Y a la finca Nine le puso María. Fotos: Aroldo García Fombellida
Holguín, Cuba-. El campo, lo que se dice el campo, allá adentro, allá arriba, no es fácil. Lindo, sí, en imágenes, y bueno para estar, sí, un día de paseo. Pero dedicar la vida al campo, a transformar piedras vivas en caminos, a convertir las lomas en copiosas plantaciones de alimentos, y hasta en hermosos jardines, colmados de flores y hasta de medicina verde, necesita una cuota extra de unos cuantos ingredientes, que a mi juicio, pueden resumirse solo con decir amor.
Pero, más que decirlo, sentirlo.
Amor verdadero, como el que nació, indestructible, un día lejano, hace ya cincuenta años, entre Cándido Saturnino Sánchez Velázquez, o mejor, y simplemente “Nine”, y María Peña, allá por un sitio, pedregoso, bien apartado y difícil para llegar, que llaman “El Padrón”, exactamente en la línea divisoria entre Las Tunas y Holguín, casi bordeando la costa norte oriental de Cuba.
Llegamos en busca de una receta, y la encontramos. No fue difícil.
Estaba cercana esa hora en que “el perro no sigue al amo”, de un Octubre empeñado en que se le incluya en la etapa de pleno verano, María apuraba los cotidianos quehaceres hogareños, en aquella casita humilde de madera, y piso de cemento pulido, rodeada de plantas y flores.
Como si me esperaran, y no lo era realmente, casi enseguida sentimos el inigualable aroma del café carretero que bullía sobre el viejo fogón de carbón, con una llama que ya quisiera la mejor de las cocinas “de pueblo”.
Tal si nos conociéramos desde siempre, el poder de comunicación innata de María, me fue llenando la mente de imágenes sonoras, desde que siendo una adolescente, sus padres la enviaron a “Hacerse algo útil en la vida” a una Escuela Formadora de Maestros Primarios, en El Escambray.
La casualidad quiso que Nine, oriundo también del Padrón, como ella, fuera enviado, como soldado del Servicio Militar, a una zona cercana a Topes de Collantes, y allí se encontrara con la muchachita estudiante.
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Entre el verde intenso de aquel lomerío, tan agreste como el propio de sus orígenes respectivos, nació un sentimiento que la vida misma demostró seria infinito.
Al regresar, a Nine le ofrecieron un pedazo de tierra, aunque apegado a la realidad debía decirse “un pedazo de piedra” en medio de las lomas, para que tuviera su finquita propia.
Su primera decisión fue ponerle el nombre de su amada esposa María.
Pasado el mediodía, tuve que ir en su busca, pues, aun a esa hora impartía una especie de conferencia en el terreno, entre platanales, a los “muchachitos”, recién incorporados a la asociación campesina de la zona, quienes, como es su costumbre, vinieron a “darle una vuelta”.
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