
La maja desnuda
Francisco de Goya padecía de debilidad en los pies y en las manos, después de se quedó irremediablemente sordo: la soledad y el aislamiento llegarían a su vida. En abril de 1794 todavía se le considera convaleciente. Precisamente en este dramático período (1793-1794) pinta El incendio, donde el valor de la pincelada, la calidad de la superficie pictórica y la veracidad emotiva anticipan características de sus obras posteriores.
Quizás por ello su pintura se vuelva más expresiva y personal, como por ejemplo, en una serie de pequeños cuadros de gabinete sobre temas taurinos, robos, naufragios, incendios y escenas de bandidos y locos, y más adelante en escenas de graves enfermedades, muertes y violaciones.
“Los Caprichos”, una gran serie de aguafuertes satíricos, se publica en febrero de 1799 como una perfecta amalgama de temas y técnicas cultos (ilustrados) y populares.
En 1800, por encargo del rey, comienza a pintar a toda la familia real. De aquella petición saldría: “Familia de Carlos IV”, un cuadro de gran complejidad compositiva en el que las figuras están como situadas en un friso, en alineación horizontal, aunque la línea es ondulada como en las composiciones barrocas. En esta obra, los juegos de luz y sombra enaltecen la pintura, los leves destellos en las joyas, en las condecoraciones y en las ricas vestiduras, además de que la riqueza cromática de la tela se basa en amarillos y oros sostenidos por azules y rojos. El pintor no había dejado atrás su espíritu crítico, ya manifestado con excelencia en sus “Caprichos”: aunque supuestamente no tenían ninguna intención satírica, presenta a la familia real con un realismo implacable, obviando cualquier vestigio de idealización con respecto a sus figuras humanas.
En 1798 es decisivo en el desempeño artístico de Goya. Además de confeccionar admirables retratos, decora el fresco de la ermita de San Antonio de la Florida mezclando en su obra la grandiosidad barroca, y vuelve a ciertos efectos de gracia Rococó y un expresionismo con deformaciones y simplificaciones inauditas.
Sus pinceladas, con mínimos contrastes de tono, logran estructurar rostros, cuerpos, gestos perfectamente definidos. Aún muchos se asombran al admirar cómo Goya hace compatibles, en una misma pintura, “los desgarros con las más sutiles y refinadas bellezas”.

Se supone que en el período 1800-1805 pinta “La maja vestida” (como un encargo de Godoy) y “La maja desnuda”. Esta última obra, por ejemplo, gracias a su factura tersa y pulida, puede relacionarse con las tendencias neoclásicas. No obstante, se destaca la delicadeza de la ejecución y la perfecta representación nacarada de la piel. Además, se manifiestan en ellas colores suaves y claros, y la belleza femenina a través de una modelo que de manera refinada puede mostrar la sensualidad de su cuerpo, tanto vestida como desnuda.
Por estos años confecciona “Alegoría de la villa de Madrid”, obra con un matiz más marcado del gusto Rococó y que expresa cómo influyeron los cambios políticos en la pintura de Goya. Un óvalo a la derecha del cuadro, finalmente fue ocupado con el letrero “Dos de mayo”, recuerda el día de vital significación para la historia española y resume las acciones y actitudes de varios monarcas (representados en las versiones anteriores del cuadro) con respecto al hecho. La figura femenina vestida de blanco, con manto púrpura y corona de oro se apoya en el escudo de armas de la villa de Madrid y a sus pies tiene un perro como símbolo de fidelidad.

“Los fusilamientos del 3 de mayo”
A partir de 1810 empieza a grabar una larga serie de estampas, los llamados “Desastres de la guerra”. En ellas, al igual que en “El dos de mayo” y “Los fusilamientos del 3 de mayo”, se destaca el papel del pueblo y Goya demuestra su solidaridad con él.
Graba dos series originales de aguafuertes: “Tauromaquia”, que la publica en 1816, y los enigmáticos “Disparates”, que no terminó nunca. “Pinturas negras”, con temas de tiempo y muerte, destino y maldad humana, son el resultado de otros problemas de salud que sufrió Goya, unido a la inspiración que le provocaba su casa de campo conocida como la Quinta del Sordo.
Toda esta prolífera y diversa obra de Goya no se restringe a ningún estilo específico, aunque tenga pinturas donde predominen tendencias como el Rococó y el Neoclasicismo. Su figura se proyectó al fututo: se adelantó al romanticismo (exaltando el nacionalismo y los sentimientos colectivos, como se puede apreciar en “El dos de mayo” y “Los fusilamientos del 3 de mayo”, al realismo (como se manifiesta en “La Familia de Carlos IV”), al expresionismo (ejemplo de ello son las pinturas negras, donde se observan rostros deformados). Así como la proyección al Surrealismo, en los “Disparates” donde da rienda suelta a su subconsciente.
Murió en Francia el 16 de abril de 1828, cerca de las dos de la madrugada, después de una breve estancia en París y tras un recorrido por Madrid. En 1899 sus restos mortales fueron sepultados definitivamente en la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, cien años después de que Goya pintara los frescos de esa iglesia.

Tumba de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid
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