Comer en solitario es un robo

2010.04.06 - 13:54:12 / web@radiorebelde.icrt.cu / Miralys Snchez Pupo

Jos Mart
La Habana
, Cuba.- Aunque de cuna humilde, José Martí alcanzó una cultura universal en la cual se incluía su apreciación y conocimiento profundo de los valores de la alta cocina. Era verdaderamente un conocedor de la materia y pese a su muy moderado comer, disfrutaba de las delicadezas de una mesa bien servida como lo demostró en sus años de vida en Estados Unidos.

En Nueva York, durante su largo exilio en Norteamérica, conocía en qué restaurante, y con precios económicos se podía degustarse una comida italiana, húngara o de cualquier otra nacionalidad. Pero a Martí no le complacía comer solo y prefería ir siempre acompañado de algún amigo, aunque muchos de sus invitados aseguraron que apenas si colocaba un bocado en su boca y aprovechaba todo el tiempo para conversar con los demás sobre sus principales ideas.

“Comer solo es un robo”, solía decir, expresando con ello que lo consideraba ''un placer robado al comensal ausente.'', quien no podría disfrutar del agradable intercambio con los demás, una oportunidad que era muy importante para el Maestro, quien también demostró esa curiosidad de su conducta ante los tabaqueros cubanos  radicados en Tampa y Cayo Hueso.

Con esta misma filosofía no solo invitaba a los amigos a comer en un modesto restaurante, sino por igual a tertulias en la casa donde residía, que incluían una taza de café criollo y la lectura de algún que otro verso de sobremesa. En aquellos momentos inolvidables se vivían propiciados en medio de la generosidad de Martí. Aquella personalidad fue capaz de animar y crear una atmósfera de gran camaradería y cordialidad, al mismo tiempo que se animaban las añoranzas de la lejana Cuba, colocada en el horizonte sur de Estados Unidos pero fundamentalmente en el corazón de todo patriota interesado por su futuro.

Por esas cualidades personales del Maestro, su gran amigo Nicolás de Azcárate lo denominó como un excelso y único “Galantuomo” en cierta etapa de su vida en la que compartió con él. En ese hombre de pequeña estatura y presencia física endeble, a primera vista revoloteaba ante todos para propiciar la existencia de una armonía tal, que su capacidad de amar a Cuba y un futuro distinto llegaba a todos desde el humo de una taza de café o en algún platillo colocado con toda intención en el ruedo del normal comer de los hombres que le interesaba influir con el brotar de su conversación.

Las anécdotas de los intercambios martianos ante otros comensales son muchas. Cada una de ellas muestra un momento preciso de su satisfacción humana, pues desde esos encuentros también se hermanaba con quienes llamaría después para unir filas en el intento de organizar la Guerra Necesaria que no admitía posposición. Ya era el momento de seguir las huellas de los mambises levantados en 1868, cuando él era un alumno de maestro Rafael María de Mendive en La Habana.



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