La escuela y el maestro: lección y grandeza cotidiana

2011.12.19 - 09:29:24 / web@radiorebelde.icrt.cu / Aroldo García Fombellida

Educadora

Holguín, Cuba. -
A mi primera camisita de escuela la recuerdo siempre como se recuerda a la primera novia, con entrañable cariño, y una mezcla de nostalgia, y dulce tristeza. Con los retazos servibles, y menos “pasados”, de una vieja camisa blanca de mi padre; aquella prendita, la “parió” mi madre, literalmente, la madrugada anterior a mi primer día en un aula de primaria elemental, gracias a la ayuda de una inolvidable vecina, dueña de la única máquina de coser Singer, que había en mi barrio.

Y allí estuve en mi primera escuelita, a las ocho en punto de una lejana mañana de septiembre, y me sentí muy orgulloso y feliz, luciendo a la altura de mi pecho, el pequeño monograma azul, donde se leía.Escuela Púbica Félix Varela. También esa mañana estrené el rudimentario pupitre, hecho por mi padre, a como pudo, cuando le dijeron que los disponibles en la escuela no alcanzaban para mí. Muy poco tiempo había transcurrido desde mi llegada a este mundo, gracias a la comadrona Juana Gavilán, para entender qué cosa eran categorías y rangos, y qué cosa era tener y no tener.

De entonces a la fecha, pasaron cinco décadas y media, pero ahora mismo recuerdo hasta el mínimo detalle de aquel grandioso día, cuando mi primera maestra, Norma Domínguez, me recibió en su aula. La misma donde luego aprendí a leer y a escribir. Aquella escuelita inolvidable y extremadamente humilde, con sus tres aulas, por donde fue transcurriendo mi vida escolar, y llegó la maestra Blanca, y el maestro Raúl, y el maestro Aldo, y la maestra Daysi. No sabía entonces, que aquellos entrañables maestros de mi escuelita primaria eran tan humildes como nosotros mismos, y que estaban en aquella escuelita, pobre y de barrio, porque, igual a los pupitres, que no alcanzaban para mi, tampoco las mejores plazas alcanzaban para ellos.

Transcurrían los mismos tiempos de mi niñez, feliz todo el año, menos en enero, cuando por más que mi noble madre trataba de explicarme, no lograba entender, por qué razón los Reyes Magos siempre “estaban cansados” y nunca llegaban a mi casita, por más que me portaba bien, que les dejaba yerbitas y agua a los camellos, y les pedía que me dejaran una bicicleta, un traje de pelotero, y uno de vaquero, con revólveres, como yo mismo vi le dejaron a Alvarito, el niño de aquella casa cercana, que cada atardecer yo visitaba, y aunque nunca me permitieron sentarme en los asientos de aquella casa tan linda, sentado en el suelo, podía ver todos los atardeceres, el único televisor de todo mi barrio, hasta que ellos me mandaban a casa, porque iban a comer.

Pero no es mi historia, mi barrio, mi escuela y mi maestra, única ni casual. Bien lo sabemos.

Y lo sabemos más, mucho más, desde aquel día que también recuerdo, como de ahora mismo, cuando ya no tuvimos, mi madre y yo, que estar muy asustados, debajo de la cama grande de mi casa, mientras se escuchaban disparos, y más disparos, desde la cercana Fonda de Nina, donde soldados vestidos de amarillo, se emborrachaban todas las noches, me contaba mi madre, y luego, disparaban, y volvían a disparar, contra los endebles techos, contra los árboles, y hasta contra los animalitos domésticos que se atrevían pasar por allí. Y ese día, que recuerdo como ahora mismo, pasaron por mi casa, en muchos camiones, y con fusiles, pero sin disparar, otros soldados, con barbas largas, y melenas enormes, y con uniformes de un color verde que nunca antes había visto. Y nadie más se encerró en la casa por miedo a los fusiles y a sus disparos. La escuela, y el maestro, y las pizarras, y las tizas, y los lápices, y las libretas y los libros…iguales, pero distintos desde entonces, y para siempre.

Y es mi historia, y es su historia, y es la de los cubanos todos, los que tienen memoria buena, y los que no la tienen, porque la perdieron, o la quisieron perder.

  
Comillas de Textos
  

La escuela, y el maestro, y las pizarras, y las tizas, y los lápices, y las libretas y los libros…iguales, pero distintos desde entonces, y para siempre.

