
Aunque la situación del transporte urbano comienza a retornar a los niveles anteriores a la situación que vivimos en septiembre último, no deja de ser azaroso y complejo trasladarnos por esta vía.
Ya sea para ir al trabajo o regresar, o simplemente para cualquier gestión individual, visita o paseo, la población que diariamente debe utilizar el transporte público, ya sea en esta capital o en otras ciudades del país, sabe la complejidad de poder coger una guagua, mucho más si lo tiene que hacer en los llamados horarios pico.
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Pero más allá de los problemas objetivos, hay que insistir mucho en las deficiencias subjetivas que afectan ese servicio, las cuales abarcan desde las indisciplinas técnicas de sus conductores en la vía, hasta las de los propios pasajeros, comenta el periodista Francisco Rodríguez Cruz.
El chofer que no para en el lugar establecido, la guagua que no cumple con la frecuencia y como consecuencia se unen en los recorridos unas con otras, la molesta música alta o cuando se conduce inadecuadamente el carro, el menudo que no llega a la alcancía porque las personas no pagan o porque el chofer desvía parte de ese dinero, todas estas son molestias o daños que sufrimos la población y también nuestra economía, y que de algún modo podríamos al menos intentar reducir con mayor exigencia y colaboración ciudadana.
El problema del irrespeto a las paradas, por ejemplo, es uno de esos en que valdría la pena insistir. Hay determinados lugares donde no obstante a existir la señalización adecuada del lugar donde supuestamente debe parar el ómnibus, esto puede ocurrir a lo largo de dos o tres cuadras, antes o después, de ese punto concreto.
Parecería una invitación al entrenamiento, cortesía de algunos choferes que nos quisieran ver en buena forma física. Porque siempre nos queda la duda, al ver detenerse el ómnibus una o dos cuadras antes de la parada, de que si no corremos hasta donde está la guagua, es muy probable que no vuelva a detenerse en el lugar donde tendría que hacerlo.

Es cierto que en ocasiones lo hacen para facilitar el descenso, y luego la subida del público en la parada. Pero hay que estar en una de esas paradas para darse cuenta de cuánta irritación y sobresalto provoca este tipo de indisciplina, eso sin contar con las personas mayores o con niños pequeños que no pueden someterse a esos trotes.
Durante el periodo que enfrentamos las mayores dificultades con el combustible, inspectores y policías garantizaban con mayor seguridad que cada ómnibus se detuviera en la parada correspondiente, y contribuían con la disciplina de pago y para cerrar las puertas.
Pero con la relativa normalización del servicio, ya comienza a regresar también las malas prácticas de estas paradas de amplio rango, a veces a lo largo de distancias imposibles de salvar, las cuales nos obligan casi a adivinar en dónde se detendrá el ómnibus, como si fuéramos videntes en lugar de pasajeros.
En fin, que mientras los recursos y ómnibus sean escasos, y la situación tan compleja, hay que extremar las medidas que contribuyan a la solidaridad y el control, para que ese viaje de quienes dependemos del transporte urbano, sea lo menos azaroso posible, y las paradas no sean tan imprecisas, móviles, aleatorias, sino donde tienen que ser.
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