
La Habana, Cuba. – La noticia había estallado como la pólvora por ciudades y serranías. Lo que antes era un murmullo ahora se tornaba robusto clamor popular. ¡Batista se fue!, gritaba cada cubano aquella mañana del 1ro de Enero de 1959.
Pero el dulce sabor de la victoria aún guardaba reticencias amargas. La huida del tirano devino trampolín para el último performance de los norteamericanos. Como en una de esas viejas películas gastadas y sin gracia, latía la inminencia de un golpe de Estado en La Habana, protagonizado por el general Eulogio Cantillo.
Muy pronto resonó la arenga de guerra desde las ondas de Radio Rebelde. Con una fuerza telúrica estallaba la voz del Comandante en Jefe llamando a su pueblo: ¡A la huelga general. Revolución sí, golpe militar no! Bajo esta consigna también avanzaron las tropas revolucionarias hacia La Habana y Santiago de Cuba.
En las primeras horas de la noche, Fidel logró entrar a la Ciudad Heroica frente a la Columna I José Martí, y sin quitarse el polvo del camino, pronunció un discurso épico ante una multitud embriagada de revolución. Se consagraba así la victoria definitiva.
Tras tantos siglos de independencias ultrajadas, de calvarios y rebeldías contenidas, la Generación del Centenario traía la luz a la Patria Grande. Ya nadie podría jamás, poner un grillete de factura extranjera en los brazos de la Isla. Aquella era la apología de un esfuerzo centenario construido a retazos de epopeya. Amanecía finalmente el sueño de Fidel, un visionario de pujanza y estrella.
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