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La Catedral de mis nostalgias barrocas
2012.04.27 - 09:17:46 / web@radiorebelde.icrt.cu / Malvy Souto López

La redescubrí transmutada de neón en medio de su augusta sobriedad. Corrían los días de las vigilias creativas en honor de Benedicto XVI y aquel artista italiano la había trastocado en retablo perfecto para la imagen del máximo jerarca de la Iglesia Católica.
La añeja Catedral del álbum de “mis quince”, de las postales en los paquetes turísticos, de las lentes en la filmografía de turno, se me develaba en una dimensión casi mística de humedades barrocas.
Ante mí, la curvatura borrominesca de la fachada y el enigma de su originalísimo juego de líneas, sin sinonimias en las obras de Borromini o Churriguera –dos de los más exaltados practicantes del Barroco en el Viejo Mundo-. Ante mí, la gracia natural de su cornisa resuelta en una serie de formas enrolladas y zigzagueantes, elevadas sobre la puerta central, a modo de dosel y una luceta en forma de cuadrifolio.
La Catedral de La Habana es toda libertad lineal que marca un ritmo horizontal en su visualidad, contraria a la tradición estilística de la que es garante. Originalmente concebida como el enclave eclesiástico de la Compañía de Jesús en la Isla, procedió de acuerdo con un proyecto que reconocía las dos torres yuxtapuestas al cuerpo central de igual anchura; aunque la mala calidad del suelo de la antigua Plaza de la Ciénaga motivó el engrosamiento de una de ellas.
El templo tiene tres naves y alberga ocho capillas laterales. Los trabajos de escultura y orfebrería del altar mayor, así como los del tabernáculo, fueron realizados en Roma por el italiano Bianchini. Resaltan sus tres pinturas al fresco de Giuseppe Perovani, primer profesor de dibujo de La Habana. Pero aún resulta un misterio la presencia de un lienzo que exhibe la figura de un Papa a punto de oficiar misa, original del siglo XV y por tanto anterior al descubrimiento de América.

Las obras para su construcción se iniciaron entre 1749 y 1750, pero la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767, paralizó los trabajos. Así quedaron las cosas hasta que el ruinoso estado de la Parroquial Mayor, situada en la Plaza de Armas, catapultó la asignación de la antigua Iglesia de los Jesuitas, como su sustituta en 1772. Diez años más tarde se determinó la separación de la Isla en dos diócesis, lo cual entrañaba el establecimiento de una catedral en La Habana. Tras mucho cavilar, la balanza se inclinó a favor de la flamante Parroquial Mayor en atención a “su arquitectura noble y majestuosa” como bien rezan los documentos de la época.
La historia no reconoce a su proyectista original, solo se tienen referencias del arquitecto habanero Lorenzo Camacho, autor de la portada de la capilla de Loreto y de Pedro Medina, quien dirigió las reformas de la segunda mitad del siglo XVIII. En realidad el proyecto pudo haber sido trazado por uno de los propios padres jesuitas, pues según afirma Joaquín E. Weiss en su obra La Arquitectura colonial cubana, “la planta en cruz latina, con capillas laterales y en la cabecera, para completar un rectángulo, la cúpula sobre el crucero y la composición del cuerpo central eran formas típicas de las Iglesias de Jesús”.
Desgraciadamente a las alturas de 1820 la Catedral sufrió algunas modificaciones que atentaron contra su uniformidad estilística. El antiguo piso de losas de piedras, pavimento característico del siglo XVIII en Cuba fue sustituido por un piso de mármol y los altares barrocos fueron reemplazados por otros neoclásicos, por gestión del obispo de Espada y Landa, gran admirador de esta corriente artística.
Hasta 1898 se conservó en la nave central un monumento funerario del español Arturo Melica, que guardaba las cenizas de Cristóbal Colón, traídas desde Santo Domingo y transportadas en ese año a la Catedral de Sevilla.
Esta obra basó su planteamiento en la talla de una piedra conchífera, natural de la Isla, que no permitía ser esculpida en detalles; por lo que utilizó la combinación del claroscuro, como máximo recurso decorativo.
Heredera de un Barroco de cubanísimo abolengo, la Catedral de La Habana se alza con un linaje jesuítico de intensos efluvios tropicales, en una arquitectura sólida y elegante que desafía las rémoras del tiempo.
Dirección: Calle Empedrado 156, La Habana Vieja.








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