"El teatro ha sido mi salvación" (+Fotos)

2018-06-13 17:30:44 / web@radiorebelde.icrt.cu / Yoel Almaguer de Armas

El teatro ha sido mi salvación

Él es casi siempre Ella en los personajes que hace en el teatro. Lo he buscado, lo sigo. Siento por Ella o por Él, qué importa ahora el género, unas emociones tremendas, y un poco de piel erizada.

Falconerys Escobar actúa sus personajes con una energía sublime, elegante, haciendo suyas vidas raras, diferentes, inapropiadas quizá; esas existencias incomprendida a veces por él mismo, y que son del antojo creativo de quien las vivió y quien tiene el hábito de escribir.

Falconerys es de esos actores que uno quiere ver otra vez, incluso cuando el guion de la obra no sea bueno, a lo que tantas veces él le huye, le busca soluciones, le presenta opciones en los ensayos al director de la obra sin que él se dé cuenta. “Pero me has cambiado el personaje”, le han dicho. “Pero me gusta más”, le responden agradecidos los escritores de historias.

Lo conocí un sábado, haciendo un personaje femenino. Creí que Él era una mujer pero sabía que en aquella caracterización había algo de hombre, de sexo masculino. Pensé en Ismercy Salomón, una actriz cargada de sensaciones, con una voz para teatro abierto, como si ella misma fuera la dueña de todas las voces existentes. Ismercy era la otra parte de Falconerys o viceversa, pensé. Luego supe que eran excelentes amigos, de los que se acuerdan de los cumpleaños, aunque medie la distancia y un poco de mar.

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Falco empezó a trabajar en el teatro sabiendo que era un medio poco remunerado. “Pero quería también aprender, y era el lugar donde más práctica tendría para probarme.”

El servicio social lo hizo en Teatro de la Villa, en el municipio habanero de Guanabacoa. En ese grupo, para niños, aprendió cómo construir un títere, cómo moverse en la escena y hasta cómo narrar un cuento, quizá poco practicado en las escuelas de arte donde estuvo.

Después trabajó en Océano, un grupo radicado en el poblado de Guanabo donde por el día hacía una función para niños; y en la noches otra, para adultos.
“Luego vine para grupos de La Habana. Pasé postgrados en el Instituto Superior de Arte, (ISA) con profesores como Freddy Artiles, Mayra Navarro, Ariel Bousa, Rubén Darío Salazar, Armando Morales, y también asistí a diplomados de teatro para niños y de títeres, que me dieron una visión del teatro de figuras”.

Ya no hace teatro de muñecos, pero durante aquel tiempo aprendió cómo darles vida a esos personajes, a llorar, reírse y disfrutar la vida del títere.

“Los siete contra Tebas”, del dramaturgo Antón Arrufat, fue el estreno de Falconerys en el teatro para adultos. Dice que llegó de casualidad a aquella función realizada en el Mella el año 2008.

“La asistente de dirección, Irene Borges, me confirmó que harían casting y fui, lo hice y lo pasé. El director me dijo que yo tenían buena energía y que haría un guerrero de Tebas, de los siete que cuidan las puertas principales. Al otro día había una lectura con los actores, mi personaje tenía un solo bocadillo, pero era muy lindo”.

Pero luego el director quería verlo haciendo de los jefes de los guerreros, y otro día, durante una lectura dramatizada, le pidió que leyera uno de los personajes espía. “Y me dijo: ‘Yo quiero que me hagas la Casandra', que era la divina, la que hacía las premoniciones, el oráculo de la ciudad, la que cuenta lo que va a pasar”.

Fue un trabajo que el público acogió muy bien, y que abrió una puerta, una posibilidad de trabajo para este actor que a partir de entonces tendría lo que otros llamaría encasillamiento y que él lo niega porque cada uno de los personajes, femeninos o de hombres marginales que ha hecho, son diferentes y a cada cual le ha encontrado su esencia.

