
No se olviden las palabras del Apóstol: El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento y en la dirección de los sentimientos. Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre”.
Elocuentes y más vigentes que nunca estas palabras del Líder de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz, tras los hechos del Moncada, que le condujeron –ante un grupo de magistrados--, a la realización de su autodefensa. En este sentido, en sus ideas relacionadas con la educación en el país –con uno de los más altos índices de analfabetismo en el continente--, esfera en la que tan sólo una minoría tenía acceso a la enseñanza ya fuese privada o pública.
Es por ello que resulta necesario que nuestra Historia se sepa y que los logros de hoy no nos hagan caer en el injusto olvido de las raíces de nuestra Historia y, en especial, en el desarrollo educacional experimentado durante más de medio siglo de Revolución. Igualmente, que nada ni nadie nos conduzca a subestimar u olvidar que los éxitos del presente son la consecuencia de una Cultura, que parte del genocidio de los conquistadores contra nuestras civilizaciones aborígenes, de la liberación de los esclavos (un Diez de Octubre de 1868), del inicio y desarrollo de nuestras guerras independentistas que trazaron el camino definitivo hacia la lucha de liberación nacional lidereada por Fidel.
Es por todo ello que habría que ahondar en los antecedentes del sistema cultural y, a su vez, educacional cubano que se reconoce a sí mismo como estructura inclusiva, dialogante, ajena a toda xenofobia, pero reacio ante cualquier elemento que, a la larga, resulte desintegrador. Resistencia debida a los complejos procesos interculturales que han tenido lugar en la Isla, producto de entrecruzamientos de razas, clases sociales y de procesos de transculturación asociados.
Un ejemplo de Educador
Con el arribo a Cuba de la corriente iluminista del Viejo Continente, irrumpe también la primera generación de nativos de nuestra tierra con miras reformistas —salvo el caso de Félix Varela—, pero a la vez atraídos por el progreso moral y material del país. Agrupaciones como la Sociedad Económica de Amigos del País, el Papel Periódico de La Habana y el Seminario de San Carlos resultaron testigos de su obra y pensamiento.
Los tres principales discípulos del presbítero José Agustín Caballero —“padre de los pobres, porque de su educación se ocupó en la Sociedad Patriótica y de nuestra filosofía, porque desde su cátedra la echó a andar por vías modernas”, como lo calificara nuestro José Martí—, como minoría pensante y sabia, serían Félix Varela, José Antonio Saco, y su sobrino, José de la Luz y Caballero.
De los tres, José de la Luz y Caballero, fue el más distinguido por Martí, al recibir su legado espiritual desde el tránsito a la adolescencia, en el colegio de Rafael María de Mendive, discípulo a su vez de Luz.
Ese “padre, silencioso fundador”, al decir del Apóstol, que dejó una huella evidentísima en sus contemporáneos fue, sin embargo, “negado a veces por sus propios hijos”.
Basado en un sustrato profundamente religioso, es que Luz se enerva como una personalidad intelectual, moral y pedagógica de absoluto estudio para la Generación del 68 —de la generación formadora del concepto Nación—, cuyas semillas espirituales, a través de su maestro Rafael María de Mendive, irrumpirían en la madurez de pensamiento del Héroe caído años después en Dos Ríos.
“…Todos nuestros conocimientos son derivados de la experiencia”, escribe Luz acerca de algo que derivará forzosamente en materialismo dialéctico. Un dualismo que, según el patriota y tribuno Manuel Sanguily (1848-1925), radica “entre la inteligencia soberana y el sentimiento excesivo” hasta integrarse en entrega total.
Esta última fue, sin lugar a dudas, la vertiente final de Luz, pero las circunstancias de su tiempo exigían otros modos más expresos de acción. Algo que el escritor Cintio Vitier calificó como “… acción indirecta, de sensibilización de las conciencias, de educación tácita para la gesta de la libertad, y ésa fue, de 1848 a 1862, su obra fundamental en El Salvador, tan bien entendida y calibrada por Martí”.
Luz comprendió asimismo que todos los problemas de Cuba convergían en uno solo, ético y social: la esclavitud; y que para contrarrestarlo existía un solo camino: la educación moral de la clase privilegiada, efectora de esa situación. Se trataba de la instauración de una enseñanza primaria y secundaria concebida como formadora humana de la minoría beneficiaria de la esclavitud, destinada a cobrar conciencia de su terrible responsabilidad individual y colectiva, y a configurar, contra la corriente podrida del régimen colonial, los destinos de la Patria.
En enero de 1892 —año en que funda el Partido Revolucionario Cubano—, escribió Martí: “Por dos hombres temblé y lloré al saber de su muerte, sin conocerlos, sin conocer un ápice de su vida: por don José de la Luz y Caballero, y por Lincoln”.
Luz, el maestro de El Salvador, murió en 1862, cuando Martí tenía tan sólo nueve años de edad. Tres años después ingresaría en el colegio que Mendive, con su “cariño de hijo” para Don Pepe, llamó San Pablo “porque la Luz había llamado al suyo El Salvador”.
Según el testimonio de Sanguily, una noche memorable —ya quebrantada la salud del ilustre Pensador— Luz significó:
“La introducción de negros en Cuba es nuestro verdadero pecado original, tanto más cuanto que pagarán justos por pecadores… Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres —reyes y emperadores-—, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de justicia, ese sol del mundo moral”.
Un Sol reivindicado por la Generación del Centenario y que continúa brindando luz radiante de enseñanzas a partir de su ejército de médicos y maestros en los cuatro puntos cardinales.