El legado martiano

2013.01.14 - 13:01:50 / web@radiorebelde.icrt.cu / Astrid Barnet Rodrguez

Jos Mart, Hroe Nacional de Cuba.
Por su legado literario y político-social revolucionario, en el que se incluyen sus concepciones anticolonialista, antiimperialista, antirracista y latinoamericanista, José Martí es considerado como uno de los pensadores americanos más eminentes del siglo XIX. Legado que lo convoca a peregrinar por gran parte del Continente, para no sólo trasladar consigo la preocupación de los problemas de Cuba y la Metrópoli española, sino también los relacionados con el destino confuso e incierto que las manifestaciones imperialistas de los Estados Unidos de América amenazaban imponer a las jóvenes repúblicas hispanoamericanas.

Manifestaciones como las de la aplicación de los principios de la Doctrina Monroe --declarada en diciembre de 1823--, a partir de la cual Estados Unidos quedaba autorizado “(…) para apropiarse de Tejas, California, Oregón, Cuba, Puerto Rico y Panamá, territorios complementarios de la gran república continental de Norteamérica”.

Esta política expansiva, fue visualizada en su tiempo por Simón Bolívar. Al respecto recordemos aquel pensamiento lapidario de El Libertador cuando, comunicación enviada a Patrick Campbell, encargado de negocios de Inglaterra en Bogotá --redactada en Guayaquil, el cinco de agosto de 1826--, expresa: "Los Estados Unidos (…) parecen destinados por la Providencia para plagar a la América de miserias a nombre de la Libertad”. Pensamiento que destaca la visión antiimperialista de Bolívar, que "(…) se mantiene no nada más en contra de los viejos imperios –enfermos imperios como el español o el imperio portugués-, es la lucha por la libertad de un pueblo y por la libertad de los pueblos”.

De la misma manera que Bolívar, nuestro José Martí analiza el proceso histórico en que vivió, mediados y finales del siglo XIX, período durante el cual se produjeron un conjunto de procesos en el plano de las transformaciones del capitalismo, que lo llevarían a lo que sería bautizado, ya en el siglo XX, como Imperialismo.

Recordemos que para los años 1889-1891, Estados Unidos demostraría a través de sus representantes en la Conferencia Internacional Americana, en la Conferencia Panamericana y en la Comisión Monetaria Internacional Americana, sus ansias rapaces, de expansión y dominio absoluto del Continente. A partir de ellas es que quedan al descubierto (públicamente) sus intenciones, al pretender imponer por la fuerza una unidad monetaria común --de plata--, para ser utilizada en las transacciones comerciales entre todos los ciudadanos de los estados hispanos de América.

En respuesta a tal posición, Martí, como delegado por el Uruguay, señaló en informe presentado el 30 de marzo de 1891, los pormenores de tales proposiciones e igualmente --con gran claridad y premonición--, señaló en la Revista Ilustrada de Nueva York, en mayo de 1891, lo siguiente:

“Quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad. El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno. El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político. (…) Cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él. Cuando un pueblo fuerte quiere dar batalla a otro, compele a la alianza y al servicio a los que necesitan de él. Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo de los demás pueblos”.

Asimismo, en el pensamiento del Héroe Nacional cubano, llama la atención la concepción de libertad, patriotismo, autoctonía, dignidad, ética y moral, entre otras, que poseía y practicó a lo largo de todo su accionar y con la cual mantuvo siempre una visión revolucionaria, militante y comprometida con los sectores populares. Dichas ideas, están recogidas en su legado literario, por ejemplo, La Edad de Oro, obra en la cual resalta, en uno de sus pasajes, titulado Tres Héroes que la "libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía (…) Pero cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres (…)” Estos hombres (Bolívar, San Martín, Hidalgo) para José Martí “(…) son sagrados, y a quienes se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas”.

A todo ello habría que agregar que toda la fructífera vida de El Maestro caracterizada también por su necesidad expresiva, su necesidad de comunicar a otros “lo que llevaba con amor en sí”. Por eso tuvo desde muy joven el acicate del periodista que en él se formaba, como si sintiera que por ese manantial, que era su prosa, andaba más directamente la justeza de su pensamiento. Numerosas fueron las publicaciones periódicas que conocieron su pluma. Sus raíces se centran en una hoja manuscrita (“El Siboney”) que circulaba entre los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, en 1869; “El Diablo Cojuelo”, periódico editado por él y su amigo Fermín Valdés Domínguez, cuyo primero y único número apareció el 19 de enero de 1869; “La Patria Libre” con un único número.

La tarea de dirección o fundación de periódicos y revistas lo acompañaron en su peregrinar por el mundo. Así lo vemos dirigiendo la Revista Universal de México (1875); la Revista Guatemalteca; la Revista Venezolana (1881); mientras que en New York funda y dirige “La América” (1881) y “La Edad de Oro” (1889), dedicada esta última a los niños latinoamericanos.

El periódico “Patria”, fundado el 14 de marzo de 1892, fue su mayor creación, como órgano de difusión de ideas libertarias del pueblo cubano, y ejerce una influencia determinante en la conciencia de éste, al lograr aglutinar y organizar las fuerzas del pueblo emigrado y servir de cohesión con las que estaban en Cuba.

Así, lo mejor de la prosa e ideario martiano quedó en las páginas de sus periódicos, aquellos que siempre estuvieron “con el caballo enjaezado, la fusta en la mano y la espuela en el talón”. Aquellos que, guiados por él, derramaron ante los ojos ávidos de los hombres su prosa sobria y elegante, sus extraordinarias dotes de organizador y su capacidad de avizorar el futuro de las “dolorosas repúblicas” de Nuestra América:

“El periodismo ha de ser un culto, que lo sea la virtud. No debe hacerse de la pluma arma de satírico, sino espada de caballero”.



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