamaba bobería.

Tuve miedo pero sabía que Orlando me cuidaba. Leía los electrocardiogramas con una facilidad admirable. Y yo me preguntaba cómo él podía leer aquello, que no tenía letras, sino rayas para arriba y rayas para abajo. Y le explicaba a mi madre qué significaban aquellas curvas. Y me paraba nuevamente y me auscultaba otra vez.

“Mamá, el niño está bastante bien. Tendrá turno cada seis meses para darle seguimiento. Yoelito, hay que comer de todo, para que te crezca el pito”. Y riéndose, casi en la puerta de la consulta, me pasaba la mano por la cabeza, y mi madre le daba las gracias.

Por Orlando quise ser médico, cardiólogo como él. Orlando fue el primero que me hizo soñar con algo que al final fue esto, el futuro. Y cada vez que alguien me preguntaba qué quería ser cuando fuera grande, yo respondía que médico.

Hace unos días supe que Orlando había muerto por un infarto. No le dije que lo del pitico era ya un problema resuelto, ni que desistí de la cardiología porque tenía miedo operar, pero me hice periodista y de vez en cuando entrevisto a los cardiólogos.

Hubiera querido agradecerle, sobre todo por dejarme soñar.

Gracias, Orlando
 



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