El teatro ha sido mi salvación

“Algunos directores me pidieron que me dejara el pelo crecer, y lo tuve muy largo. Quizá era porque yo tenía una imagen muy andrógena, y entonces esa rareza me ha permito hacer estos personajes. Yo los disfruto mucho porque nunca me he propuesto interpretar una mujer. Siempre que los he construido parto desde mi postura como actor, como hombre, teniendo como premisa cómo ese hombre se enfrenta a esa situación de mujer”.

“Cuando me enfrento a un texto trato de entender qué hay de fondo, qué está pasando en realidad. Los actores debemos correr riesgos porque si no los corres no estás trabajando, y a veces trabajamos mucho en la hojarasca, en la arquitectura y no profundizamos por qué ese personaje está en tal situación, qué lo llevó allí, y qué lo está moviendo, y son cosas que descubro desde el mismo texto”.

“Yo no soy un actor que lleva algo preconcebido a la escena porque me gusta disfrutar de la relación que se establece con los otros actores. Ellos llegan con lo suyo y te modifican o te enriquecen el personaje en dependencia de lo que ocurre en el ensayo o la misma función. Me fascina mirarle a los ojos a un actor”.

El público que asiste al teatro sabe que este es una ilusión. Saben los espectadores que hay un escenario con luces, y asisten a las funciones porque quieren pasar un rato agradable, o no, en dependencia de la obra y de los actores que la interpretan.

“Cuando tú logras tocar el corazón de un solo espectador y mirarle a los ojos y sentir que él está conectado contigo, entonces valió la pena. Uno hace teatro para personas que no necesitan de ti para vivir, pero es muy saludable si logras establecer un vínculo con ellos a través de tu verdad”.

“Es muy bonito el momento de los aplausos, aunque alguien no aplauda; y es muy triste cuando ya terminas, cuando te quitas el maquillaje, cuelgas el vestuario, sales y la sala está vacía: ese momento es la soledad”.

El actor viaja por instantes. Está rodeado de un público al que se presenta armado con un personaje, y que pasado un rato no encuentra a nadie, no hay nada porque todo se acabó. “Por eso en el teatro tienes que darlo todo”.

“No todos los días son iguales, pero en ese no ser igual tienes que hacerlo todo como si fuera la última vez. Siempre trato de ensayar como si mañana no existiera: y me va la vida en eso, aunque sea en una sola escena”.

El teatro ha sido mi salvación

Falconerys es un actor con un conflicto que mueve su vida personal. “Yo no entiendo que la vida en algún momento se acaba. Eso me cuesta mucho entenderlo. Y el teatro me da la posibilidad de vivir muchas vidas en la mía. Y quizá eso es lo que me ha tenido mucho haciéndolo”.

Estaba en séptimo grado cuando unas amistades lo embullaron para asistir a una convocatoria de un grupo que buscaba actores. Era la trasformación del persona lo que más le llamaba la atención, y la posibilidad de estos de ser hoy uno y mañana otro. Jugaba al teatro, hasta que lo invitaron a ver “Las Panas saben nadar”, un texto de Abelardo Estorino, interpretado por Adria Santana.

“Cuando vi a aquella mujer, aquel monólogo, recuerdo que fue el momento cuando me dije: ¨Esto es lo que yo quiero hacer¨. No sabía que aquello era una profesión, pero yo quería hacer lo que ella estaba haciendo, quería crear un personaje como el de Adria, pasar por tantas emociones en textos diferentes, con aquella carga y con aquella verdad”.

“Hoy debo agradecerle mucho a mi primer maestro de teatro, Reynaldo Rodríguez, que era un instructor. Lo primero que me hizo leer fue un reglamento de unas medidas disciplinarias. Un día me dijo: “Detrás de un actor primero hay una persona con sus verdades y sentimientos, y hasta que tú no encuentres la verdad que te mueve, no vas a hacer mejor actor”.

¿Y cómo encontraste tu verdad?

“Empecé a desmontar mis propios miedos, porque ellos no me ayudaban a reconocerme a mí mismo. Esos miedos en muchas ocasiones te llevan a tener criterios de ti que pueden ser errados y a ponerte máscaras ante las personas para que te acepten”.

