
La Revolución Francesa inscribe documentos ejemplares en el patrimonio de la humanidad. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, del 26 de agosto de 1789, es uno de ellos. Aquel artículo primero parece cambiar la conciencia del mundo entero: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en sus derechos. Las distinciones sociales no pueden estar fundadas más que en la utilidad común”.
La ensayista, pedagoga y traductora cubana, Josefina Castro Alegret, calificó a aquel momento acontecido hace 230 años como un suceso inédito en las bitácoras del planeta, donde por vez primera se proclaman los derechos naturales e imprescriptibles de los ciudadanos.

La escritora, traductora y profesora universitaria cubana, Josefina Castro Alegret, denotó el derrumbe de la autoridad real francesa tras la captura en junio de 1791 de los monarcas Luis XVI y María Antonieta, prófugos en el poblado lorenés de Varennes-en-Argonne.
A raíz de la abortada fuga, presentada entonces como un presunto secuestro, el Rey se vio forzado a firmar la Constitución del tres de septiembre del propio año.
Aquella Carta Magna insertaba como preámbulo por iniciativa del Marqués de La Fayette, la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional francesa el 26 de agosto de 1789.

La célebre Declaración de hace 230 años, plasma las ideas fundamentales de los filósofos del siglo XVIII, y según el consenso de la historiografía, resulta un corte entre el reformismo de la Ilustración y la nueva Francia revolucionaria.
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