
Aquel martes quedaría para siempre grabado en la historia universal. En la Ciudad de las luces, el 14 de julio de 1789, ideas y fuerzas reprimidas encausarían sus impulsos.
Antes, cincuenta puestos de control, a la entrada de París, habían sido incendiados. La muchedumbre exigía la rebaja del precio del trigo y del pan. El alzamiento de los campesinos y la redención de la Bastilla supuso, simbólicamente, el fin del despotismo de la aristocracia francesa.
Ya las ideas de los ilustrados habían preparado el camino. El papel de la razón, unida a las leyes sencillas y naturales, influía considerablemente en la transformación y mejoría de todos los aspectos de la vida humana. Su antropocentrismo, su racionalismo, el pragmatismo y el universalismo se acuñaron con fuerza en los revolucionarios franceses, principalmente en la alta burguesía ilustrada y en los sectores de la nobleza crítica.
La formación de la Asamblea Nacional (El Símbolo, nuevo Dios abstracto llamado Dios Supremo) y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano consolidaban el fin del absolutismo y de los privilegios de la nobleza. Con la creación de la milicia popular de 48.000 hombres, la llamada Guardia Nacional, esta asume una insignia con los colores rojo y azul (que representaban a la ciudad de París), después se unió el blanco y se convirtieron en el emblema de la Revolución.

Los medios de comunicación protagonizaron un constante esfuerzo de teorización a partir de las contradicciones, la lucha ideológica debía consolidarse para extender la conciencia de cambio. Los escritos filosóficos, la Enciclopedia y los documentos de divulgación científica fueron menos banalizados que la prensa impresa, aunque tanto los panfletos como las gacetas y hasta la prensa oficial se proyectaban en detrimento del antiguo régimen. Con los albores de la Revolución se instauró el modelo de prensa liberal, a través del cual se proclamaba al mercado como único regulador de los flujos de comunicación.
Cambiaría la historia del mundo. El mes de julio aumentaría su listado de fechas gloriosas. Los nuevos bríos de la cultura reflejaban las contradicciones. Aquella revolución sería un hito de la semiótica, de la comunicación, del arte, de los hombres.
Símbolos de libertad, de fraternidad y de igualdad, inundaban Francia. En los ciudadanos se exacerbaba la necesidad de agrupamiento, de diálogo, de discusión. De esta manera creció rápidamente la cantidad de centros de lectura (entre ellos los cafés) donde se podía tener acceso a la prensa extranjera y a los monitores que leían los artículos (lo que atenuaba las consecuencias del alto índice de analfabetismo y las dificultades de reproducción de los documentos).
Una amplia capa de la burguesía menor leía hojas volantes y publicaciones legales o no. La inmensa mayoría de la gente se nutría de la vulgarización extrema de estos contenidos mediante las lecturas públicas, los cancioneros, los almanaques ilustrados, las historietas satíricas…
La comunicación visual jugó un papel de marcada significación, la Revolución transformó el universo simbólico. Ejemplo de ello fue el cambio del calendario republicano por el calendario gregoriano (y se efectuó su reorganización: se convirtió el año 1792 en año 1, como una declaración de independencia del pasado), las escarapelas tricolores, el gorro frigio como signo de libertad… Se cambiaron los nombres de varias calles y plazas, se transformaron los vestuarios y el lenguaje de identificación social (mayor tendencia a hablar de ciudadanos). La Marsellesa (Himno Nacional desde 1795) devino como símbolo vocal y auditivo, mientras que el significado de los colores de la bandera francesa encerraba dos versiones: que el azul representaba al Estado Noble, el blanco al clero y el rojo al pueblo llano; y que el azul y el rojo provenían de la bandera de París, mientras el blanco reflejaba que Luis XVI pertenecía a la casa de los Borbones.
En las fiestas populares resultó estrangulado el dragón del feudalismo, se exhibían símbolos de diferentes clubes, distintivos tricolores, pancartas, el pueblo desfilaba con espadas y cadenas rotas y se encargaba de la destrucción de la imagen religiosa de la Iglesia como representante del antiguo régimen.
Sin embargo, todo este seísmo social es identificado principalmente con la Bastilla que fungió como un personaje más de la Revolución Francesa. Incluso, después de su demolición un empresario privado utilizó aquellas piedras para esculpir la fortaleza en miniatura. La Bastilla se transformó en objeto de culto.
Sin dudas, el espíritu rebelde estaba impregnado más allá de las armas, más allá de los hombres: la Revolución Francesa se forjó al calor de innumerables símbolos que la identificarán por siempre.
Mientras, cada año, el mes de julio se viste de gala, para recordar el hecho insólito, el acontecimiento sorprendente, los momentos inmensos… En este mundo que aún sufre desigualdad y maltrato, la semilla de las revoluciones busca tierra fértil y símbolos que se conviertan en faros.
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