
La Habana, Cuba.- Como uno de sus tesoros más preciados guarda mi abuela una pequeña servilleta con dibujos de palomas y flores trazados por una mano mágica, la diestra de “El Caballero de París”.
No se trata de ningún personaje de la más rancia aristocracia francesa sino de un soñador de larga barba blanca con traje y capa negros, que recorrió por muchos años las calles de la Habana tejiendo sueños y narrando historias para los que tenían la paciencia y la sabiduría de escucharlo.
José María López LLedín, tal era su verdadero nombre, llegó a la capital cubana cuando contaba 12 años de edad, procedente de su natal aldea de Vilaseca, en la provincia española de Lugo. Como muchos otros emigrantes, el joven José María buscaba oportunidad para hacer fortuna y comenzó a trabajar en distintos oficios.
Se de desempeñó como sastre, florero y librero; trabajó también en los restaurantes de importantes hoteles como Inglaterra, Sevilla y Telégrafo.
Nadie sabe la verdadera causa que provocó la pérdida de la razón de este singular personaje pero muchos la asocian con una injusta estancia en la cárcel. Las versiones de su encarcelamiento son variadas y están vinculadas al robo, los celos y algunas hasta mencionan una pelea donde El Caballero mató accidentalmente a su oponente y recibió un golpe en la cabeza que causó sus problemas mentales.
Para otros la causa de su enajenación está vinculada a la pérdida de una supuesta esposa e hijos que perecieron en un naufragio. Lo atribuyen también a la desaparición de una novia que llegaba a reunirse con él desde París y su barco nunca arribó al puerto porque desapareció en aguas bien profundas.
Estas últimas versiones se contraponen con otra de las historias que habla sobre una novia que murió en los brazos de El Caballero y a la que prometió fidelidad eterna.
Lo cierto es que este hombre se convirtió en un personaje cotidiano y querido de las calles habaneras por más de 4 décadas. Las mujeres lo querían por su amabilidad y galantería; los hombres lo buscaban por lo fluido de su verbo y los niños, luego del impacto inicial que causaba su aspecto, adoraban sus historias fantásticas y los tesoros de colores que salían de su abultada carpeta.
Era afable, respetuoso, su dignidad sobrepasaba su mediana estatura y lo enjuto de su cuerpo; no aceptaba limosnas y cuando aprobaba una “ayuda” la retribuía con plumas o tarjetas que él mismo confeccionaba.
Los años fueron pasando y en 1977 su organismo ya se encontraba desgastado, los doctores del Hospital Psiquiátrico de la Habana, lograron convencerlo de la necesitad de internarlo y el Caballero aceptó. Para complacerlo le arreglaron el pelo y la barba, sin cortárselos y se le facilitó un traje negro como correspondía a “su rango”. En el hospital, El Caballero vivió tranquilo y atendido hasta su fallecimiento el 11 de julio de 1985.
En la memoria de todos los que alguna vez lo conocimos quedará para siempre el recuerdo de este personaje pintoresco que ha inspirado canciones, cuadros, libros y esculturas, con gusto aún paseamos la mirada por 23 y 12 o por la quinta avenida cuando alguien tararea el danzón de Antonio María Romeo “Mira quien viene por ahí, ¡El Caballero de París!.”
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