  

Es sencillamente Cuba, desde que ya no hubo más soldados vestidos de amarillo, y se acabaron los rangos y las categorías en las escuelas, y desde que son gratuitas esas escuelas, y desde que hace 53 años los pupitres alcanzan aunque sean muchos los alumnos, y haya alumnos de padres muy humildes. Y si es un pequeño grupo de alumnos, por lo intrincado de sus casitas familiares, también tendrán un maestro y una escuela. Como tantas veces lo he visto allá por las abruptas montañas de Mayarí y Sagua de Tánamo.

Y ya no tienen los niños humildes de los barrios cubanos que pedir permiso en alguna casa para sentarse en el suelo, y ver la televisión, porque hasta en la escuela más humilde y lejana, hay un televisor, para recibir clases y aumentar cultura.

Y puede haber muchas casas, y mucha gente, y muchas fábricas, y muchas tiendas, y muchas calles, pero la escuela todos saben dónde está, y la casa del maestro, todos saben dónde está.

Y maestro y escuela significa mucho más, entre nosotros, desde aquellos días gloriosos de hace cincuenta años exactos, cuando casi niños algunos, adolescentes la mayoría; miles de compatriotas, desde ciudades grandes, y poblados pequeños, tomaron un par de libros en sus manos, un lápiz, y un farol, que alumbró desde entonces mucho más que las oscuras noches de nuestros campos.

Y las historias están y estarán para siempre entre nosotros, y se multiplicaron por miles, y por millones. Y aunque la soberbia y el odio quisieron interponerse, la sangre noble que hicieron brotar, y las vidas jóvenes que arrebataron, fueron acicates para multiplicarnos.
Se multiplicaron las escuelas, los alumnos, y se multiplicaron los maestros, las universidades, las conciencias y las convicciones.

Y es tan grande esa hermosa y colosal obra de todos, de tantas dimensiones, que por cotidiana, muchas veces pasa inadvertida entre nosotros. Puede quizás resumirse, en los miles y miles de uniformes escolares, que se estrenan por nuestros niños humildes cada septiembre, en cualquier sitio de Cuba, donde ninguna madre tendrá nunca más que “parirle” una “camisita de escuela” a su hijito, la madrugada anterior de su primer día en el aula, hecha con los retazos menos pasados.

Por eso, cada vez que se inicia un nuevo curso escolar, que en Cuba es como un hermoso día de fiesta nacional, recuerdo la más sublime de las lecciones aprendidas, cuando una mañana de septiembre, de inicio escolar en Cuba, colmado de la nostalgia por estar lejos, salí a una calle de un país centroamericano donde me encontraba, y sobre un enorme tablero para realzar en algo su diminuta figura, vi y enseguida conocí a Claudia. Allí trataba de vender, junto a su madre, indígena como ella, las frutas y hortalizas de las enormes canastas que la hacían ver aún más pequeñita, no obstante sus once años, los mismos de mi hija, quien precisamente esa mañana, en Cuba, se iniciaba como estudiante de secundaria.

El diálogo fue breve. Pedí permiso a su madre, quien además me proporcionó el nombre y la edad de la pequeña.

Hola Claudia…buenos días

Buenos días…Qué le damos señor?

No, gracias, solo quiero preguntarte.

Diga usted señor...?

Claudia…tu vas a la escuela?

Eh? …repita por favor señor…

Que si tu vas a la escuela y tienes maestro?

Perdone usted señor…qué cosa es escuela y maestro?

Seguramente a esa misma hora, en una escuela cubana, mi hijita de once años, igual a los de Claudia, abría su primer libro de séptimo grado, después de saludar al maestro.

Maestra y pionera cubana

Escolar de primaria



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   Jose Orduña      inmocasasdepueblo@hotmail.com      españa
   07.02.2013 - 6:01 am
que bonito recuerdo yo con 56 años recuerdo lo contrario de la escuela franquista y facista en la qe nos obligaban a confesar ir a misa y rezar en esta vieja y corrompida españa. De aquellos barros estos lodos ahora surge toda la basura de avaricia,codicia y corrupción que nos rodea

   Loidel Valido Peña      Lvalido@estudiante.ipìchmc.rimed.cu      Cuba
   25.12.2011 - 9:45 am
Me gusta mucho el foro escribeme a: Lvalido@estudiante.ipìchmc.rimed.cu


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