Blaise Pascal y el precio justo del alma

2018-06-20 18:56:32 / web@radiorebelde.icrt.cu / Laura Barrera Jerez

Blaise Pascal y el precio justo del alma

En uno de sus últimos intentos por no abandonar la investigación científica, Blaise Pascal redacta un tratado apologético general sobre la religión cristiana. De ahí surge el conocido material: Pensamientos (editado póstumamente, 1670), cuyo título entero es Pensamientos de Pascal sobre la religión y otros temas, hallado entre sus papeles después de su muerte.

En él, insiste sobre las distancias que cree que hay que tomar respecto de la filosofía del racionalismo de Descartes, para quien Dios, a su entender, sólo es un dios geométrico del que se podría prescindir; recurre al espíritu de finura que se guía por la intuición y el sentimiento, al que se refiere cuando habla de las «razones del corazón», distintas de las del entendimiento, y que opone y distingue del mero espíritu geométrico, que no es sino la razón matemática, que usa definiciones y demostraciones.

Todos los presupuestos de Pascal iban en función del hombre, de iluminar su camino, demostrando que la religión es venerable, aunque los hombres sientan miedo de ella. Según Huxley, y a diferencia de Nietzsche, Pascal no habría luchado en contra de sus dolencias, sino que las habría usado como indicios bienvenidos de que la vida terrenal carecía de valor.

El filósofo francés de Clermont decía asombrarse y espantarse por la negligencia de muchos de no pensar en el último fin de la vida, de ser indiferentes a la inmortalidad del alma. “Nada es tan importante para el hombre como su estado, nada tan temible para él como la eternidad”.



Para Friedrich Nietzsche, Pascal es «el lógico admirable del cristianismo», pero es posible hallar juicios que expresan tanto admiración como rechazo: Nietzsche veía en Pascal, como en Schopenhauer, algo así como un adversario digno.

Por su parte, Pascal sentía cierto desprecio por Descartes por el hecho de que este último prescindiera de la idea de la existencia de Dios. Además, Pascal reconoce los límites de la razón humana: el mundo propiamente natural, la vida moral, social y religiosa; incluso en el mundo de la naturaleza, el poder de la razón encuentra doble límite.

“Las cosas tienen diversas cualidades, y el alma diversas inclinaciones: porque nada de lo que se ofrece al alma es simple, y el alma jamás se ofrece simple para nada. El hombre no es sino un sujeto lleno de error, natural e indeleble, sin la gracia. Los sentidos engañan a la razón por falsas apariencias. Las pasiones del alma perturban los sentidos, produciéndoles impresiones falsas. El hombre no es, pues, sino un disfraz, mentira e hipocresía, tanto en sí mismo como respecto de los demás. No quiere que se le diga la verdad, evita el decirla a los demás; y todas estas disposiciones, tan apartadas de la justicia y de la razón, tienen una raíz natural en su corazón”, aseguraba Pascal.

Realmente, “no se puede saber todo lo que se puede saber acerca de todo, hay que saber un poco de todo”, y para entender la especie humana es imprescindible una mirada cada vez más aguda, que llegue más allá de los objetos bajos que nos circundan y esté al corriente con el momento histórico en que se plantea. Incluso cuando no fuese suficiente con la percepción visual, la imaginación (“el gran don de persuadir a los hombres”) debe suplir tales carencias.

Ya nos alertaba Pascal, “vuelto a sí mismo, considere el hombre lo que es él a costa de lo que es; considérese perdido en este cantón apartado de la naturaleza; y desde esta célula en la que se halla alojado, me refiero al universo, aprenda a estimar la tierra, los reinos, las ciudades y a sí mismo en su justo precio”.



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