
¿Es usted de los que prefiere escuchar música a todo volumen? Algunos, jóvenes y no tan jóvenes, se sienten más cómodos con auriculares; otros, optan por compartir sus canciones favoritas con las personas a su alrededor, “para alegrarlos un poco, y hasta distraerlos de sus problemas”, como afirmó, en una ocasión, un chico de 20 años aproximadamente, al conversar sobre el tema en una guagua.
Por el contrario, quizás es de las personas que la música a altos niveles le molesta, pero aun así convive en la sociedad, donde existe un alto grado de exposición a la contaminación acústica, le guste o no.
¿Sabía usted que en sus dinámicas cotidianas está expuesto a ruidos que sobrepasan los niveles considerados adecuados para la salud humana? Y no me refiero solo a la música, sino también al tráfico, los conductores que utilizan inadecuadamente los claxon, así como conductas que derivan en el desarrollo de un metal de voz con el que se grita, por solo citar algunos ejemplos. Una problemática que nos implica a todos, somos a la vez víctimas y generadores del ruido.
La inmensa mayoría de los estudios actuales consideran el ruido como una modalidad agresiva de contaminación ambiental, impacto sobre la salud que resulta una preocupación creciente.
Especialistas aseguran que estar rodeados de ruido excesivo puede provocar problemas de audición, y en los últimos años además de un aumento de los casos, la pérdida auditiva aparece también a edades más tempranas, manifestándose los trastornos típicos de personas de 60 años ya a los 40.
Asimismo, existen evidencias científicas que apuntan una relación directa entre la exposición frecuente al ruido, y un mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, datos de un estudio sobre “Ruido y Salud” presentado en España. A partir de altos niveles de ruido nuestro organismo activa respuestas hormonales nerviosas, con un aumento de la tensión arterial, la frecuencia cardíaca, cambios en el sistema endocrino y nervioso que afectan al sistema circulatorio.
Si el ruido no nos deja dormir, se alteran los ciclos y la profundidad del sueño, y por tanto nuestro descanso disminuye, lo que puede provocar fatiga, estado de ánimo depresivo. Además, el ruido mientras dormimos altera nuestro pulso, la respiración y aumenta el movimiento corporal.

La contaminación acústica en nuestro entorno también afecta la capacidad de atención, genera estrés, nerviosismo, puede provocar trastornos del aprendizaje, de la memoria y disminuye la motivación. Algunos estudios demuestran que los niños que viven en hogares ruidosos suelen presentar un menor desarrollo cognitivo, del lenguaje y peor comprensión lectora. Incluso, antes de nacer, un entorno ruidoso puede alterar la salud del feto, o del recién nacido, al provocar la pérdida auditiva o retraso en el crecimiento.
El ruido excesivo incrementa también la irritabilidad y la agresividad. Al relacionarnos con los demás, interfiere en la comunicación oral y dificulta la comprensión, por lo que se suele elevar el tono de voz y así, generar más ruido.
Cada uno de nosotros podemos cambiar algunos hábitos, para vivir en un entorno más silencioso y cuidar nuestra salud.
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