Artificios de Carlos (II)

2018-01-18 15:33:28 / web@radiorebelde.icrt.cu / Laura Barrera Jerez

Artificios de Carlos (II)
Espectáculo por la entrega del Premio Nacional de Teatro 2015 a Carlos Díaz. Foto tomada de La Jiribilla

LOS ESCENARIOS DE CARLOS

Casi en la esquina habanera de Línea y Paseo: el Teatro Trianón. Al lado, una cafetería donde se pueden comprar dulces finos y glamurosos, en la acera un señor vende cucuruchos de maní y, a pocos metros de los contrastes alimenticios, la parada de ómnibus y otros tormentos individuales.

Pero sobresale el templo habilitado desde 1994 como sede del grupo Teatro El Público. En esos primeros años, aquella edificación también funcionaba como cine, y por tanto, ambas funciones compartieron el tiempo y el espacio.

La fecha oficial de fundación de la compañía es el 20 de mayo de 1992, pero desde 1990, en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, se había presentado una trilogía de teatro norteamericano: Zoológico de Cristal, Te y simpatía y Un tranvía llamado deseo, bajo la dirección de Carlos Díaz.

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Dicen que en aquellas noches, mientras el escenario se desbordaba de luces y fastuosidades, de desnudos y de provocaciones, Carlos se paseaba por el lobby del teatro vestido de negro. Ya había advertido sobre la renovación de los textos originales “con toda la historia de Bejucal, de Teatro Irrumpe, del Escambray y del Ballet Teatro de La Habana”.

Aún muchos recuerdan el estupor y el escándalo del público habanero. Desde entonces, Carlos se nutre del teatro de la calle y luego el público irá a ver a Chéjov, a Shakespeare, a Camus o a Virgilio Piñera a través de sus interpretaciones. Es un pacto que comenzó en aquel verano de 1990. Según él mismo, busca un ideal de belleza teatral, de proyección teatral, de conmoción teatral, completamente de artificio.

Con los Tambores de Bejucal y amigos de Teatro El Público en un gran pasacalle desde la sala Trianón hasta el Centro Cultural Bertolt Brecht, como antesala de la apertura de la muestra "Huella de transgresiones", que rindió homenaje a los 25 años de la compañía Teatro El Público:



Con el tiempo, se ha acostumbrado a ver las obras tras la última fila de butacas. Desde allí no solo se observa la escena, sino los movimientos del público, sus gestos con los hombros, los cansancios o el interés por la obra. Y casi nunca sube al escenario para despedirse con los actores. Prefiere ver cómo la gente sale por la puerta del Trianón: ahí están los saludos de quienes lo conocen y los comentarios de todos los que han visto la puesta en escena. Quizás mañana se perfeccione el montaje, aunque Carlos sabe que después del estreno, es como si muriese el director.

Thais Valdés, Roberto Perdomo, Jorge Perugorría, María Elena Diardes, Broselianda Hernández y Adolfo Llauradó han compartido su filosofía de trabajo. Otros como Héctor Noas, Osvaldo Doimeadiós, Fernando Hechavarría, y Daisy Forcade viven hoy sus artificios.


A Carlos no le gusta decir que El Público es una familia, porque son muchos los que vienen y van, constantemente. Ya le “duele la mano de tanto decir adiós”. Pero entiende: “la felicidad de un hombre depende de dónde quiere estar, vivir y trabajar”, y para hacer teatro, hay que amar lo que se hace y estar conformes en el lugar donde lo hacemos. A sus alumnos y a sus compañeros de trabajo le dice constantemente: Muévanse todo lo que puedan.



Ha dirigido más de 40 puestas en escena. “Fedra”, “El otro cuarto”, “La niñita querida”, “Calígula”, “Noche de Reyes”, “Ay, mi amor”, “Ana en el Trópico”, “Antigonón, un contigente épico”, “Harry Potter se acabó la magia”…

Simplemente le complace que la gente sea feliz viendo su arte, desde la angustia o el alboroto de las tablas, pero que las sensibilidades se remuevan antes de volver a casa. Con “La Celestina”, por ejemplo, se rompió el récord de puestas en escena, fueron 150. Y Carlos decía: “La Celestina anda suelta por ahí y nosotros la organizamos para el escenario. Había gente muy insultada… ¡pero la tiene que haber!”

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Foto tomada de Cubadebate

A su imaginación no le basta con estas provocaciones. En el año 2001, integró el jurado de Guion del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y del Premio Casa de las Américas en el apartado de Teatro. A su cargo estuvieron los espectáculos de inauguración y clausura del festival del Nuevo Cine Latinoamericano en 1996 y 2003. Además, fue el coach de actores del filme “Boleto al Paraíso” de Gerardo Chijona; en 2005 hizo el montaje teatral de “Los ciegos”, de Maeterlink, para el filme “Madrigal”, de Fernando Pérez, y en 2009 dirigió la presentación de “Perro huevero” para la película El Ojo del Canario de este mismo director.

