
"Errar es de humanos, perdonar es divino, rectificar es de sabios", así dice una frase del poeta inglés Alexander Pope, o más bien el giro de este a una emblemática frase de Shakespeare.
Yo concuerdo en parte con esta frase pero creo que si errar es de humanos, reconocerlos y rectificarlos también lo es.
La frase original es Errare humanum est y es una expresión en latín que significa literalmente: "Errar es humano". Y se considera que es intrínseco a la naturaleza humana por lo que hay que aceptarlos, y aprender de ellos para evitar que se repitan.
Esta frase nos ilustra sobre la importancia del error en el proceso de aprendizaje, ya que los errores ponen a prueba a los individuos, corrigen sus creencias, reorganizan y consolidan sus aprendizajes.
Si hay algo que ha caracterizado al hombre sobre la tierra, es lo errático de su accionar.
Intentos fallidos para encontrar soluciones a los problemas, a veces se convierte en una fórmula de “ensayo y error”. Hacer las cosas desacertadamente adquiere disimiles sinónimos que van desde, desaciertos, equivocaciones, caminos truncos o como diríamos en buen cubano “meter la pata".
Errar implica muchas veces "no saber"; y si no sabemos no podemos predecir el resultado, pero si nos arriesgamos en nuestro accionar, entendemos que errar muchas veces es parte inseparable del decidir.
Sin embargo, con cada desacierto, nos queda un sabor amargo de haber hecho mal las cosas.
Pensarnos sin errores, ni equívocos, sería como despojarnos de algo que nos hace humanos; ya sea al elegir un trabajo, la acción atinada, la oportunidad adecuada, el amigo correcto, la inversión apropiada, la pareja ideal.
Como mencionaba al inicio si errar es de humanos, rectificar también. Lo que no debe ser sobre la mirada de la justificación, sino como una oportunidad para aprender e incorporar la conciencia y la humildad de reconocer que, tanto nosotros como los otros, podemos equivocar el rumbo.

De lo que se trata es de entender que es imposible escapar del error, es como una espiral de aprendizajes interminables, y por consiguiente, de errores que lo generen. El desafío es no repetir interminablemente los mismos. Tropezar y saber que no será la última caída, pero si volvemos a caer, que sea en otro lugar. Entendiendo que la única manera de avanzar, es tener la osadía de cambiar la dirección cuando vamos por una equivocada.
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