La FMC en el Realengo 18

2018-08-21 11:12:44 / web@radiorebelde.icrt.cu / Heydi Gonzlez Cabrera

La FMC en el Realengo 18

Yo no fui a conocerte. Mi objetivo esperaba en el Segundo Frente Oriental. Pensaba en ello cuando surgiste en el camino abruptamente, impulsada por la loma que descendías. Nieves, mi compañera de viaje, gritó:

-¡Julia!

-¡Ey! –fue tu respuesta

Y te acercaste al carro. Despacio, como si importara poco tu tiempo o el nuestro.

Te observé inconscientemente. La piel, espléndidamente negra, brillaba en tus mejillas; sobre ellas, los ojos rasgados, de mirada cauta.

Vestías con gracia pantalón y jacket cerrado hasta el cuello, donde se unía a un inseparable pañuelo que no permite saber si ocultas canas o trenzas de aquellas que lleva tu raza casi ya por hábito.

Volví los ojos al frente, donde estaba el interés de mi viaje, y te olvidé.

Habías quedado atrás cuando Nieves Alemany, funcionara de la Federación de Mujeres Cubanas, empezó a nombrarte.

Por sus labios supe mucho de lo que intuía en toda campesina de lugares intrincados, antes del triunfo de la Revolución: miseria, explotación, hambre, y enfermedades; pero en ti había más, entrega total a la Revolución y a la FMC, hasta seleccionarte como secretaria general de la FMC en el Realengo 18; también destacó la humildad que revestían tus actos y el ejemplo que ofrecía tu labor incansable captando mujeres de bohío en bohío, y convenciendo a los guajiros para que aceptaran el ingreso de su mujer en la organización. Fueron tantas cosas las que conocí, que al final del viaje había tomado una decisión: buscarte. Buscarte, Julia, por tu tierra inmensa.

Había que subir muy alto para dar contigo, y adentrarse en los montes que impiden llegar los rayos del sol, o hasta quizás, cruzarnos sin vernos en el camino, porque eso es algo que, precisamente, sorprende en tu persona: el andar constante, sin aparente cansancio, entre lomeríos que te conocen tanto que apena un poco no puedan hablar de ti.

Llegar de noche al Realengo 18 brinda su emoción. Dos veces baje del carro a mitad del camino, para mirar al cielo. ¡Tan impresionante es la proximidad de las estrellas en esta altura! Mientras, el fotógrafo Arias, olvida la cámara y busca en vano una satélite entre la miríada.

La FMC en el Realengo 18

Cuando entramos en Jarahueca, pequeño pueblecito que corona una loma, el frio obliga a olvidar el cielo y una vez fuera del jeep, apretar el paso en busca de abrigo. Al poco rato, ya éramos atendidos por militantes de la región, Y comenzó la indagación sobre Julia.

-Llegará tarde. Pero ella no deja de venir. –garantizaron.

Les recordé que te había visto en Alto Songo, y a pie. La distancia en carro era más de una hora por carretera.

-Julia atraviesa las lomas en poco tiempo –y agregó al mirar mi expresión- ¡para ella es muy normal!

En eso, te vimos llegar con tu paso lento y las manos en los bolsillos del jacket, protegiéndote del frío.

Después de los saludos, reanudamos el camino por las callejuelas del pueblo, rumbo a la casita de la FMC.

Todo el tiempo es indispensable para saber, pienso, animándome a preguntar: -Julia, ¿viniste a pie desde donde yo te vi?

-Sí. Usted me vio en la carretera que va a Mayarí Arriba. Tenía que visitar un bloque que no me ha enviado los informes del Censo. Hay que estar al tanto, si no, nos rezagamos.

-¿No te cansas? – pregunto, y ella alza los hombros y sonríe:

-A veces sí. Entonces me quedo en casa de alguna federada. Casi todas las mujeres ya entraron en la organización.

Más tarde, ya en el bohío donde dormiríamos, seguimos conversando mientras el humillo negro del candil se elevaba a las yaguas. Tu voz pausada se interrumpía a veces con simpáticos resoplidos que parecen cortar una risa.

-Además del Censo, -hablaba con entusiasmo- tengo que visitar a los campesinos aislados. Hay que llamarlos para la caña.

-¿Y por qué no vas a caballo?

Tu mirada risueña delató un matiz burlón:

-Periodista, los caballos no pueden bajar peñascos, ni subir laderas de lomas cuando son muy verticales. Hasta los mulos se resisten y me atrasan. Yo tengo mi “maña”, Subo y bajo muy ligera sin la “carga” de los animales ¡Claro que cansa!, pero después “refresco” en casa de algún campesino.

-Y si te coge la noche?

-Pues duermo –ríe-. Aquí todos me conocen. Esa es mi vida. Donde sienta hambre, como. Donde me sorprenda la noche, duermo. El trabajo no debe “romperse” por esas boberías.

