
En ocasiones cuando perdemos autoridad sobre nuestros hijos, o cuando ya no soportamos las indisciplinas recurrimos al tono de alerta: ¡Deja que llegue tu papá!
Por lo general, de manera inmediata, el pequeño cambia su comportamiento. Algo muy similar sucede también en las escuelas cuando los estudiantes se comportan de forma incorrecta, y la única solución de los maestros es advertir que le darán las quejas a los padres.
Pero esta acción de advertir a un autoridad mayor, es más común en nuestra vida diaria de lo que suponemos. Ante una situación sin posible solución, o un acto de rebeldía tendemos a quitarnos nuestra autoridad, cada vez que decretamos frases como estas.
De que es totalmente positiva la existencia de un superior, tanto en el hogar como en el trabajo, no tengo la menor duda. Sin embargo, a veces es un pretexto para escapar de nuestra responsabilidad y puede que perdamos la oportunidad de crecernos ante obstáculos.
Enfocarnos en el rol que nos toca vivir y hacerlo lo mejor posible muestra la autoridad, fundamentada en nuestra autofianza, según asumamos nuestra identidad.
No es necesario que el padre de un menor, que está dando una “perreta”, llegue para que el niño cambie. Ni mostrar la figura paterna como el monstruo de la familia, ni la madre debe ser la protagonista débil.
Se trata de cimentar en el niño la idea de que tanto su mamá, como papá y sus maestros, tienen autoridad sobre él y es un bien para su futuro. Nunca habrá que esperar a que llegue papá.
Web premiada con el Premio Internacional OX 2016