Sufre más quien se va (+Fotos)

2017-07-06 12:15:30 / web@radiorebelde.icrt.cu / Yoel Almaguer de Armas

Sufre más quien se va

Hace rato salí de mi pueblito. Fue un salto desde Pinar del Río hasta La Habana, un tramo de unos ciento veintiséis kilómetros aproximadamente. Lo hice por una cuestión de superación profesional, y luego se convirtió en algo personal. Por todo lo que ha llevado ser un pinareño radicado, alquilado en la capital cubana, me he convertido en un extranjero nacional.

Nunca mi madre me ha alejado de su saya. Desde esta distancia, ella quiere controlar: saber si comí, si tengo mucho trabajo, si compré frijoles que tanto me gustan o si tengo carne para pasar el fin de semana. Pero me encanta que me controle, aunque no se lo hago saber para que no se crea cosas. Entre ella y yo hay un teléfono por el que nos preguntamos de todo y por donde sabemos los estados de ánimos: de aquí y de allá.

Un día mi mamá me dijo: “Cuenta conmigo para lo que sea, y esta es tu casa por si un día tienes que regresar”. Y yo me fui.

Sufre más quien se va

Llevo casi ocho años despegado de las calles donde me raspé los dedos montando carriola y jugando a los escondidos. Claro que extraño la gente que creció junto conmigo y que hoy ya no conversamos como antes porque los problemas son otros. Ya ni nos vemos: unos se casaron y viven lejos y complicados; y otros se fueron como lo hice yo.

A veces he querido coger una botella y guardar en ella el olor a amanecer que hay en mi pueblito, y llevármelo para La Habana que huele a malecón y a un montón de cosas raras más.

Hay gente que se ha ido más lejos y extraña otras cosas: la mirada de alguien, la risa, un amor, un amigo sincero, un rincón, las líneas de las losas del piso, el manchón del techo del cuarto que un día fue su cuarto, la pata de la cama medio rota, el patio y las matas de mango, o las fiestas en la discoteca del parque a las que sábado por sábado asistíamos para reír mucho o para encontrar algún novio o novia.

Cuando uno se despega, sufre más el que se va. No importa la distancia sino las ausencias a las comidas en familia, a los cumpleaños, a los pesares por esto o por aquello... a las necesidades.

Quien se va solo se queda con un poco de recuerdos que a veces estremecen demasiado la cabeza. Y uno se queda también con las ganas, el deseo de estar, de ver, de sentir el roce, de caminar sin zapatos en las calles que fueron y que también cambiaron. Uno extraña demasiado cuando está lejos, y lo hace la persona que vive a dos horas y pico de su casa que quien vive a varias millas de Cuba, porque no hay límites.

Sufre más quien se va



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