Juan Pablo II: Crónica de un viaje a Cuba

2012.03.13 - 21:06:27 / web@radiorebelde.icrt.cu

Juan Pablo II y Fidel

Próximamente, Cuba recibirá al Papa Benedicto XVI, cuya visita es continuidad de la realizada hace ya 14 años por su antecesor, Juan Pablo II, la primera de un Sumo Pontífice a esta tierra.

En la memoria de los cubanos permanece aquel pronunciamiento de Juan Pablo II en la ceremonia de despedida efectuada en el aeropuerto internacional José Martí, cuando se refirió a “las medidas restrictivas impuestas desde fuera del país”, que calificó de “injustas y éticamente inaceptables”, en un claro rechazo al injusto bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos.

Fue aquel “un encuentro deseado desde hacía mucho tiempo”, como expresó el Sumo Pontífice tras su regreso a Roma, quien resaltó que: “Desde mi llegada, de hecho, fui rodeado de una gran manifestación de pueblo, que ha maravillado incluso a tantos que, como yo, conocemos el entusiasmo de los latinoamericanos”.

Se trataba de la visita número 81 del Santo Padre fuera de Italia y la decimotercera a América Latina en casi 20 años de pontificado.

Los enemigos quisieron politizar este acontecimiento y asociar el viaje pastoral a la mezquina esperanza de la destrucción del socialismo en Cuba. Por el contrario, el encuentro que sostuvo el Papa durante cinco días con el pueblo cubano —entre el 21 y el 25 de enero de 1998— se convirtió, como valoró el Presidente Fidel Castro Ruz, en “un hecho histórico y una proeza más de la Revolución”.

Y fue así por la disciplina, la organización, la acogida cálida y respetuosa de los cubanos al visitante, que hicieron posible el cumplimiento exitoso de su intensa agenda de actividades, tal como estaba prevista, sin el más mínimo contratiempo.

Esta incluyó cuatro misas: en Santa Clara, Camagüey, Santiago de Cuba —donde coronó a la Virgen de la Caridad del Cobre— y La Habana, celebradas en plazas colmadas por decenas de miles de personas; una visita de cortesía al Jefe de Estado cubano en el Palacio de la Revolución, en la que Fidel y el Papa dialogaron en privado; la reunión con más de 300 intelectuales, artistas y educadores en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde Su Santidad rindió homenaje al padre Félix Varela; y el encuentro con el llamado mundo del dolor, en el Santuario Nacional de San Lázaro, en la localidad habanera El Rincón.

Se sumaron el encuentro ecuménico, en la Sede de la Nunciatura Apostólica de la capital cubana, con representantes del Consejo de Iglesias de Cuba y diversas confesiones cristianas, además de exponentes de la comunidad hebrea; el intercambio en la sede del Arzobispado con miembros de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba; y su participación en una celebración litúrgica en la Catedral de La Habana.

El país al que la propaganda del adversario había querido mostrar como salvaje y tenebroso, abrió las puertas a la delegación de la Santa Sede y a más de 2 mil periodistas extranjeros que escudriñaron a fondo la realidad nacional, y de esta experiencia la imagen de Cuba salió fortalecida.

En una comparecencia televisiva efectuada el 2 de febrero, el Jefe de la Revolución cubana se refirió a una reacción común reflejada en infinidad de cables que reportaron la visita: asombro, al comprobar que el Santo Padre había sido recibido por un pueblo instruido, educado, hospitalario, libre, civilizado, sin prejuicios, convencido de sus ideas.

Lo acogimos con las consideraciones que merecía su doble condición de Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano y de máxima autoridad de una iglesia universal.

En esas jornadas los cubanos dieron una muestra de respeto no solo a los creyentes católicos de Cuba, América Latina y el mundo, sino a todas las iglesias y creencias; demostraron que en una sociedad que escogió transitar por el rumbo socialista puede existir respeto entre creyentes y no creyentes; que la Revolución no interfiere en el pensamiento de los ciudadanos sino que los atrae hacia el empeño de construir un país donde impere la justicia social.

“He vivido unas densas y emotivas jornadas con el Pueblo de Dios que peregrina en las bellas tierras de Cuba, lo cual ha dejado en mí una profunda huella. (…) Les estoy agradecido por su cordial hospitalidad, expresión genuina del alma cubana”, expresó el Papa en su despedida.

Y los cubanos no asumimos estas palabras como un gesto de cortesía protocolar hacia los anfitriones, sino como el sentimiento sincero de un hombre excepcional que había estado en contacto con una nación igualmente excepcional.

De ello hubo numerosas evidencias a lo largo de la visita. Basta rememorar la misa en la Plaza de la Revolución, en la que el Sumo Pontífice, evidentemente emocionado, rompió el protocolo para aplaudir el magistral desempeño del coro, a la orquesta sinfónica y al pueblo; y su imprevista petición a Fidel, presente en la ceremonia, de que cuando terminara esta, fuera a su encuentro porque deseaba saludarlo para darle las gracias.

Amistad recíproca entre Juan Pablo II y el pueblo cubano fue el titular utilizado entonces por nuestro periódico para resumir ese vínculo que resultó del contacto de creyentes y no creyentes con Su Santidad. Lo ratificó él mismo en sus primeras palabras a la multitud reunida en la Plaza: “Cuba, amiga, el Papa está contigo”.

Hasta la lluvia que acompañó al visitante en sus últimas horas de permanencia en Cuba lo inspiró para considerarla “como un signo bueno de un nuevo aliento en nuestra historia”.

Tan positivos resultados, logrados por el pueblo, constituyen un sólido antecedente para el recibimiento, el próximo 26 de marzo, del Papa Benedicto XVI.

Será una nueva ocasión para acogerlo con unidad, afecto y respeto; una muestra de las excelentes relaciones que existen entre el Estado cubano y la Santa Sede, mantenidas ininterrumpidamente por más de siete décadas; la evidencia de que las relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado en Cuba experimentan una evolución muy positiva, son constructivas y ganan en confianza mutua, y la demostración al mundo de la plena libertad religiosa que existe en la nación cubana.


(Trabajadores)



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