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Obra: Así que pasen cinco años. Dirección de Carlos Díaz. Foto: @TodoSomosPublico

Carlos ha trabajado mucho, pero dice que tiene alma niño y se arriesga para darles oportunidades a los jóvenes. Con Teatro El Público se han graduado varias generaciones de estudiantes. Un grupo de alumnos de la Escuela Nacional de Arte (ENA) que participaron en la puesta en escena de “Sueño de una noche de verano”, lo llaman el Oberón del teatro, es casi un rey de hadas, como el personaje de la obra de Shakespeare.

Lo hace feliz dar clases, transmitir ese sentido de rigor y de entrega imprescindibles para hacer arte. Una vez dijo en una entrevista: “El ISA es un semillero donde hay semillas malas y buenas; algunas germinarán, pero otras se quedarán en el camino. Es bueno reconocer el talento que se pierde en la calle, hasta en los barrios marginales. El arte no es cosa que le guste a todo el mundo, pero encontrar los verdaderos talentos sí es tarea difícil. Eso me hace dejar a un lado el academicismo y adentrarme en otros mundos”.

Sin embargo, una de sus mayores preocupaciones es la enseñanza artística de los futuros actores cubanos y esa inquietud lo acompaña mientras camina por las arboledas o los pasillos del ISA (Universidad de las Artes). Allí cultivó uno de sus mayores orgullos: haberse graduado en la primera promoción de teatristas. Mientras anda, señala algunos espacios, mira a lo lejos, vive otra vez su etapa de estudiante. Y como si respirara el aire de entonces, resurge su preocupación por la estética: “Antes era más bonito, aunque esta escuela tenía un tono un poco aburguesado. Cuando íbamos al comedor, elegíamos dentro de las opciones del menú”.

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Diseño: Laura Barrera Jerez

Carlos podría haber sido pintor porque siempre lo han cautivado las artes plásticas. Pero cuando hizo las pruebas de actitud para entrar al ISA, optaba por la actuación. Y como los destinos responden a decisiones humanas, Rine Leal encausó sus ansias: “Actores hay muchos, pero críticos hay pocos”, le dijo, y Carlos Díaz terminó estudiando Teatrología y Dramaturgia.

Desde entonces soñaba con ser director, pero “en aquella época, pensar que alguien tan joven podía dirigir era como blasfemar”. Su graduación fue en 1982 y, por suerte, la inspiración nunca se apagó en él. Hoy, cumplido ese sueño, define al director como un ser humano que simplemente ama el teatro y sabe lo que quiere de él.

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Diseño: Laura Barrera Jerez

Es difícil reducir tal concepto con tan escasas y categóricas palabras, pero la experiencia lo permite. Desde 1883 y hasta 1888, Carlos trabajó con Roberto Blanco en Teatro Irrumpe, grupo icónico de las artes escénicas cubanas, y desde 1888 y hasta 1990 fue el asesor general y director artístico del Ballet Teatro de La Habana.

Antes, entre 1880 y 1882, dirigió un grupo de artistas aficionados en el pueblo donde nació: Bejucal, municipio de la antigua provincia de La Habana (otra razón más para que sea considerado Hijo ilustre de esa localidad). Estudiaba y dirigía. Su primera representación teatral, con Teatro Ensayo, fue Abdala: Carlos siempre ha apostado por los textos de Martí. Tal vez las palabras del Apóstol le revelan los caminos.

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Obra: Antigonón, un contigente épico. Dirección de Carlos Díaz

Además, para él, un individuo debe sufrir muchas contradicciones y cuestionamientos en su vida real para poder actuar bien sobre el escenario: “Quien siempre se baña a la misma hora, cumple todas las normas y no tiene ‘problemas existenciales’, no puede ser un buen actor”. Y tal vez esa ley se cumpla también para los directores de teatro. A las tablas van los conflictos de la vida real.

La tradición charanguera del pueblo donde nació ha sido una de sus herencias más útiles. De allí los conflictos y los ritmos que lo invaden. Bejucal tiene 120 kilómetros cuadrados y es el municipio de menos extensión y el de mayor densidad poblacional de la provincia de Mayabeque (La Habana, cuando Carlos nació en 1955).
Lo acompañaba una familia humilde, de campo. El resultado: un guajiro que enseña lo que sabe, lo que ha vivido o lo que quiere vivir.

Su existencia se traduce en analogías. Y si le preguntan por quienes lo acompañan hoy, quizás solo comente: “Yo tengo una familia muy hermosa. Jesús es el héroe; Leonor, el deber; Kike, la inteligencia; Federico, el público; y finalmente... yo”. No podemos pretender que Carlos se despoje de sus símbolos.

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Diseño: Laura Barrera Jerez



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