Fotos: Alejandro Rojas
Qué bueno que me aclararon en la escuela de periodismo que la objetividad era casi un ideal, porque este texto no es objetivo, no puede serlo pues, una noche mediante, todavía la danza se repite una y otra vez en mi cabeza.
Carmina Burana, por Danza Contemporánea de Cuba (DCC) no es una superproducción cualquiera, es un espectáculo donde se imbrican los códigos de la Orquesta Sinfónica Nacional, en vivo, el Coro Nacional de Cuba, en vivo, audiovisuales y diseños de luces y vestuarios y la épica de las historias que cuentan los 24 poemas goliardos y la música de Carl Orff en las que fue inspirada.
Esta puesta en escena articula en una hora y quince minutos aproximadamente el alterado mundo medieval, constantemente extrapolando a la actualidad, pues los problemas de la humanidad nunca dejarán de ser los mismos: la sed de poder, la religión, la vida (desde una perspectiva filosófica), el erotismo (y qué erótica que estaba la obra).
George Céspedes, Primer Bailarín y coreógrafo de primer nivel de DCC tiene adaptado al público que lo sigue a sus coreografías convulsas, pasionales, donde los ritmos enaltecen a la audiencia que espera, y muchas veces no, al final para aplaudir. Esta vez, hubo una serie de guiños a los bares y las ciudades del medioevo porque son referentes directos de la cosmovisión del mundo actual: convulso y cosmopolita.
En Carmina Burana, hay solos, tríos, hay por momentos más de 20 bailarines en escena que saltan, caen, se sostienen, se sueltan, hay quien dice hasta vuelan acompasados con una música épica que enaltece a la audiencia, que la hace cómplice del gran virtuosismo de los bailarines de DCC.
La compañía de Miguel Iglesias, la madre de la Danza Contemporánea en Cuba, se creció; ellos siempre son precisos, fuertes, sus coreografías son significantes, sus bailarines son la elite, pero con Carmina Burana hubo algo más: era entrar en el majestuoso Gran Teatro de La Habana y retroceder en el tiempo o adelantarnos acorde a lo que ellos quisieran, era gozar de la extrema coordinación de la compañía o la precisión de sus solistas.
Aplausos, también, para la Orquesta Sinfónica Nacional, que no acompañó a DCC, sino que fue protagonista de la noche también, el sonido en vivo es tan rico, tan simbólico que por momentos erizaba, la precisión entre ellos y los bailarines era única, entre ellos y el Coro Nacional de Cuba, el Coro Nacional Infantil, y los solistas Ulises de Aquino, Milagros de los Ángeles y Harold López Roche era igual de precisa.
A veces, muchas personas pueden llegar a ser un tumulto, sin embargo, cuando trabajas con la maestría de DCC, nadie sobra, nada llega al demasiado. Carmina Burana no fue solo un espectáculo, o una súper producción, fue una escuela para la Danza Contemporánea en Cuba.
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