
Fotos: Yuris Nórido
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"-Señor. |
César se pone vestidos hermosos, de brillos, elegantes y bien llevados por él; se pinta los labios y sabe cómo lucir las pelucas: rojas y negras, largas, y otra encaracolada y cortica, cuando hace de maestra de una escuela cubana, de hoy.
Entonces en el público hay quien afirma asombrado:
-¡Sí, es un hombre!
Y camina, corre César Domínguez por el escenario del Teatro Trianón, haciendo de su personaje, el más aplaudido de todas las noches, de todas, con el que la gente lloró, recordó, afirmó contrariado, durante el Festival Internacional de Teatro de La Habana.
Disfruta la habilidad de caminar y correr en tacones altísimos, cantando y bailando y haciendo sincero su personaje en “Harry Potter, se acabó la magia”. Y cuando llegan los primeros aplausos, junto al canto afrocubano, César mira hacia el techo del Trianón y apunta fuerte hacia arriba como si entre él y algo más, superior, hubiera un pacto establecido.
César tiene el alma de decir los textos como si él los hubiera vivido. Probablemente por eso los asistentes a El Público se emocionaban cuando él los convencía afirmándoles que su madre vendía sus íntimas para comprarle las compotas, y todos le creyeron aquella ficción escrita por Agnieska Hernández y poetizada por Carlos Díaz.
El personaje que interpreta César empieza lleno de brillos en todo el cuerpo y termina con dos plátanos machos en una javita chillona, sin peluca, sin tacones, sin zapatos, envuelto solamente en algo blanco, convenciéndonos de que a la isla nadie la mató.

¡Es espectacular! Dicen afuera, cuando termina la obra.
Después, los asistentes a la sala recuerdan el último texto de César y se detienen en las paradas para llegar a sus casa, cogen lo que aparezca, y siguen debatiendo: de la emigración, del desaliento, del invento, de las cosas perdidas, de las grandes conquistas, del poder que tiene el teatro para decir, para llegar, para hacernos entender, para mostrarnos que la vida es dura, pero que entre actores se hace más blanda, posible, admirada.
Tal admiración está por el respeto del actor a sí mismo y hacia los que compran las entradas. Por eso César se acomoda el gorro blanco del traje blanco para que no se caiga y el personaje no pierda fuerza ni seriedad, y vela, con precaución, los pedazos de pelucas caídos una de las noches de la función en una parte del escenario para que nada le interrumpa el buen decir y ver.

Pocos actores emocionan como César. Es el muchacho que otros muchachos deberían tener como patrón, para el bien de la actuación en Cuba. Es quizá el amigo que luego cuenta los aprietos sufridos durante la hora y cuarenta minutos que dura “Harry Potter…”, y quien les habla de la mirada que nunca sonrió a los textos de cualquiera de las noches, y quizá le cuente al resto que aquella ropa le hizo alergia o los tacones, ampollas, pero que le encanta hacer de maestra de la escuela de magia: con más de treinta años de trabajo, vieja, arrugada, enamorada, queriendo ser ejemplo…
César me recuerda aquel monólogo “Ay mi amor”, cuando el actor de teatro El Público, Léster Martínez representaba a Adolfo Llauradó. Lo preciso porque la energía que requiere ese monólogo y los cambios dramáticos de esa obra quedan perfectos para el temperamento de César. Y porque además, es un actor con límites imprecisos para el espectador que siempre lo disfruta. Y porque él puede hacer cosas más grandes.
Ojalá un día pueda verlo actuar junto a Yordanka Ariosa y Yaikenis Rojas, los tres en una misma obra, juntos… Para ese entonces, cumpliré un deseo personal y estoy convencido que más de cien funciones tendrá que hacer Teatro El Público, y tal vez luego coloquen, como ha sido en otras ocasiones, una tarja de esa obra, en cualquier lugar de El Trianón.

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