Jos Mart y el telfono teatral

2019-02-06 09:48:45 / web@radiorebelde.icrt.cu / Luca Sanz Araujo

Telfono teatral

Él no deja de sorprendernos. Siempre que hurgamos en su vasta obra periodística hallamos aristas escasamente divulgadas, un ejemplo de cual son sus trabajos de divulgación científico-tecnológica.

Por ejemplo, quienes deseen conocer acerca del desarrollo histórico de la telefonía deberán consultar, sin dilación, las Obras Completas de José Martí.

Tal vez no exista un periodista iberoamericano que haya seguido, escrito y polemizado tanto, con tal lujo de detalles y por supuesto de conocimientos, sobre este tema.

Telfono teatralSus fundamentados comentarios, artículos o noticias breves (también conocidos como gacetillas) así lo atestiguan.

Entre uno de los aspectos abordados por el Apóstol hallamos el referido al Théâtrophone (el teléfono del teatro) españolizado con el vocablo teatrófono, que el rebautizó muy acertadamente como teléfono teatral.

Este consistía en un sistema de distribución telefónica que permitía a los suscriptores, en Europa y América, escuchar las funciones de ópera y teatro a través de las líneas telefónicas. Fue una invención del ingeniero francés Clement Ader quien la presentó, por vez primera, en el año 1881, en París, durante la Exposición Universal, a la cual se refirió Martí en La Edad de Oro.

Era pues toda una novedad tecnológica y acerca de ella escribió el Apóstol en La Opinión Nacional, de Caracas en dos oportunidades.

En la primera de ellas, fechada el 19 de enero de 1882, contaría:

“—Los italianos se han aficionado extraordinariamente al teléfono teatral. Roma, Turín, Milán, Florencia, Nápoles, se disputan el honor de poseer el primer espectáculo telefónico. En Alemania comienza a suceder lo mismo. El emperador de Austria no quiere ser menos que el presidente de la República Francesa y ha destinado un salón de su palacio para las audiciones, no de la ópera, sino de la capilla imperial.”


Mientras en la segunda oportunidad, días después, exactamente el 1 de febrero, narraría de manera muy vívida lo siguiente:

“— Invitábase hasta ahora a tomar té, a gustar sobre buenos manjares perfumados vinos, a oír recitar versos, a oír a artistas, a partidas de caza, a almuerzos de campo, a bailes, Ahora ya se invita en París a oír óperas y comedias, sentados, no en estrecha silla de encajonado palco, ni en cómoda luneta, sino en mullidos confidentes y suaves otomanas, tendidas bajo espesas colgaduras en un salón del barrio de San Germán.


Ya está siendo uso en las casas a la moda comunicarse por teléfono con los teatros principales, de modo que, sin salir de su palacio, y en comunión sabrosa con sus contertulios, pueden los privilegiados de la fortuna oír cantar el Mefistófeles de Boito, las comedietas de sala del ingenioso Pailleron, los chistes molierescos de Sardou, los coros animadores de la ópera cómica. Se aplica el oído al tubo, y no se pierde palabra. Mas parece que, en vez de satisfacer, desagrada esa manera violenta e imperfecta de oír obras dramáticas, que tienen su mayor encanto en el gesto rápido, la mirada, la apostura, la apariencia plástica. Y es también el nuevo modo de oír dramas muy desfavorables a los autores, porque no deslumbrados los sentidos con el aparato escénico, la destreza del actor, el reflejo de la sala, la belleza de la actriz, queda libre la mente, que con frialdad implacable repele todo lo que tiene de innatural, forzado o artificial la obra oída. De las piezas cantadas, al menos, se goza casi íntegramente: el teléfono transmite todos los jugueteos, todos los caprichos, todos los matices de la voz. El presidente de la República oye todas las noches la ópera desde su sillón. (…)”.


Telfono teatralAl revisar grabados de la época nos percatamos de la fidelidad de las imágenes martianas, escritas de una manera cinematográfica, un elemento presente en sus gacetillas.

Algo más sobre el teléfono teatral: Desde el punto de vista técnico, su inventor, es decir Ader, situó frente al escenario 80 transmisores telefónicos, de esta manera creó una forma de sonido estereofónico binaural u holofónico, o sea, sonidos diseñados para generar sensación de tridimensionalidad en el cerebro, haciendo creer a los escuchadores estar inmersos en el propio ambiente del recinto teatral.

Los transmisores enviaban la señal a una estación secundaria instalada en el propio teatro. Desde allí, se remitía a un gran concentrador parecido a una central telefónica.

El cliente o suscriptor recibía en su vivienda la señal musical a través de un equipo parecido a un teléfono, pero carente de micrófono y con dos auriculares estéreo.

Por supuesto, era imprescindible hacer un pago mensual, mucho más barata que una entrada al teatro.



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