Una habanera llamada Cecilia

2010.03.17 - 10:17:56 / web@radiorebelde.icrt.cu

Cecilia Valdés
La Habana, Cuba.- Cuando se habla de habaneras, y sobre todo de habaneras bellas, de inmediato el pensamiento vuela hacia la rumbosa mulata conocida como Cecilia Valdés, esa que imaginariamente aparece registrada en los libros de la Casa-Cuna en el Siglo XIX, como Cecilia María del Rosario Valdés.

 

Es la misma que se convirtió en una joven hermosa a quien enamoraba un bachiller. La que sin tener mayor instrucción y contar con su efímera belleza, como único título, vivía la ilusión del primer amor, en el seno de una sociedad de acentuado corte esclavista.

 

Le dio vida el gran vuelo imaginativo de su creador, el escritor y patriota pinareño Cirilo Villaverde. Este grande de las letras cubanas nació en el ingenio Santiago, de la occidental provincia de Pinar del Río, el 28 de octubre de 1812 y falleció durante su exilio en Nueva York, el 23 de octubre de 1894. Muy pequeño vino a estudiar a La Habana y se graduó como Bachiller en Leyes. Pronto abandonó esas labores para dedicarse al Magisterio y la Literatura. Se le conoce como autor de diversas novelas, entre ellas: El Perjurio, La Peña Blanca, El Ave Muerta y La Cueva de Taganana. Por su labor en la prensa y otras actividades, Villaverde se hizo sospechoso al gobierno español y fue acusado de separatista. Participó en labores conspirativas en las ciudades de Trinidad y Cienfuegos, situadas en el centro de Cuba, por lo que fue condenado. Poco después escapó a Nueva Cork y de ahí a Filadelfia. En esa ciudad conoció a la activa conspiradora Emilia Casanova, con quien se casó. Aprovechó la amnistía concedida por el gobierno español en 1855 y volvió a Cuba, por poco tiempo. Luego se estableció en Estados Unidos y fundó una escuela en unión de su esposa. Al iniciarse la Guerra de Independencia, en 1868, se unió a la junta revolucionaria establecida en Nueva York e hizo varios viajes a Cuba. José Martí se refirió a Cirilo Villaverde como: “el anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida, y una inolvidable novela”, que calificó de “su triste y deliciosa Cecilia”., en la novela costumbrista titulada: Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, considerada como un monumento de las letras cubanas, por reflejar con mano sabia, la vida y costumbres de un importante período de la historia habanera.

El autor describe a Cecilia, como la niña nacida en octubre de 1812. Primero presenta a su madre y dice:

 

 “María del Rosario Alarcón había perdido el juicio a consecuencia del sentimiento y sorpresa que le produjo el secuestro de su hija recién nacida, para pasarla por la Casa-Cuna. Cuando se la devolvieron, bien amamantada y rolliza, ya era demasiado tarde, y se había apagado en su mente el último rayo de la divina luz”.

 

Sigue con María Regla Santa Cruz, un personaje secundario, quien habla de la madre, además de la pequeña y su origen, cuando señala: “En una camita de caoba tapada con un mantón o velo grande de punto blanco, (había) una niña blanca dormida entre pañales de holán batista, bordados o con encajes anchos. ¡Qué lujos! Luego el médico me dijo:

 

Esta es la niña que vas a criar. Ve la marca azul que tiene en el hombro izquierdo. No se ha bautizado todavía.”

 

La esclava estimó que la niña procedía de una familia con cierta holgura económica y dijo:

 

 “¡Qué blanca! Blanca como el coco. La cara redonda, la barba puntiaguda,  la nariz afilada, la boca un botón de rosa, chiquita y colorada. ¿Y los ojos? No me diga nada: hermosísimos; las pestañas tamañas.

 

“¡Qué cuidados tenían conmigo! El médico estuvo tres o cuatro veces a ver a la niñita y él fue quien trajo al padre Manjón, cura de La Salud, poblado de la provincia de La Habana para que la bautizara. Le pusieron por nombre Cecilia María del Rosario, de padres no conocidos, y, por supuesto, Valdés”. 

 

Cirilo VillaverdeVillaverde indica el paso del tiempo con la descripción de Cecilia y dice:

 

“Solía verse por las calles del barrio del Ángel una muchacha de unos once o doce años de edad, quien (…) llamaba la atención general. Era su tipo el de las vírgenes de los más célebres pintores. Porque a una frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos naturalmente ondeados, unía facciones muy regulares, nariz recta que arrancaba desde el entrecejo, y por quedarse algo corta alzaba un si es no es el labio superior, como para dejar ver dos sartas de dientes menudos y blancos. Sus cejas describían un arco y daban mayor sombra a los ojos negros y rasgados, los cuales era todo movilidad y fuego. La boca tenía chica y los labios llenos, indicando más voluptuosidad que firmeza de carácter. Las mejillas llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba, formaban un conjunto bello (...) tales eran su belleza peregrina, su alegría y vivacidad, que la revestían de una especie de encanto”.

