El reencuentro de Ernesto Guevara en La Habana con sus padres

2014.01.09 - 09:10:47 / web@radiorebelde.icrt.cu / Víctor Pérez Galdós

Reencuentro con los padres. 1959. El 9 de enero de 1959, a raíz de! triunfo revolucionario en Cuba, se produce en La Habana el emocionado encuentro del Che con sus padres, Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna. La foto fue tomada en el aeropuerto internacional José Martí, en La Habana. Foto OAH
Reencuentro con los padres. 1959. El 9 de enero de 1959, a raíz de! triunfo revolucionario en Cuba, se produce en La Habana el emocionado encuentro del Che con sus padres, Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna. La foto fue tomada en el aeropuerto internacional José Martí, en La Habana. Foto OAH

En el aeropuerto internacional José Martí, en La Habana, el Comandante Ernesto Che Guevara recibe el 9 de enero de 1959 a sus padres quienes viajaron a Cuba para reencontrarse con él.

Casi seis años atrás el entonces joven de 24 años Ernesto Guevara, poco tiempo después de haberse graduado de médico, se despidió de sus padres, otros familiares y amigos en la Estación de Trenes “General Belgrano” de Buenos Aires, Argentina.

Según contó posteriormente su padre, su hijo en el andén apuraba el paso para montar en el tren que ya había iniciado en forma lenta la marcha; de pronto se viró y mientras alzaba uno de sus brazos en el que tenía un bolso, gritó de manera jocosa: “ ¡Aquí va un soldado de América!”

Por supuesto nadie imaginó que esa expresión del recién graduado de medicina se convertiría en realidad en algo más de tres años, ni mucho que alcanzara ese jovenzuelo la condición de uno de los más experimentados jefes de una tropa rebelde.

Ernesto salió de su natal Argentina con la intención de dirigirse hacia Caracas para reencontrarse con su amigo Alberto Granado, con quién entre finales de diciembre de 1951 y julio de 1952 había emprendido un singular recorrido por varios países de América Latina.

Entonces en la capital de Venezuela se quedó Alberto Granado, quién ya había concluido sus estudios de biología. Ernesto emprendió el viaje de retorno a Argentina con la intención de terminar la carrera de medicina y después volver hacia Caracas. En Argentina pudo concluir en menos de un año sus estudios.

Logrado ese objetivo decidió entonces salir a reencontrarse con el gran amigo. Primero se dirige hacia La Paz, capital de Bolivia en compañía de otro amigo, Carlos Ferrer, conocido como Calica. Ernesto y Calica llegan a La Paz el 11 de julio. Hacía algo más de un año que en Bolivia había ocurrido una revolución nacionalista. No obstante, con el tiempo el proceso fue perdiendo fuerza. Ernesto se interesó por apreciar lo que sucedía en este país. Algún tiempo después decidió dirigirse hacia Perú. Junto a su amigo cruza en un camión la frontera peruano – boliviana y llegan hasta Lima.

En la capital peruana se relacionó con exiliados latinoamericanos y obtuvo información sobre lo que sucedía en Guatemala, donde el gobierno progresista de Jacobo Arbenz había promulgado una serie de medidas de beneficio popular y se enfrentaba a las acciones y amenazas de Estados Unidos y de elementos reaccionarios en el país.

En el mes de octubre tras haberse relacionado con el abogado argentino Eduardo García (Gualo), se dirige con él y con Calica Ferrer hacia Guayaquil, Ecuador, donde se encuentra con otros latinoamericanos que también le hablan en forma entusiasta sobre Guatemala.

Decidió finalmente declinar su propósito de viajar a Venezuela. Adoptó la decisión de trasladarse a Guatemala. Se separó de su amigo Calica Ferrer y le escribió una breve nota a Alberto Granado en la que le manifestó: “Petiso, me voy para Guatemala. Después te explico”.

De Guayaquil se trasladó inicialmente hasta Panamá. Posteriormente se dirigió a Costa Rica. En este país, en un café – restaurante identificado como Hotel Palace, conoció a los cubanos Calixto García y Severino Rosell, quienes habían participado en los hechos acaecidos el 26 de julio de 1953, cuando se produjo el asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, y al Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo.

Después salió de Costa Rica rumbo a Nicaragua. Más tarde pasó por Honduras y finalmente el 20 de diciembre llegó a Guatemala donde tuvo la posibilidad de conocer a Antonio (Ñico) López, joven cubano que también había participado en la acción del 26 de julio de 1953 en el ataque al cuartel de Bayamo, en Cuba.

