
A media luz, una mesa de dominó reúne a los vecinos y aunque ya terminó el juego, a nadie le importa la puesta de sol en el malecón o los almendrones que recorren la calle Prado. En una esquina del barrio está concentrada toda la energía y el sabor del atardecer. Los transeúntes pasan y miran: cualquier baile, en cualquier lugar del mundo, no tiene el sabor del son cubano.
Ese género nació en el oriente de Cuba, en la década del 20 del pasado siglo. Por cuestiones de marginación, inicialmente solo lo escuchaban y bailaban las clases trabajadoras y los afrocubanos, porque muchos lo consideraban un ritmo irrespetuoso, atrevido y opuesto a las buenas costumbres. No obstante, aquella musicalidad con fundamentos del changüí y esencias de la rumba, fue ganando defensores y practicantes hasta alcanzar gran popularidad en los años 30.
De acuerdo con la musicóloga cubana María Teresa Linares, la melodía va en las voces, el solista lleva la clave y el coro responde. “Como se agota el repertorio, los soneros agarran boleros, criollas, guarachas y guajiras y las llevan al tiempo del son. El bongó hacía en el son una figuración normalmente libre, fuera de medida, pero que caía en el tiempo. De manera que había bailadores que dentro del son desarrollaban pasos de abakuá y de santería”.
A partir de la sinergia entre la rumba de los esclavos negros y el danzón importado al continente por los franceses y los ingleses, el son se convirtió en la base de diversas sonoridades, entre ellas, la salsa latina. Hoy, de una u otra manera, cada canción de la producción musical contemporánea en Cuba, lleva implícita la huella de autores como Miguel Matamoros, Sindo Garay y Rosendo Ruiz quienes compusieron canciones de son, para que luego llegaran interpretaciones como las de Benny Moré, el septeto Habanero y el trío Matamoros.

Actualmente, este género de música bailable se ha convertido en uno de los de mayor influencia en el mundo y se toca con trompeta, guitarra, bajo y algunos instrumentos de percusión, como bongós, maracas, güiro y claves. No obstante, pueden existir diferencias en cuanto a la forma y expresión de las estrofas, así como en los pasos al danzarlo. Esa mezcla de ritmos españoles, africanos e indígenas, con diversas opciones de combinación, complementa en la justa medida, las tradiciones y la fuerza innata de los bailadores de la Isla.
Es por eso que cualquier barrio cubano puede atardecer a ritmo de son. Los vecinos disfrutan compartir espacios de arte popular, mientras otros eligen las fiestas para bailar esa danza sincopada que resume sensualidad y coqueteo. Tradicionalmente, se baila en pareja y a contratiempo de la clave. Además, incorpora los típicos paseos, saloneos o desplazamientos, así como figuras y giros ejecutados desde una posición abierta transitoria. Los pasos son enérgicos, como en el mambo, y el movimiento de cadera es más acentuado, y la pausa más marcada que en la salsa.
La Mayor de las Antillas es tierra de proposiciones y sorpresas. El calor y la alegría que distinguen a sus habitantes provienen de una constante disposición para divertirse y crear letras, melodías, coreografías… Por eso, en cualquier esquina, puede escuchar “la voz de aquel que pregonaba así: échale salsita, échale salsita, Ah, ah, ah, ah... En este cantar profundo, lo que dice mi segundo. No hay butifarra en el mundo como la que hace el congo. Échale salsita, échale salsita. Ah, ah, ah, ah, ah...”
En la Isla muchos despiden el día a ritmo de son, y quienes lo prefieran pueden aprender o repasar ese ritmo en todas sus variantes; porque en Cuba, al atardecer, hay invitaciones imposibles de rechazar.
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