
"Los hombres mueren, los pueblos son inmortales. Las ideas de un hombre pueden desaparecer con él, lo que jamás puede ocurrir es que las ideas encarnadas en el alma y en el corazón de un pueblo puedan morir”.
Así expresaba el Líder Histórico de la Revolución cubana Fidel Castro en febrero del 2001 y hoy, cuando ya no se encuentra físicamente entre nosotros, sus palabras cobran singular vigencia y extraordinario legado para las actuales y venideras generaciones de cubanos.
Lo verdaderamente importante no es irse, ni quedarse, sino permanecer, dijo en cierta ocasión el poeta argentino Juan Gelman y así suele suceder con aquellos líderes o amigos de los pueblos que aunque no estén ya, su pensamiento y su obra perduran por siempre como una llama sempiterna en cada hombre y mujer de esta tierra que los llora, sí, pero a la vez los honran luchando por hacer realidad sus sueños y utopías.
Este domingo mi Habana, la que celebró cumpleaños hace pocos días, estaba triste y desolada. Sus calles extrañaban el andar apresurado de los transeúntes, los pocos que me encontré en el camino, tenían lánguida la mirada y los rostros compungidos.

Desde la noche del 25 de noviembre, somos diferentes, estamos diferentes, porque aunque la muerte es algo que diariamente pasa, resulta difícil aceptar que nuestro Fidel, haya partido para un viaje sin retorno.
Por eso, nos resistimos a creer que ya no esté el hombre que venció mil batallas desafió a los demonios tantas veces, y burló a la muerte cada vez que venía con múltiples disfraces.
En este triste momento recordemos lo que dijo Martí: "No es que los hombres hagan pueblos, sino que los pueblos en su hora de génesis suelen ponerse vibrantes y triunfantes, en un hombre."
Por eso hoy, ante la ausencia de nuestro líder histórico, todos somos Fidel. Su pensamiento, sus ideas, sus virtudes y su ejemplo nos acompañarán por siempre.
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