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El historiador del Monumento Nacional Demajagua, César Martín García, significó la resonancia histórica de aquella mañana cuando Carlos Manuel de Céspedes denominó ciudadanos, sin distinción alguna de clase, a los centenares de hombres que atentamente escuchaban su arenga fundadora de la Patria.
Martín García calificó al Manifiesto de documento muy bien escrito. “Pasó toda la noche pasándole la mano”, dijo, y citó al historiador Ramiro Guerra, quien registraba en sus libros que Céspedes parecía un león enjaulado, caminando de un lado para otro antes de salir a leerlo, porque sabía que lo estaban esperando.

El consagrado historiador del Monumento Nacional Demajagua, denotó dos momentos capitales en aquella memorable declaración: la prioridad de manifestarle al mundo las razones de cargar contra la España de brazo de hierro ensangrentado, y el sueño de hacer una nación grande y civilizada, para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos.
César Martín García recordó que, en algún momento, Céspedes reparó en los hombres esclavizados de la dotación del ingenio. “Es el instante crucial de aquel encuentro extraordinario—expresó. Están aguardando la decisión más importante”.

El historiador del Monumento Nacional Demajagua significó la presencia aquel 10 de octubre de 1868 en el ingenio de 16 integrantes del Comité Revolucionario de Manzanillo. “Todos, ese día del acto supremo –aseguró—demostrarán que no solo son amigos y masones, sino que sabrán certificar el hermoso tríptico de la libertad, la igualdad y la fraternidad”.

El reconocido investigador expuso nombres menos conocidos, pero igualmente protagonistas de aquel suceso fundacional: el del calesero Miguel García Pavón, que repicó la campana, y el del joven de 22 años, Emilio Tamayo, el abanderado de la jornada, todo el tiempo a la derecha de Céspedes.
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— Radio Rebelde - Cuba (@radiorebeldecu) October 9, 2019
Carlos Manuel de Céspedes había ido a vivir definitivamente al ingenio Demajagua el 8 de abril de 1868, a raíz del deceso de su esposa y prima suya por partida doble, María del Carmen de Céspedes y Loynaz del Castillo (Carmela), y de allí partió por última vez la madrugada del once de octubre de ese propio año rumbo a Yara, en el inicio de la gran epopeya de Cuba.
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