“Cuando empiezas a derrumbar esas paredes que uno mismo se inventa, descubrimos otro ser humano que es uno realmente. Quizá esa es mi verdad, o quizá yo todavía no la he encontrado totalmente pero trato de buscarla en el día a día”.

“Desde entonces empezaron a despertarse una serie de cuestiones en mí que mis compañeros agradecían. El trabajo tuvo otra connotación; empecé a investigar, y a aprender de todas las maneras posibles. Trataba de ver de todo: lo bueno, lo malo, lo regular; y aprendí mucho de los grandes actores de este país”.

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“Mi entrada al grupo Pequeño Teatro de La Habana lo hice con la obra: El de la mancha no va al paraíso. Lo hice porque faltaba un actor y alguien le había hablado de mí a José Milián. Fuí, y me confirmó que me había visto anteriormente”.

“Yo era el más alto del elenco y pensé que para esa obra me tocaría El Quijote, por el tamaño. Con Milián tienes que pasar por todos los personajes, y como para aquellas funciones yo tenía el pelo largo, al final terminé haciendo la Dulcinea”.

“Me ha pasado mucho que los directores me llaman para hacer personajes femeninos, teniendo incluso actrices que pueden hacerlo. En principio me llegan por accidente. Claro, a veces entro en contradicción conmigo mismo porque me digo, bueno, ¿otra vez lo mismo?”

Pero cuando empiezo a hacerlo descubro que no tiene nada que ver con lo que venía haciendo. Quizá los directores vean algo en mí para estos personajes que yo mismo no veo, pero como no prefiero un personaje por encima de otro y valoro hasta el más pequeño que he hecho, siempre trato de hacerlo como si fuera la primera vez, con la misma ingenuidad, empezando de cero, que tanto me gusta.

El teatro ha sido mi salvación

“Sí, me han llegado textos malos, con los cuales el director no ha podido comunicarse con el público. A veces él está tan enamorado de lo escrito que no se da cuenta, y en esos casos, lo mejor es ayudarlo de la manera más inteligente, y sin ofender su trabajo. Con otros directores, a veces el grupo que hace la obra hemos tenido que replantear muchos detalles, y con la actuación hacerle entender eso que tiene la obra y que él no ha visto”.

“Yo pienso que cuando hay un mal guion y una mala obra, también existe casi el 70 por ciento de que el trabajo sea malo. Defiendo mucho el buen texto porque estos tienen las situaciones muy bien delineadas, los personajes bien estructurados, y uno llega a los objetivos del mismo con sinceridad y verdad”.

Pienso que el actor tiene que hacer el texto piel, tiene que sonar como si sonara todos los días. Cuando logras eso, es porque el guion está bien estructurado”.

El teatro ha sido mi salvación

“¿Que si tengo miedos al teatro?”, todos los días de mi vida, eso no lo puedo evitar. Ese miedo uno lo disfruta. Yo no sé si es miedo a hacer el ridículo. Yo sé que el momento más negro de la vida es cuando estás esperando para salir a escena. Hay actores que dicen que les ha dado infartos silenciosos. Te puedo decir que todo me tiembla. Siempre tengo miedo salir a escena, incluso en el ensayo”.

“El teatro me ha dado la posibilidad de ser feliz, y si no hago teatro estaría matando parte de mi vida, y eso no me lo puedo permitir. Y sí, también ha venido a llenar muchas cosas que desde la infancia han sido carencias. Lo digo abiertamente porque es parte de mi vida”.

“Soy hijo de un matrimonio de padres divorciados desde muy chiquito, y esas carestías de ver a mi papá o de tenerlo cerca, el teatro va sacándolas, y llega un momento en el que tú no sabes si lo que estás viviendo es parte de una obra o si la obra que haces es parte de tu vida”.

“El teatro ha sido mi salvación. Una vez estuve a punto de dejarlo todo, aposté por esto que hago y no me arrepiento. Me he enamorado en el teatro, me he casado, he hecho familias e hijos en el teatro. También he tenido mis muertos y mis espíritus, y una familia que la integran cada personaje que he hecho”.



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