
La madre de Jorgito compra todos los lunes las cositas que necesita para la casa. Hace compritas en CUC que le duren la semana completa: un pomito de aceite de marca “Cocinera” de eso que cuestan uno noventa y cinco, dos o tres jaboncitos para bañarse de los de treinta y cinco o cuarenta quilos, y paqueticos de detergente marca Hogar, de los más baratos y pequeños para distribuirlos en la cocina y la lavadora.
Con lo que le sobra, los quilitos que casi siempre quedan, le pide a la dependiente que complete con caramelitos de a medio para su hijo Tomás, quien siempre le pregunta: ¿Mamá qué me trajiste?
La primera semana del cuarto grado de Tomasito, su papá y su mamá le dijeron que si salía bien en la escuela, si lograba entender y hacer bien las combinadas de matemáticas, y si escribía con menos faltas de ortografías, ellos le harían un regalo especial, el que él quisiera.
Cuando el niño estaba medio descarrilado en las asignaturas, venía la frase sentimental: “Recuerda la promesa que te hicimos”, y entonces él entraba en camino pero solo uno o dos días. Y así sucedía repetidas veces.
Tomás terminó el curso con MB en todas las asignaturas. Y el mismo día de la fiestecita de fin de curso, les recordó a los padres la promesa que ellos le habían hecho.
En aquellos momentos los muchachos del barrio jugaban trompo, bolas, y hacían como si ellos fueran los Power Rangers, algunos jugaban a los escondidos por la tarde noche: y sudaban y se ensuciaban y por eso provocaban los genios de las madres, casi siempre de las madres, porque los padres pocas veces pelean a los hijos.
Los padres de Tomás creían que él quería una pistolita de esas de plásticas que vendían en las ferreterías, de las mismas que tenían los amiguitos, y con las cuales volvían loco a los vecinos, con aquello de pa-pa-pa-pa, te maté.
Pero él pidió que le regalaran la foto que un día se hizo con los abuelos en una de las fiestas de cumpleaños.
- ¿Una foto?
Preguntó asombrado el padre.
- Sí, papi. ¿Cuesta mucho dinero tener una foto feliz de los abuelos?
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