En Guatemala el joven Ernesto Guevara vivió una singular experiencia cuando en el mes de junio de 1954 se realizó una agresión por parte de elementos reaccionarios que contaban con el apoyo de los Estados Unidos, lo cual provocó el derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz.

Semanas más tarde al hallarse en el país en forma ilegal y sin posibilidad de trabajar tuvo que trasladarse hacia México, lugar donde se reencontró en forma casual con Antonio Ñico López y es a través de él que después conoció a Fidel y Raúl Castro.

Como posteriormente explicó el propio Che bastó una conservación entre Fidel Castro y él, para qué aceptase colaborar en el empeño de alcanzar la reanudación de la lucha revolucionaria en Cuba.

Tras un período de preparación, y de vencer dificultades al haber sido detenido en unión de otros cubanos que participaban en los entrenamientos, el ya conocido como Che, por su procedencia argentina, formó parte de los 82 expedicionarios que bajo la dirección de Fidel Castro salieron el 25 de noviembre de 1956 en el pequeño yate “Granma” hacia Cuba.

Inicialmente tenía la misión de fungir como médico dentro de la tropa rebelde. Muy pronto evidenció sus cualidades como aguerrido combatiente, como alguien con condiciones y capacidad para dirigir y cumplir misiones complejas, como fue el caso de conducir una columna rebelde, desde la provincia de Oriente hasta la zona central del territorio cubano, y en dicha zona igualmente realizar una relevante labor política y militar que mucho contribuyó a que se produjera el resquebrajamiento total del régimen dictatorial.

Al producirse en la madrugada del primero de enero de 1959 la fuga del dictador, recibió la encomienda de Fidel de dirigirse hacia La Habana para enfrentar la maniobra que realizaban elementos reaccionarios para tratar de evitar el triunfo de las fuerzas revolucionarias.

Cumplió igualmente esa misión, y en La Habana, al día siguiente de haber recibido a Fidel y a los demás integrantes de la Caravana de la Libertad, vivió un momento de singular emoción al poder abrazar de nuevo a sus padres que llegaron a la capital cubana en un avión que revolucionarios cubanos que se habían exilado en Argentina pudieron conseguir.

Si para el Che fue emotivo ese instante, sin dudas para sus padres fue algo impactante el reencuentro con el hijo, ya convertido en un bravío combatiente, en una gran personalidad.

En un libro que años después escribió Ernesto Guevara Lynch, padre del Che, recordó particularmente una conversación muy íntima sostenida con su hijo en La Habana en ese mes de enero de 1959, en la que éste, de hecho, le precisó su vocación internacionalista.

Señaló: “Fueron para nosotros días inolvidables. Veíamos a Ernesto todas las veces que él nos permitía, o mejor dicho, que sus ocupaciones le permitían poder charlar con nosotros. Pero siempre encontraba un momento para poder hacerlo. Una tarde fue Ernesto a visitarnos a nuestro hotel. Aproveché la oportunidad y le pedí que se encerrase conmigo en una habitación. Quería hablar a solas con él; sin que nadie nos molestase; otras veces había querido hacerlo, pero siempre andaba ocupado, cumpliendo órdenes o zarandeando por sus ocupaciones.

“Entramos en la habitación y se sentó tranquilo. Había cambiado mucho. Cuando se fue parecía un imberbe, y ahora una barba rala le cubría parte de la cara. Estaba muy delgado y quemado por el sol. Hablaba pausadamente, pero sus ojos eran los mismos de siempre, las ideas se le amontonaban y no tenía tiempo para expresarlas, y entonces solía charlar nerviosamente y a veces se tragaba las palabras. Ahora lo veía frente a mí, más aplomado; meditaba antes de contestar, cosa que nunca hizo. Le pregunté que iba a hacer con su medicina. Me miró de soslayo, se quedó pensando un momento y luego, esbozando una sonrisa, me contestó:

“¿De mi medicina? Mirá viejo, como vos te llamas Ernesto Guevara como yo, en tu oficina de construcciones colocas una chapa con tu nombre y abajo le pones médico y ya podrás comenzar a matar gente sin ningún peligro. Y se reía de su chiste.

“Yo insistí en la pregunta y entonces, poniéndose serio, me contestó:

De mi medicina puedo decirte que hace rato que la he abandonado. Ahora soy un combatiente que está trabajando en el apuntalamiento de un gobierno. ¿Qué va a ser de mí? Yo mismo no sé en qué tierra dejaré los huesos.” (1)

(1) Ernesto Guevara Lynch. Mi hijo el Che, Editorial Arte y Literatura, 1988, páginas 85 y 86



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