
Primer día de clases. Fotos: Abel Rojas Barallobre
Mi madre planchaba mis uniformes escolares todos los domingos por la tarde. A ella no le gustaba planchar. Decía que cualquier cosa menos la plancha. Pero la ropa le quedaba elegante, y cuando estaba con filos, lo que llevaba filos, ella disfrutaba acomodarla en los percheros, y lo hacía cariñosamente.
El uniforme del primer día de clases era el que más le gustaba planchar. Quizá porque era el primero. La mezcla del “olor a nuevo” de aquellos pantalones amarillos, de la Secundaria, y el olorcito a quemado que salía de la plancha de mi madre me motivaban a forrar las libretas que tenía entonces y a guardar goma y lápices.
“Deja las libretas que tú no sabes forrarlas y vas a romper los forros”. Me decía ella, experta en doblar aquellos papales y hacer que mis libretas quedaran con las puntas bien definidas.
El primer día de clases mi madre no tenía que despertarme. Me desvelaba, y en cuanto ella encendía la luz del comedor, yo salía desprendido de la cama. Y me reía del fanatismo y la emoción que me trasmitía llegar lindo a la escuela, con pantalón, camisa y cinto nuevo. La mochila y los zapatos no, porque esos eran del otro curso.

Ese primer día no desayunaba porque ni hambre tenía. Y con alguna picardía confirmaba que yo podía ir solo aquel primer día de clases, luego de casi un mes tratando de convencerla. No me gustaba mucho la idea de que mi madre fuera conmigo a la Secundaria porque me daba un poco de pena. Yo me creía grande, independiente, y preparado para asumir el reto de llegar al portón de la escuela sin una pizca de timidez.
Cómo se extrañan aquellos olores a plancha, los reencuentros con los muchachos del aula, y en especial el reencuentro con el amor de Secundaria que no nos dio tiempo conquistar el grado anterior.

No hay distancia entre lo que fuimos y lo que somos si cada quien revive los recuerdos que merecen la pena ser revividos. Probablemente por eso, algunas veces siento el olor al perfume que mi madre me echaba antes de salir de la casa, y cuando me decía desde el portal: “Te eché un pan y pomito de refresco, te lo comes todo”.
Todavía tengo uno de aquellos pantalones que mi madre planchaba cada domingo, al cual le roseaba unas gotas de agua para que la plancha corriera más fácil sobre aquel poliéster amarillo. Pero el pantalón ya no me sirve.
Web premiada con el Premio Internacional OX 2016