 

Luego habla de Cecilia, convertida en una bella joven, a quien describe así: 

 

“No la había más hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado (...) por la regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceados, bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida  etiópico-caucásica”.

          

El escritor presenta el diálogo de Josefa, la abuela de Cecilia, conocida como Chepilla, con el médico Tomás Montes de Oca quien, por su profesión, conocía los secretos de las familias principales de la villa de San Cristóbal de La Habana.

 

La anciana se refirió a la muchacha en estos términos:

 

-“ ¡Ay, señor Doctor! Su figura y su parecer son los que van a acabar conmigo antes de mucho tiempo. Aunque me esté a mal el decirlo, es lo más lindo en verbo de mujer que se ha  visto en el mundo. Nadie diría que tiene de color ni un tantico. Parece blanca. Su lindura me tiene loca y fuera de mí. No vivo ni duermo por guardarla de los caballeritos blancos que la persiguen como moscas a la miel. Me tiene sin sombra”.

 

El galeno sólo respondió:

 

-“No creía yo que fuese tan linda como me la pintaban. ¡Guapa muchacha! Sí, guapa, ¡muy guapa!”

 

Sobre Cecilia y su veleidoso enamorado, el joven Leonardo Gamboa, comentó  Villaverde:

 

“Leonardo cruzó y puso la mano derecha en el hueco que dejaba en el marco un balaustre caído, cuando se asomó la cara más linda de mujer que quizá existía en aquel tiempo en La Habana. A su vista, aunque los ojos de la mulata despedían rayos, y no de amor, sino de cólera, quedó subyugado”.

 

Para tener un cuadro integral de Cecilia y su carácter, se puede leer:

 “Se había puesto de pié, esperando quizá la retirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sus hombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechísimo talle que casi se podía abarcar  con ambas manos lucían a maravilla, alumbrados a medias por la bujía  en el interior, en contraste con la oscuridad ya reinante en la calle. Más enamorado que nunca (estaba) Leonardo de tanta belleza”.

 

La inestabilidad, caprichos, indiferencia y cansancio del joven Bachiller en esta historia de costumbres, amores incestuosos y tragedias, termina precisamente en eso, en los trágicos hechos ocurridos al pié de la escalinata de la Iglesia del Ángel, al terminar la ceremonia nupcial de Leonardo Gamboa con Isabel Ilincheta.

 

Quien parecía ser un rendido enamorado de Cecilia, se casó con una hermosa muchacha blanca, de igual posición económica y social que él, un aristócrata, que en breve ostentaría un título nobiliario comprado por su padre, con el dinero que producía la sangre y el sudor de los esclavos de su dotación.

 

La fama ganada por esta historia de Villaverde, cargada de romances y amores adúlteros sirvió de base al músico habanero Gonzalo Roig Gonzalo Roig, compositor, director de orquesta y de banda. Nació en La Habana el 20 de julio de 1890 y falleció en esa ciudad el 13 de junio de 1970.En 1907 inició su carrera artística y ese mismo año escribió su primera obra musical, la canción titulada La Voz del Infortunio. Poco después estrenó la mundialmente conocida criolla-bolero Quiéreme Mucho. Fue uno de los fundadores de la Orquesta Sinfónica de La Habana, de la que llegó a ser director. Fundó la Orquesta Ignacio Cervantes en 1929 y un año después fue invitado a dirigir una serie de conciertos en Estados Unidos de Norteamérica por la Unión Panamericana. Organizó una compañía de teatro vernáculo en el teatro Martí de La Habana. Creó la Ópera Nacional, de la que fue director orquestador. Compuso melodías para el cine, además de escribir acertados ensayos y artículos sobre la música cubana. , para componer y estrenar en 1932, la zarzuela titulada Cecilia Valdés, la más representativa del teatro lírico cubano.

Algunos estudiosos del tema estiman que es real, este relato que se consideró como leyenda. Otros, la clasifican como un drama de ficción, aunque lo único verdadero es que la historia de Cecilia Valdés, sirve para dar una panorámica de la vida habanera en aquellos lejanos días del Siglo XIX.


(Revista Alma Mater)



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