
Fotograma de La Bella del Alhambra
La historia del Teatro Alhambra ha sido contada por fragmentos, y acompañada por una agravante contradicción entre quienes aplauden y reverencian el género alhambresco y quienes como Rine Leal (importante investigador del teatro cubano) lo califican como una banalidad y ligero entretenimiento.
El teatro bufo, surgido en la segunda década del siglo XIX, había sido una forma peculiar de la comedia. Entre sus características resalta la sátira constante que puede ser obscena en determinado momento. Esta forma teatral se cubanizó al incorporar elementos propios de los barracones de esclavos y de los barrios marginales. El dramaturgo y crítico cubano Norge Espinoza Mendoza asegura que del teatro bufo cubano se habla escasamente como un hecho dramatúrgico ya que era un teatro creado por y para las tablas, y ha quedado como eco de una escena aparentemente primaria y sin pretensión de altura literaria.
A principios del siglo XX surge una forma más elaborada de la comedia autóctona (como coinciden en calificarlo muchos autores): el teatro vernáculo, donde continuaban predominando los temas de la actualidad nacional y el costumbrismo, y donde los actores se valían del humor criollo y la ironía para el tratamiento de los asuntos políticos. En Cuba, el teatro Alhambra es un referente obligado en este sentido.
“La concepción de la vida como broma, como una suerte de comedia cruel, es otra posibilidad de lectura. El idioma estalla en esas piezas como máscara: éramos lo que hablábamos. Y el tono de la vida se descubre en esas piezas, escritas más para ver que para leer, pero no por ello desdeñables en tanto fe de un país que hacía teatro de sus propios desenfrenos”, relata Espinoza Mendoza.
Pero, ¿cómo contribuyeron el Alhambra y las obras de sus autores, a la conformación de la identidad cubana? ¿Qué características de los textos representados en este teatro responden a nuestras maneras de hacer y de pensar como individuos? ¿Cuánto le debemos al Alhambra?
En aquel escenario se mezclaban intereses, poderes, razas, costumbres, anhelos…Es por ello que la consulta de algunas obras y el acercamiento a determinados autores que escribieron para estas tablas, permite evaluar la importancia del Teatro Alhambra dentro de la cultura nacional.
La historia desde las tablas
El Teatro Alhambra fue fundado el 13 de septiembre de 1980, en el cruce de las calles Consulado y Virtudes, en La Habana. Según la investigadora, Gina Picart, era “un feucho caserón”, tenía una sola planta y era propiedad de José Ross, un emigrado catalán que no había tenido mucha suerte con los negocios. Inicialmente este hombre tuvo la idea de construir un gimnasio en aquel local que más tarde se convirtió en un salón de patinaje y finalmente en un teatro.
Ya en 1899, a la sombra de la primera intervención norteamericana, surge lo que se conoce como “teatro mambí”, vocero de los más recientes hechos de la historia de Cuba y al patriotismo de los cubanos. Este tipo de teatro causaba gran interés en las audiencias, Rine Leal caracteriza esta etapa haciendo referencia a la “fiebre patriótica” que provocaban aquellas puestas en escena. En este estilo los autores que se destacaron pertenecían a la nómina del Alhambra: Robreño y Villoch, considerados dos de los más célebres libretistas de aquellos días.
“En el Alhambra se representaron más de cinco mil piezas, todas costumbristas y de gran arraigo popular. Ya hemos visto en esa mítica película La bella del Alambra, del director Enrique Pineda Barnet, cómo solían transcurrir las noches entre sus muros. Dividida entre la elegante platea y el modestísimo lunetario, una desaforada multitud de varones (en la que no faltaban unas pocas damas osadísimas que se disfrazaban hasta con bigotes para poder asistir al espectáculo) aplaudía con arrebato a sus vedettes favoritas o silbaba con el mismo vigor a las que algo envejecidas mostraban carnes algo envejecidas (…); reía con las picardías del negrito y el gallego; vitoreaba fogosamente a la mulata y hasta se enzarzaba en peleas de bandos cuando la actualidad se adueñaba del escenario”, según Picart.
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