
Por muchísimas razones llevo un montón de años tratando de averiguar por qué en esta Isla la figura de Pérez Prado no es tenida en cuenta, al extraordinario nivel que él se supo ganar.
La controversia con el mambo parece que será eterna y no me explico por qué. Ya se han escrito muchos trabajos exponiendo que lo que hizo Orestes López, no su hermano Cachao, fue una cosa y lo que logró en México el matancero Pérez Prado fue otra. El primero desarrolló a través de un danzón una suerte de darle mayor posibilidad a los bailadores con sus filigranas y el otro se unió al jazz para conseguir una novedad rítmica.
López aportó algo importante a la cultura nacional, Pérez Prado conquistó al mundo. Es, junto a Ernesto Lecuona, el músico cubano más reconocido internacionalmente, pero supera a Lecuona en que aún mantiene un nivel de actualidad.
He indagado en muchos sitios el por qué del casi ninguneo a Pérez Prado en su patria y el único elemento que he encontrado es el feroz ataque que en su momento Eliseo Grenet le hizo por el extremo acercamiento del cubano a una música extranjera.
Está bien, pero lo que logró el matancero no lo ha alcanzado nadie. Lecuona fue grande y su música es reverenciada, pero los alcances del mambo aún se sostienen y la influencia de este ritmo se siente de manera cotidiana.
Acabo de descubrir que al rollo de la paternidad del mambo también se le une Arsenio Rodríguez. En los años 40 el también matancero fue un constante innovador, un perenne aportador de elementos para enriquecer nuestra música popular, pero hasta hoy ignoraba que el de Güira de Macurijes considerara al mambo entre sus cosas.
Hoy sé que el primero que compuso lo llamó "Soy kangá", cantado por Fernando Collazo y el primer mambo que se grabó en disco fue "¡So caballo!", colaborando con él en todo esto, el trompetista Rubén Calzado.
En 1939 desaparecen los septetos y todo el mundo usaba trompetas y piano. Entonces él comenzó a trabajar esta música en 1935 y ya en 1936 lograba sus frutos. Los dos conjuntos que tocaban el mambo fueron el Septeto Boston, que dirigía él mismo y la Orquesta Habana, de Estanislao Serbia.
Por el 1938, cuando Arsenio llegaba a todas partes con la pesadilla del mambo, lo llamaban loco y decían que había echado a perder la música cubana, como después le pasó a Pérez Prado. Él, indudablemente, organizó un nuevo sistema de hacer música, pensando que el septeto con la trompeta, la guitarra y el tres no tenían la armonía necesaria y le agregó un piano y tres trompetas.
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