-¿Y la familia no protesta? –pregunto.

-Mis hijos son grandes: todos saben que cumplo con mi deber.

Así, conversando tú, descubriéndote yo, estuvimos un buen rato hasta que el sueño llegó.

De repente, el silencio cubrió tu cama. Dormías. El viento soplaba entre las paredes de tablas entrando por las hendijas. Dudé un instante si levantarme de mi hamaca, para soplar el candil. No hizo falta… el mismo viento ayudó.

El canto de un gallo me despertó sobresaltada. Tú ya estabas dando vueltas por el bohío que se llenaba de un agradable olor a leña quemada.

Mantuve los ojos cerrados unos minutos y repasé las experiencias del día anterior, los últimos diálogos guardados tan solo en mi memoria, y finalmente, el sueño que venció por sobre los temores que inspira el silencio profundo de una noche en el monte.

Al poco rato, continué mi entrevista sentadas frente al fogón en cuyas brazas se asaban plátanos cubiertos de cenizas.

Recosté mi taburete a un horcón y entonces sí tomé notas, aunque bajo tu mirada inquieta. ¡Poco no me costó hilvanar la historia! Tu inmensa modestia fue casi una barrera, y los jirones que en distintos momentos te pude arrancar, los plasmo aquí con la advertencia de que no refleja la grandeza de tu imagen completa.

-Nací en Guantánamo, pero mis padres vinieron para Mayarí Arriba. Aquí me hice mujer y parí a mis seis hijos, que ya se casaron. Lo demás no importa… quiero decir… de esa época.

Tu rostro se cubrió de una expresión satisfecha, ibas a hablar de la “otra época, de la que revives cada día con tu bregar constante aunque ya el montuno se haya trocado en miliciano y las distancias las acortara el nexo indestructible de la Revolución.

-En cuando empezó la guerra, los campesinos de etas tierras comenzaron a ayudar. Y las mujeres también. Era poco lo que hacíamos, pero era el inicio.

Visitamos a los montunos que nos facilitaban comida y medicinas. Era un transitar constante en medio de la noche desde Mayarí Arriba hasta Sagua de Tànamo, con el peligro de ser sorprendidas por los casquitos*. ¿Comprendes periodista por qué son un “paseo” mis caminatas de ahora?

Reímos las dos. Tú de la comparación; yo de tu salida inesperada, impregnada de esa mezcla de ingenuidad y picardía, típica de nuestros campesinos.

Hicimos silencio para tomar café, carretero y del Realengo; no hay otro igual. Finalmente, pregunté si no era complicada tu responsabilidad. Te estiraste inquieta en el taburete, acomodaste el pañuelo inseparable y con expresión orgullosa, satisfecha ¡qué sé yo cuánto dijeron tus ojos!, enumeraste:

-Bueno, diga usted: A llegar aquí, habían 7 Delegaciones y 70 federadas. La única dificultad para aumentar el número de mujeres estaba en las distancias a recorrer para ingresarlas, porque la disposición sí era general... Hoy, hay creadas 101 Delegaciones; Bloques, que no había, 32; se organizaron 5 Distritos, y en total, tenemos 4, 886 federadas.

En aquel paraje histórico e inmenso, dejé a Julia Romero aquel día. Todavía el jeep corría por la carretera polvorienta que se abría paso en el lomerío, y yo no dejaba de escribir notas que no quería olvidar. No bastaba la grabadora para reflejar el esfuerzo de una mujer que ayudó a organizar la Federación de Mujeres Cubanas en el Realengo 18.

Pensé que nunca más la vería, pero, fue inmensa mi alegría, cuando dos años después la encontré en la capital cubana, cuando en el Congreso de la FMC fue condecorada por nuestro Comandante en Jefe, Fidel, con la Orden Ana Betancourt, otorgada a mujeres por méritos excepcionales.

Cuando pude tener un aparte con ella, tras el abrazo, solo le pregunté.

-¿Qué sentiste cuando Fidel prendió la medalla en el pecho?

Movió la cabeza lentamente, y dijo con voz casi imperceptible:

--Sentí algo grande… como tristeza.

-¿Tristeza?- pregunté desconcertada.

-Sí. Recordé a tanta gente del Segundo Frente que ha luchado más que yo. Miraba a Fidel y me preguntaba por qué me había escogido…

-Pero Julia, traté de convencerla- organizaste un ejército de federadas en el Realengo 18, eres allí Presidenta de la FMC; tu lucha ha sido ejemplar…

No me dejó continuar, volvió a abrazarme. y se alejó repitiendo en voz baja:

-¡ Na!, no hice tanto para una medalla…

Comprendí que nadie la convencería la de su valor inmenso, porque para esta extraordinaria mujer, el sacrificio es algo completamente natural.



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