
El reloj marca las 12:40 del medio día, hora de salir de casa para, previendo la espera del ómnibus y el recorrido, llegar a tiempo al trabajo.
Luego de unos minutos de espera llega mi transporte. Subo, trato de acomodarme en algún rincón y así hacer el viaje lo más cómodo posible. Esa es mi rutina de viaje hacia el trabajo de lunes a sábado. Como es lógico en el transporte público viajan varias personas y por ende multiplicidad de caracteres, de identidades y de segmentos sociales.
Hay días en los que moverme de un lugar a otro se torna, y lo digo literalmente, un dolor de cabeza: la música del chofer, la “bocina que toca casi por ómnibus, y para completar, los diálogos atiborrados de malas palabras y frases que a veces resultan difíciles de entender.
En ocasiones siento, a parte de la perturbación, algo de pena, por así decirlo. El sentimiento se debe a que la gran mayoría de esas “conversaciones” se producen entre adolescentes y jóvenes, aunque no escapa la presencia de personas de lo que podríamos llamar “la segunda y tercera edad”.
De lunes a sábado, dos veces al día, escucho esos sintagmas, que muchas veces entiendo por asociación de palabras:
“Vamos pa´ el “Gariamo o el “gavete” para referirse a ir la casa. “Mira la loca esa” en referencia a una muchacha. “Ño el chico tienes las balas, no ves en el ladrillo que anda y la pinta que tiene” se traduce en parece que el chico tiene dinero, no ves el carro o la moto en la que anda y como se viste. “Y después vamos a burlear con él”… esta última les confieso que aún no se a que se refiere.

Pero estos diálogo se encuentran a diario y no creo sea un fenómeno de la capital, y si de la sociedad cubana actual. Aunque el español es un idioma muy rico, con sus características propias por región, algunas frases que se han introducido en nuestra jerga cultural, dejan mucho que desear.
Ante esta situación me surgen varias interrogantes ¿Asumimos conscientemente la importancia del buen uso de nuestra lengua? ¿Dónde radica la justa medida entre lo establecido y la innovación más transgresora? ¿A qué obedecen los disparates y la vulgaridad en no pocas frases? ¿Qué está ocurriendo en la familia, la escuela, los medios y la cultura?
Tenemos que tener presentes que lo que decimos y el cómo lo decimos refleja la vida que llevamos. Un lenguaje pobre y mediocre suele ser reflejo de una vida con iguales características.
Recordemos además, que nuestro lenguaje del día a día nos define como personas, indica nuestras actitudes. El lenguaje que usamos es un espejo de nuestra visión y nuestra identidad.
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