La plaga de la impuntualidad

2018-06-10 12:09:51 / web@radiorebelde.icrt.cu / Lainerys Carbonell Gonzlez

La plaga de la impuntualidad

Hace unos días llegué tarde a una reunión. Era un encuentro importante. Alrededor de 10 personas esperaban por los morosos para comenzar, y yo, que no acostumbro a llegar tarde, deseé en ese momento que “la tierra se abriera y me tragara”.

¿Cómo disculparme? Pensé en comentar sobre las dificultades con el transporte, la alarma que no sonó, el horario pico y la gran cantidad de personas en la calle. Pero, ¿para qué? Creo que ninguna excusa, por cierta que sea, sería capaz de compensarles el tiempo perdido.

Cuando adolescente me encontraba en una casa de visita y escuché cuando una persona mayor, que vivía hace algún tiempo fuera de Cuba, le preguntó a otra:
- ¿A qué hora nos vemos? A lo que el segundo interlocutor responde que a las 9 de la mañana. El señor mayor se queda pensando y dice: “a las 9 de la hora del cubano”.

Luego me quedé pensando en qué significaba esa frase, y unos días después decidí preguntar por “la hora del cubano”. Me dijeron que era una forma para referirse a llegar tarde a algún lugar.

Y para que entendiera mejor me ejemplificaron: “¿No te has dado cuenta que cuando hay alguna reunión, una salida u otra actividad planificada y se acuerda la hora, muchas veces se marca el encuentro, por lo menos media hora antes? Si es a las 9 dicen que es a las 8: 30, y es porque los cubanos llegamos tarde a todos los lugares”.

Lo cierto es que la impuntualidad caracteriza la vida cotidiana de muchas personas, realidad que abarca trámites burocráticos, gestiones personales, encuentros, salidas y hasta la dinámica laboral.

La plaga de la impuntualidad

Lo más triste es que muchas veces la gente llega tarde porque sí, porque se ha vuelto normal, y porque con esa llegada tarde no pasa nada. En ese sentido las justificaciones caen como hojas de los árboles, expresiones que incluso ciertas, no son motivos suficientes para incumplir con el horario pactado, simplificando, además, la importancia del tiempo ajeno.

El resultado es que al final la impuntualidad afecta el desarrollo de determinado evento: algunos abandonan el lugar, otros lo consideran una falta de respeto.

Salas de espera llenas o reuniones que no comienzan porque no están todas las personas citadas, son algunos ejemplos que ilustran que la puntualidad no es una prioridad para muchos.

La impuntualidad injustificada y reiterativa también predispone a las personas, quienes para la próxima deciden llegar tarde, para así no tener que esperar, porque, piensan: “al final, siempre empiezan retrasados”. De esta forma se crea una cadena de llegadas tardes, que se vuelve interminable.

Pero, felizmente, aún queda esperanza en ese sentido. Con el paso de los años he aprendido que no todos somos impuntuales, ni jugamos con el tiempo ajeno, o con las prioridades y planes de otros, sin que ello perturbe mínimamente nuestra cotidianidad.



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