Acosta Danza: del tiempo, paisajes y (des) encuentros

2018-04-16 18:41:31 / web@radiorebelde.icrt.cu / José E. González

Acosta Danza: del tiempo, paisajes y (des) encuentros
Acosta Danza: del tiempo, paisajes y (des) encuentros. Foto: Yuris Nórido

Hacía tiempo que no iba al teatro a unas funciones de danza. Pudieran decirse varias razones: trabajo, responsabilidades; pero la verdad es que no creo que haya habido programaciones que llamaran la atención: repeticiones y espectáculos ya vistos, salvo aquella temporada folclórica que me reprocharon y después me reproché no haber podido asistir al estreno de Raíces Profundas y Babul en el Teatro Mella. Pero eso es otra historia.

La vuelta al Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso estuvo marcada por la ignorancia, la lejanía, la curiosidad. La llegada a Cuba del japonés Saburo Teshigawara acaparó todos los focos de los amantes de la danza con el montaje que realizaría para la compañía Acosta Danza por la celebración de los 120 años de la primera migración nipona a la Isla.

Precedido por su nombre, por el mito de ser “el más importante coreógrafo de la Isla asiática” y su hacer en compañías como el Ballet de la Ópera de Paris, el Ballet del Gran Teatro de Ginebra, Gotenborg Dance Company, así como con su propio proyecto KARAS, créanme se generaron expectativas grandes.

Saburo Teshigawara: “el más importante coreógrafo de la Isla asiática”
Saburo Teshigawara: “el más importante coreógrafo de la Isla asiática”. Foto: Yuris Nórido

Encuentros, así nombraron a la temporada en que Teshigawara firmaría para la joven compañía cubana la pieza Mil años después, además de que se subiría a la escena de la sala García Lorca, con el dúo Lost in dance, junto a la bailarina Rihoko Sato.

Las cortinas se abrieron y el mito apareció en escena en Lost in dance, y con él su compañera, ambos vestidos de negro en un cuadrado de luces perfecto que bordeaba todo el escenario.

Aunque por momentos se perfilara como una improvisación constante que abrazaba todo el escenario, sabían lo que querían mostrar: paz, control de su mente y de su cuerpo, en un ejercicio de fluidez tal que parecía poco creíble esa capacidad física a sus edades. No había academicismo o rigidez, el aire fluía por su piel y lo convertía en movimiento. Tal vez, el talón se aflojó en el tiempo y la repetición cacofónica constante de las estructuras que ofrecieron. Por momentos, se necesitaba más.

Y lo mismo sucedió con Mil años después, tanto o más después de la apertura del dúo de los creadores japoneses y una pieza totalmente diferente como intermedio.

Acosta Danza: del tiempo, paisajes y (des) encuentros
Foto: Buby Bode

Mil años después repite la misma estructura del dúo, pero esta vez para ocho bailarines vestidos de blanco sobre el mismo cuadrado de luz que delimita la escena. Y no solo es la misma estructuración básica formal, sino también revisita y se regodea en las mismas intenciones y movimientos ya vistos en la primera pieza del programa. Es válido, incluso interesante que los bailarines asumieran otro estilo diferente al que nos tienen acostumbrados, incluso debe haber sido enriquecedor para ellos este proceso; pero, la fluidez, las intenciones y el concepto corporal que se vieron en la danza de los japoneses, faltó en los bien estructurados y moldeados cuerpos de los bailarines cubanos, como esa sazón particular que precisa de tiempo y/o madurez para entenderlo y trasmitirlo.

El otro coreógrafo invitado para completar el programa de la temporada fue el sueco Pontus Lidberg, director de la compañía homónima, no desconocida para el público cubano, pues ya han estado en cartel durante un Festival Internacional de Ballet de La Habana en el año 2014.

Revisitó a Leo Brouwer el invitado, incluso bailó en la pieza Paysage, soudain, la nuit, junto al bailarín invitado David Lagerqvist y bailarines de Acosta Danza, con una instalación evocadora de lo que pareciera un campo en otoño, realizado por la artista Elizabeth Cerviño.



Un giro de 180 grados fue esta coreografía en el programa. El estilo de Lidberg nos regaló un divertimento, sin una historia o una necesidad filosófica mayor al paso del tiempo, a ese anochecer que toma por sorpresa en el paisaje externo, y el interno de cada individuo.

El creador habla de una “cubanidad”, de “una rumba”, de “una visión desde lo contemporáneo”, en una pieza que desdibuja esos conceptos y los esconde tanto que es difícil poder hallarlos, incluso son perceptibles rezagos de country y atisbos de un colorido opaco, con tonalidades de otoño, alejados de nuestra realidad.

Lo dicho, un divertimento, con atisbos de neoclasicismo, de contemporaneidad, de múltiples visiones y maneras de enlazar movimientos. No hay clímax evidente, más allá de la ligereza y la gracia de movimiento de los bailarines no importa cómo, si en dúo, si en solo, si en grupo, madera existe para crear. Una pieza de frescura, sin altisonancias, que agradece el espectador.

Encuentros abre otra visión en el repertorio de Acosta Danza, diferente a lo que han mostrado en sus temporadas anteriores.



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