Para quienes crecimos con la Revolución, la figura de comandante en jefe Fidel Castro, fue más querida y cercana a medida que pasaban los años.
Hasta el 25 de noviembre pasado cuando ocurrió su desaparición física, cada vez que llegaba el 13 de agosto, muchos lamentaban no estar cerca de él para felicitarlo por su cumpleaños.
Movilizador de multitudes, hizo que se cumplieran cabalmente los llamados que hacía a su gente, por difíciles que parecieran, en aras de mejorar al país y la calidad de vida del pueblo; fue brújula y guía por los caminos más difíciles de andar. Sobresalió, además, por sus acciones a favor de la humanidad.

La Revolución que lideró desde el primero de enero de 1959 con sólo 33 años de edad nos hizo mejores; la creó para beneficio de todos, en un país que ocupa hasta la actualidad un lugar cimero en el sector educacional, la salud y el desarrollo humano.
Sencillo, humano, inspirador de utopías que se hacen realidad, no hubo momento difícil que no fuera el primero; su presencia a la vez que confortaba devenía acontecimiento; para Fidel no existía lo imposible; esclarecía a todos sobre los temas más complejos por lo que los explicaba de la forma más sencilla.

Dificultades económicas, agresiones biológicas, fenómenos naturales, y desafíos de cualquier tipo fueron enfrentados y vencidos gracias a su inteligencia y audacia. Gigante de mil batallas, de las que siempre salió victorioso.

Su fe en el hombre como especie resultaba ilimitada, pero sobre todo en los jóvenes y los niños porque sabía con certeza que el futuro recaería a la vuelta de los años sobre sus hombros.
A los que tuvimos el privilegio de vivir en su tiempo nos dejó como legado más preciado su ejemplo, las enseñanzas y reflexiones de gran estadista, las cuales también conocerán las nuevas generaciones.
Lo cierto es que tenerlo fue un acontecimiento único, y aunque haya partido físicamente, Fidel siempre estará entre nosotros.


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